Narraciones realistas – El amanuense

Narraciones realistas – El amanuense

Lee atentamente los siguientes textos:         Narraciones realistas Entonces se aventuró, con pasos livianos, hacia el fondo. Eso es típico. El miedo no cuenta cuando una mujer, en una película por ejemplo, va hacia un cuarto misterioso que no se atrevería a hollar el más osado de los espectadores. Es cierto que en este caso no podía haber ningún peligro sobrenatural, ni de los otros. Llegó al palier trasero, al que se abrían las puertas de los dormitorios; los huecos estaban dibujados en fuerte luz amarilla. No se oía nada. Entró por la del medio. Dio dos pasos en la habitación, algo deslumbrada, y dos fantasmas pasaron a su lado diciendo, “estamos apurados, muy apurados”; y atravesaron la pared. Retrocedió, salió y entró de prisa, para no perdérselos; en el...

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Matar a un perro

Matar a un perro

Lee atentamente el siguiente relato:         Matar a un perro Samantha Schweblin El Topo dice: nombre, y yo contesto. Lo esperé en el lugar indicado y me pasó a buscar en el Peugeot que ahora conduzco. Acabamos de conocernos. No me mira, dicen que nunca mira a nadie a los ojos. Edad, dice, cuarenta y dos, digo, y cuando dice que soy viejo pienso que él seguro tiene más. Lleva unos pequeños anteojos negros y debe ser por eso que le dicen el Topo. Me ordena conducir hasta la plaza más cercana, se acomoda en el asiento y se relaja. La prueba es fácil pero es muy importante superarla y por eso estoy nervioso. Si no hago las cosas bien no entro, y si no entro no hay plata, no hay otra razón para entrar. Matar a un perro a palazos en el puerto de Buenos Aires es la...

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Al rescoldo

Al rescoldo

Lee atentamente el siguiente relato:         Al rescoldo Ricardo Güiraldes Hartas de silencio, morían las brasas, aterciopelándose de ceniza. El candil tiraba su llama loca, ennegreciendo el muro. Y la última llama del fogón lengüeteaba en torno a la pava, sumida en morrongueo soñoliento. Semejantes mis noches se seguían, y me dejaba andar a esa pereza general, pensando o no pensando, mientras vagamente oía el silbido ronco de la pava, la sedosidad de algún bordoneo, o el murmullo vago de voces pensativas que me arrullaban como un arrorró. En la mesa, una eterna partida de tute dio su fin. Todos volvían, preparándose a tomar los últimos cimarrones del día, y atardarse en una conversación lenta. Silverio, un hombrón de diecinueve años, acercó un banco al mío....

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