La fiesta ajena

La fiesta ajena

Lee atentamente el siguiente relato:         La fiesta ajena Liliana Hecker Nomás llegó, fue a la cocina a ver si estaba el mono. Estaba y eso la tranquilizó: no le hubiera gustado nada tener que darle la razón a su madre, ¿monos en un cumpleaños?, le había dicho; ¡por favor! Vos sí te crees todas las pavadas que te dicen. Estaba enojada pero no era por el mono, pensó la chica: era por el cumpleaños. —No me gusta que vayas —le había dicho—. Es una fiesta de ricos. —Los ricos también se van a cielo —dijo la chica, que aprendía religión en el colegio. —Qué cielo ni cielo —dijo la madre—. Lo que pasa es que a usted, m’hijita le gusta cagar más arriba del culo. A la chica no le parecía nada bien la forma de...

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El viento de la luna

El viento de la luna

Lee atentamente el siguiente relato:         El viento de la luna Antonio Muñoz Molina Fue el último verano que vivió con nosotros cuando mi tío Pedro decidió que iba a instalarnos la ducha, el verano anterior al viaje del Apolo XI a la Luna. Yo tenía doce años y había terminado el curso con un suspenso vergonzoso en Gimnasia. En el vestuario mis compañeros se reían de mis calzoncillos y en la sala de aparatos el profesor de Educación Física me humillaba junto a los más gordos y torpes de la clase cuando no sabía saltar el potro ni escalar por la cuerda y ni siquiera dar una voltereta. Esa mañana de julio –hasta principios de septiembre yo no tendría que enfrentarme a la renovada humillación y el íntimo suplicio de un nuevo...

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El amanuense

El amanuense

Lee atentamente el siguiente relato:         El amanuense Antón Chéjov Las seis de la tarde. Un erudito ruso bastante conocido ―lo llamaremos sencillamente “un erudito”― está sentado en su despacho y se muerde nerviosamente las uñas. ―¡Esto es sencillamente vergonzoso! ―exclama, sin apartar los ojos del reloj―. Esto es el colmo del desprecio por el tiempo y el trabajo ajenos. En Inglaterra este individuo no ganaría un centavo y se moriría de hambre. ¡Bueno, muchacho: ya verás! Y sintiendo la necesidad de descargar su impaciencia y enojo sobre alguien, el erudito se acerca al cuarto de la mujer y la llama: ―Óyeme, Katya ―dice, con voz indignada―. Si ves a Pyotr Danilych dile que la gente bien educada no se comporta...

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