Hablaba y hablaba…

Hablaba y hablaba…

Lee el siguiente relato atentamente:         “Hablaba y hablaba…” Max Aub Hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba, y hablaba. Y venga hablar. Yo soy una mujer de mi casa. Pero aquella criada gorda no hacía más que hablar, y hablar, y hablar. Estuviera yo donde estuviera, venía y empezaba a hablar. Hablaba de todo y de cualquier cosa, lo mismo le daba. ¿Despedirla por eso? Hubiera tenido que pagarle sus tres meses. Además hubiese sido muy capaz de echarme mal de ojo. Hasta en el baño: que si esto, que si aquello, que si lo de más allá. Le metí la toalla en la boca para que se callara. No murió de eso, sino de no hablar: se le reventaron las palabras por dentro. Actividades 1. ¿Quién narra la...

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Punto de vista

Punto de vista

Lee atentamente el siguiente relato:         Punto de Vista Virgilio Díaz Grullón Tan pronto los vapores invisibles del cloroformo comienzan a abandonarme y a dejar en libertad mi conciencia todavía semi-adormecida, me percato de la presencia del monstruo que reposa a mi lado y me está mirando con sus dos únicos ojos increíbles, ribeteados de profusas venillas sonrosadas. Sacudiéndome con un esfuerzo de voluntad las últimas nieblas del anestésico, observo con detenimiento aquella masa informe, mezcla absurda de huesos, tejidos y cartílagos con la que he estado confundido hasta pocos momentos antes. El monstruo está provisto de cuatro angostos tentáculos flexibles que rematan en cinco pequeños flequillos terminados, a su vez, en una...

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Certificado de residencia

Certificado de residencia

Lee atentamente el siguiente relato:         Certificado de residencia Camilo José Cela El hombre bajó trabajosamente del automóvil. Entre su pierna derecha escayolada desde el tobillo a la ingle, el embarazo de las muletas y el peso de una cartera de mano colgándole del cuello, no le resultaba fácil moverse. El chofer del taxi, solícito, le ayudó. La compasión es uno de los últimos reductos que les quedan a las buenas formas. Renqueante, con una impericia que quedaba confirmada por la blancura del yeso recién puesto, el hombre llegó hasta el mostrador de facturación. Sujetando ambas muletas con una sola mano, ayudándose con los dientes y manteniendo un equilibrio precario, logró sacar su billete de la cartera. Se lo extendió a...

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