El almohadón de plumas

El almohadón de plumas

Lee atentamente el siguiente relato:   El almohadón de plumas de Horacio Quiroga Su luna de miel fue un largo escalofrío. Rubia, angelical y tímida, el carácter duro de su marido heló sus soñadas niñerías de novia. Ella lo quería mucho, sin embargo, a veces con un ligero estremecimiento cuando volviendo de noche juntos por la calle, echaba una furtiva mirada a la alta estatura de Jordán, mudo desde hacía una hora. Él, por su parte, la amaba profundamente, sin darlo a conocer. Durante tres meses -se habían casado en abril- vivieron una dicha especial. Sin duda hubiera ella deseado menos severidad en ese rígido cielo de amor, más expansiva e incauta ternura; pero el impasible semblante de su marido la contenía siempre. La casa en que vivían...

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El amanuense

El amanuense

Lee el siguiente texto   El amanuense    Las seis de la tarde. Un erudito ruso bastante conocido  ―lo llamaremos sencillamente “un erudito”― está sentado en su despacho y se muerde nerviosamente las uñas.    ―¡Esto es sencillamente vergonzoso! ―exclama, sin apartar los ojos del reloj―. Esto es el colmo del desprecio por el tiempo y el trabajo ajenos. En Inglaterra este individuo no ganaría un centavo y se moriría de hambre. ¡Bueno, muchacho: ya verás!    Y sintiendo la necesidad de descargar su impaciencia y enojo sobre alguien, el erudito se acerca al cuarto de la mujer y la llama:    ―Óyeme, Katya ―dice, con voz indignada―. Si ves a Pyotr Danilych dile que la gente bien educada no se comporta así. ¡Esto es ignominioso!...

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El hombre muerto

El hombre muerto

Lee el siguiente texto atentamente:   El hombre muerto Autor: Horacio Quiroga  El hombre y su machete acababan de limpiar la quinta calle del bananal. Faltábanles aún dos calles; pero como en éstas abundan las chircas y malvas silvestres, la tarea que tenían por delante era muy poca cosa. El hombre echó en consecuencia una mirada satisfecha a los arbustos rosados, y cruzó el alambrado para tenderse un rato en la gramilla. Mas al bajar el alambre de púa y pasar el cuerpo, su pie izquierdo resbaló sobre un trozo de corteza desprendida del poste, a tiempo que el machete se le escapaba de la mano. Mientras caía, el hombre tuvo la impresión sumamente lejana de no ver el machete de plano en el suelo. Ya estaba tendido en la gramilla, acostado sobre el...

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