El perro que deseaba ser humano

El perro que deseaba ser humano

Lee atentamente el siguiente relato:         El perro que deseaba ser humano Augusto Monterroso    En la casa de un rico mercader de la Ciudad de México, rodeado de comodidades y de toda clase de máquinas, vivía no hace mucho tiempo un Perro al que se le había metido en la cabeza convertirse en un ser humano, y trabajaba con ahínco en esto. Al cabo de varios años, y después de persistentes esfuerzos sobre sí mismo, caminaba con facilidad en dos patas y a veces sentía que estaba ya a punto de ser un hombre, excepto por el hecho de que no mordía, movía la cola cuando encontraba a algún conocido, daba tres vueltas antes de acostarse, salivaba cuando oía las campanas de la iglesia, y por las noches se subía a una barda a gemir...

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Porque son negros

Porque son negros

Lee atentamente el siguiente relato:         Porque son negros Juan Solá Me gusta el subte porque es como el cumpleaños de quince de una prima lejana al que todos se ven obligados a ir aunque nadie tenga ganas. En él converge la mezcla más exótica de seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes y alguna que otra imagen triste. Los pibes se metieron al vagón a los gritos. Eran tres y ninguno tenía más de ocho años. Eran flaquitos y chabacanos, maleducados sin maldad, medio pillos pero compañeros. Uno solo tenía zapatillas, el más chiquito. Y cuando digo chiquito no hablo de la cantidad de años sino de la cantidad de costillas que le conté sobre la piel desnuda. El más chiquito tenía las...

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Dos amigos

Dos amigos

Lee atentamente el siguiente relato:         Dos amigos Fausto Burgos Cuando lo vi venir por el medio de la calle, arreando cuatro burros cenizos, cabezudos, grandotes, por la estampa de las bestias, pensé que el mozo era de Susques. ¡San Antonio de los Cobres! ¡Susques!; más de ochenta leguas de pampas desoladas y de serranías. Me entregó una carta; lo miré de alto a abajo; creía yo que el cerrero llegaba despeado, hambriento con ganas de tirarse sobre su poncho, debajo de un árbol. Para curiosear en su vida, inicié el diálogo: ―¿No trajiste chalona? (Chalona es el tasajo de cabra). ―Nada, señor. ―¿Y cómo te quitaste el hambre en todo el camino? Pienso que tu apetito no ha de ser dormilón… ―Con esto, señor. Sacó del...

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