El Paje y el Rey

El Paje y el Rey

Lee atentamente el siguiente relato:         El Paje y el Rey (Cuento Europeo) Había una vez un rey muy triste que tenía un sirviente que, como todo sirviente de rey triste, era muy feliz. Todas las mañanas llegaba a traer el desayuno y despertaba al rey cantando y tarareando alegres canciones de juglares. Una gran sonrisa se dibujaba en su distendida cara y su actitud para con la vida era siempre serena y alegre. Un día, el rey lo mandó llamar. -Paje -le dijo- ¿cuál es el secreto? -¿Qué secreto, Majestad? -¿Cuál es el secreto de tu alegría? -No hay ningún secreto, Majestad. -No me mientas, paje. He mandado cortar cabezas por ofensas menores que una mentira. -No le miento, Majestad. No guardo ningún secreto. -¿Por qué estás siempre alegre y feliz? ¿Eh? ¿Por qué?...

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El zorro y el quirquincho

El zorro y el quirquincho

Lee atentamente el siguiente texto:         El zorro y el quirquincho El zorro tenía su chacra sin sembrar desde hacía varios años. Era mal labrador y nunca le había atraído el trabajo de la tierra. Esa tarea sedentaria y sucia le parecía indigna de él, tan apuesto, tan movedizo, tan amante de los largos viajes y de la buena cacería. Pero cada día que pasaba sentía con mayor apremio la necesidad de hacer producir aquella chacra inútil, pues no siempre andaban bien sus negocios y pasaba hambre con frecuencia. La solución estaba en encontrar un socio que trabajara por los dos. Pensó en seguida en el quirquincho, que es buen labrador y que como tiene fama de ser poco inteligente, fácilmente podría aprovecharse de su trabajo. Y así fue como buscó al quirquincho y le...

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La piedra de hacer sopa

La piedra de hacer sopa

Lee atentamente el siguiente texto:         La piedra de hacer sopa (Cuento tradicional de origen belga) Érase una vez, un soldado que volvía de la guerra. Llegó un día a un pueblo, un día en que frío soplaba el viento, el cielo era plomizo y el pobre soldado tenía hambre. Se detuvo ante una casa de las afueras y pidió algo para comer. ―No tenemos nada ni siquiera para nosotros ―le dijeron, de modo que el soldado siguió su camino. Se detuvo en la casa siguiente y volvió a pedir un mendrugo de pan. ―No tenemos ni para nosotros mismos ―le volvieron a decir. ―¿Tenéis acaso una gran olla? ―preguntó el soldado. ―Sí, tenemos un gran caldero de hierro. ―¿Tenéis un poco de agua? ―siguió preguntando. ―Sí, de eso hay mucho ―le contestaron. ―Llenad el caldero de agua y...

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