Desquite

Desquite

Lee atentamente el siguiente relato:         Desquite Luis Franco Enlazado de medio cuerpo por un pañuelo que cruzaba bajo las alas, colgaba el gallo en vilo del gancho de la balanza de mano. ―Seis, ocho… Les llevamos apenas una oncita ―masculló el viejo Eladio. ―Güeno, güeno, calcen ligerito y vamos ―gritó don Paulo. Y en las púas, despuntadas como guampas torunas, les calzaron las espuelas de acero. Cantó uno y sobre el pucho le retrucó el otro: cantos encogidos de rabia, como restallados. Capadas de crestas, las cabezas desnudas como un talón, rojas como un tajo. Lampiños de cogote, de anca y de muslos, mostraban la carne que ardía la sangre de pelea como ají de monte. En cuanto al estado, ya se vería el alcance del toreo y la dieta, y la maña de los...

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Mi apología

Mi apología

Lee atentamente el siguiente relato:         Mi apología Woody Allen De todos los hombres célebres que han existido el que más me habría gustado ser es Sócrates. Y no sólo porque fue un gran pensador, pues a mí también se me reconocen varias intuiciones razonablemente profundas; si bien las mías giran invariablemente en torno a una azafata de la aviación sueca y unas esposas. No, lo que más me atrae de este sabio entre los sabios de Grecia es su valor ante la muerte. No quiso renunciar a sus principios, sino que prefirió dar su vida para demostrarlos. Personalmente, la idea de morir me asusta, y cualquier ruido inconveniente, tal como el escape de un automóvil, me sobresalta hasta el punto de echarme en los brazos de la persona con la que estoy conversando. Al...

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Juan sin miedo

Juan sin miedo

Lee atentamente el siguiente relato:         Juan Sin Miedo Era un muchacho fuerte y robusto, de unos veinte años, que se llamaba Juan Sin Miedo, porque no tenía miedo a nada; de nada ni por nada. Siempre estaba diciendo: –Yo no sé lo que es el miedo y me gustaría saberlo. Un día que sus padres comentaban con el sacristán de la iglesia que su hijo no conocía el miedo y que le gustaría conocerlo, dijo el sacristán que él se comprometía a enseñarle lo que era el miedo; que fuera esa noche por su casa. Cuando llegó a casa el muchacho, le dijeron los padres lo que el sacristán había dicho y, después de cenar, se marchó Juan Sin Miedo a la casa del sacristán. Estaban acabando de cenar el sacristán y la sacristana, y después de estar hablando un rato de lo del miedo,...

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