Viejo con árbol

Viejo con árbol

Lee atentamente el siguiente relato:         Viejo con árbol Roberto Fontanarrosa A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya...

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Leyendas urbanas: La mujer del vestido rojo

Leyendas urbanas: La mujer del vestido rojo

Lee atentamente el siguiente relato:         La mujer del vestido rojo Cuenta la leyenda que un joven fue a una fiesta una noche de verano. Allí conoció a una chica muy hermosa que llevaba puesto un vestido rojo. El chico se enamoró de ella a primera vista, y bailaron durante toda la noche. Cerca del amanecer, ella quiso volver a su casa y él la acompañó. Había refrescado y el chico puso su abrigo sobre los hombros de la chica. Al día siguiente, el chico fue ansiosamente a la casa de la muchacha, con la determinación de verla o salir nuevamente con ella. Sin embargo, los padres de ella lo atendieron y, sorprendidos y asustados, le comentaron que su hija había fallecido tres años antes. El chico no salía de su asombro y descreía de estas personas. A tal extremo de...

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El jardín de las delicias

El jardín de las delicias

Lee atentamente el siguiente relato:         El jardín de las delicias Ayala, Francisco Nuestro invernadero estaba lleno de plantas preciosas, helechos, jacintos y palmeras de variedades increíblemente diversas, que mamá cuidaba y contemplaba mucho; y si el famoso Árbol de la Ciencia, corpulento en exceso, no se encontraba allí, teníamos en cambio un naranjo enano que, desde su orondo macetón, nos obsequiaba con frutas algo desabridas, cierto, pero no por eso menos codiciadas. “Esas naranjas son para mirarlas, hijitos; no para comerlas –nos decía mama-. ¡Tan lindas como se las ve, asomadas por entre las hojas oscuras!…” También los peces, en su enorme pecera redonda, eran -¡bobitos ellos!- no más que para mirarlos. Y hasta los canarios, con sus alas pajizas...

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