Al rescoldo

Al rescoldo

Lee atentamente el siguiente relato:         Al rescoldo Ricardo Güiraldes Hartas de silencio, morían las brasas, aterciopelándose de ceniza. El candil tiraba su llama loca, ennegreciendo el muro. Y la última llama del fogón lengüeteaba en torno a la pava, sumida en morrongueo soñoliento. Semejantes mis noches se seguían, y me dejaba andar a esa pereza general, pensando o no pensando, mientras vagamente oía el silbido ronco de la pava, la sedosidad de algún bordoneo, o el murmullo vago de voces pensativas que me arrullaban como un arrorró. En la mesa, una eterna partida de tute dio su fin. Todos volvían, preparándose a tomar los últimos cimarrones del día, y atardarse en una conversación lenta. Silverio, un hombrón de diecinueve años, acercó un banco al mío....

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Escuela Shalaca

Escuela Shalaca

Lee atentamente el siguiente relato:         Escuela Shalaca Jorge W. Ábalos Escuela rural sobre las barrancas del Salado, en Santiago del Estero. El edificio, un rancho bajo, de adobes y palo a pique revocado y enlucido; techo de jarilla, aibe y tierra en capas espesas, lujo de regiones como ésta, donde se da la fuerte madera de quebracho colorado. El aula, con sus chicos adentro, tiene un tufillo como áspero-suave de cuerpecitos que no conocen el baño; pero apenas si echan un ligero olor silvestre, animal, y a humo de fogón. A veces identifico, por el sutil y grato aroma, a quien lleva los bolsillos preñados de las blancas rosetas de maíz. Le saco un puñadito (él se siente inmensamente importante por esto) y voy echando de uno a uno los blandos granos a la boca...

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Muy de mañana

Muy de mañana

Lee atentamente el siguiente relato:         Muy de mañana Aldecoa, Ignacio El hombre del puesto de melones tiene un perro, un perrillo atropellado, que arrastra una pata lastimosamente. El hombre y el perro duermen juntos, bajo una manta militar, en un nido de paja entre los melones. El hombre no habla con nadie, creo que ni siquiera con los clientes. Muy de mañana se despierta y en la fuente cercana se enjuaga la boca. Luego espera con la manta por los hombros, paseando, a que abran la primera taberna. El perro camina junto a él, olisquea en un sitio, se entretiene en otro. En la acera de enfrente una taberna abre a las siete y media. El hombre cruza la calle. Entra. Desde la puerta, por encima de los cristales esmerilados, fija los ojos en el puesto. Toma una...

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