La flor

La flor

Lea atentamente el siguiente texto:         La flor Leónidas Barletta Después entraron dos muchachos, indecisos, y Margarita los miró en la combinación de los tres espejos del local. Afuera se había detenido un aire frío, duro, que la gente empujaba tercamente. En la trastienda, en cambio, la atmósfera era tibia y los grandes canastos de flores despedían un vaho dulzón que mareaba. La vieja Aurora apoyó las manos en el mostrador y se inclinó hacia delante, torciendo de lado la cabeza como si pretendiese insinuar que su oído andaba remiso. Margarita oyó que uno de los muchachos decía, con la voz velada: – Una corona… blanca… – Mejor roja… – apuntó el otro, con una voz que estridía sin ser alta. – Blanca… – insistió el...

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El quinto

El quinto

Lee atentamente el siguiente relato:         El quinto Emilia Pardo Bazán No puedo dudarlo. Ella se aproxima; oigo el ruido de manera seca de sus canillas y el golpeteo de sus pies sin carne sobre los peldaños de la escalera. No la quieren dejar pasar los médicos; mis sobrinos la aguardan con secreta ansiedad… Ella está segura de entrar cuando lo juzgue oportuno. Pondrá los mondos huesecillos de sus dedos sobre mi corazón, y el péndulo se parará eternamente. Viene como acreedora: sabe que le debo una vida…, que al fin cobró, pero que yo me negaba a entregar. Y es que en mi conciencia estaba grabado el precepto santo que nos manda no extinguir la antorcha que Dios enciende. ¿Hice bien? ¿Hice mal? Voy a recordar aquel episodio, por si a la luz de esta...

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El primer amanecer

El primer amanecer

Lee atentamente el siguiente relato:         El primer amanecer Juan Rivera Saavedra Después de seis meses de su llegada a aquel planeta, de seis meses de noches interminables, empezó a amanecer. Surgió el sol, se agigantó en el firmamento y se fue encendiendo lentamente de un intenso color rojo. Era el primer amanecer. Abajo, el calor era insoportable. Las pistas empezaron a deshacerse, a correr como agua, y ya nadie pudo caminar sobre ellas. Las casas parecían verdaderos hornos, pero sus ocupantes no se atrevieron a salir por temor a morir quemados. El pueblo, entonces, en un arranque de impotencia, maldijo la bomba atómica y la de hidrógeno, por cuya causa se encontraban en otro planeta sufriendo aquel calor inesperado. Mas el sol siguió ardiendo. Las casas...

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