La carta de recomendación

La carta de recomendación

Lee atentamente el siguiente relato:           La carta de recomendación Autor: Eduardo Wilde Hace poco se presentó en casa, el señor don Pedro Romualdo Mosqueira, que era portador de una carta de recomendación para mí. Atendiendo a ella, pregunté a don Romualdo en qué podía serle útil. ―Me han dicho, señor ―me contestó―, que usted es algo relacionado aquí y quería que me diera una cartita para algunos de sus amigos. ―Perfectamente; ¿en qué desearía ocuparse? ―En una empresa de diarios, por ejemplo. ―Muy bien. ¿Sabe usted leer? ―No, señor. ―Perfectamente; tome usted asiento un instante. Dicho y hecho; tomo la pluma y escribo: Señor don Eduardo Dimet, director y propietario del “Nacional”. Estimado amigo: Le presento a usted al señor don Pedro Romualdo Mosqueira...

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Chango sin espuelas

Chango sin espuelas

Lee atentamente el siguiente relato:         Chango sin espuelas de Ángel María Vargas Se apean de los burros y atan las riendas en los gajos del enorme algarrobo que vuelca su hirsuta bondad sobre el patio de la escuela. El viento se lleva la nubecita de polvo que ha venido siguiéndolos por el camino, como un perro lanudo, y se entretiene, ahora, en peinar las matas de verdolaga estiradas en el mojinete de la casucha, en sacudir la caña que sostiene la bandera y en golpear las ventanillas de la escuela. Antes de perderse en la llanura, le revuelve las polleras a una gallina y silba en un tinajón abandonado por donde saca las orejas un gato barcino. Teresa, la criadita de la maestra, hace gemir la campana en lamentos de bronce. El tañido, sin duda, ha de rebotar...

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La flor

La flor

Lea atentamente el siguiente texto:         La flor Leónidas Barletta Después entraron dos muchachos, indecisos, y Margarita los miró en la combinación de los tres espejos del local. Afuera se había detenido un aire frío, duro, que la gente empujaba tercamente. En la trastienda, en cambio, la atmósfera era tibia y los grandes canastos de flores despedían un vaho dulzón que mareaba. La vieja Aurora apoyó las manos en el mostrador y se inclinó hacia delante, torciendo de lado la cabeza como si pretendiese insinuar que su oído andaba remiso. Margarita oyó que uno de los muchachos decía, con la voz velada: – Una corona… blanca… – Mejor roja… – apuntó el otro, con una voz que estridía sin ser alta. – Blanca… – insistió el...

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