Escuela Shalaca

Escuela Shalaca

Lee atentamente el siguiente relato:         Escuela Shalaca Jorge W. Ábalos Escuela rural sobre las barrancas del Salado, en Santiago del Estero. El edificio, un rancho bajo, de adobes y palo a pique revocado y enlucido; techo de jarilla, aibe y tierra en capas espesas, lujo de regiones como ésta, donde se da la fuerte madera de quebracho colorado. El aula, con sus chicos adentro, tiene un tufillo como áspero-suave de cuerpecitos que no conocen el baño; pero apenas si echan un ligero olor silvestre, animal, y a humo de fogón. A veces identifico, por el sutil y grato aroma, a quien lleva los bolsillos preñados de las blancas rosetas de maíz. Le saco un puñadito (él se siente inmensamente importante por esto) y voy echando de uno a uno los blandos granos a la boca...

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Del que no se casa

Del que no se casa

Lee atentamente el siguiente relato:         Del que no se casa Roberto Arlt Yo me hubiera casado. Antes sí, pero ahora no. ¿Quién es el audaz que se casa con las cosas como están hoy? Yo hace ocho años que estoy de novio. No me parece mal, porque uno antes de casarse «debe conocerse» o conocer al otro, mejor dicho, que el conocerse uno no tiene importancia, y conocer al otro, para embromarlo, sí vale. Mi suegra, o mi futura suegra, me mira y gruñe, cada vez que me ve. Y si yo le sonrío me muestra los dientes como un mastín. Cuando está de buen humor lo que hace es negarme el saludo o hacer que no distingue la mano que le extiendo al saludarla, y eso que para ver lo que no le importa tiene una mirada agudísima. A los dos años de estar de novio, tanto...

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Muy de mañana

Muy de mañana

Lee atentamente el siguiente relato:         Muy de mañana Aldecoa, Ignacio El hombre del puesto de melones tiene un perro, un perrillo atropellado, que arrastra una pata lastimosamente. El hombre y el perro duermen juntos, bajo una manta militar, en un nido de paja entre los melones. El hombre no habla con nadie, creo que ni siquiera con los clientes. Muy de mañana se despierta y en la fuente cercana se enjuaga la boca. Luego espera con la manta por los hombros, paseando, a que abran la primera taberna. El perro camina junto a él, olisquea en un sitio, se entretiene en otro. En la acera de enfrente una taberna abre a las siete y media. El hombre cruza la calle. Entra. Desde la puerta, por encima de los cristales esmerilados, fija los ojos en el puesto. Toma una...

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