A no fiarse de los recuerdos

A no fiarse de los recuerdos

Lee atentamente el siguiente relato:         A no fiarse de los recuerdos Daniel Díaz    Doña Victoria era una vecina de la ciudad de Salta, que vivía en una antigua vivienda de avenida San Martín al 2000, en la zona del Mercado Artesanal. Mujer de unos 70 años, en los tiempos en que se tejió esta historia, era oriunda de Resistencia, provincia de Chaco, pero estaba afincada desde hacía más de tres décadas en la capital de la provincia que enamora. Son pocas las cosas en este mundo que “calan” tan hondo en nuestro espíritu y dejan los sentimientos tan a flor de piel como la nostalgia, aún más cuando el lugar que uno añora alberga a los seres queridos. Este era el caso de Victoria, descendiente de yugoslavos, que poco y nada veía a sus parientes, la mayoría de...

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El quirquincho músico

El quirquincho músico

Lee atentamente los siguientes textos:         El quirquincho músico (Leyenda boliviana) Aquel quirquincho viejo, nacido en un arenal de Oruro, acostumbraba pasarse horas y horas echado junto a una grieta de la peña donde el viento cantaba eternamente. El animalito tenía una afición musical innegable. ¡Cómo se deleitaba cuando oía cantar a las ranas en las noches de lluvia! Los pequeños ojos se le ponían húmedos de emoción y se acercaba, arrastrando su caparazón, hasta el charco, donde las verdes cantantes ofrecían su concierto. –¡Oh, si yo pudiera cantar así, sería el animal más feliz del altiplano! –exclamaba el quirquincho, mientras las escuchaba extasiado. Las ranas no se conmovían por la devota admiración que les tenía el quirquincho sino que, más bien, se...

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Porque son negros

Porque son negros

Lee atentamente el siguiente relato:         Porque son negros Juan Solá Me gusta el subte porque es como el cumpleaños de quince de una prima lejana al que todos se ven obligados a ir aunque nadie tenga ganas. En él converge la mezcla más exótica de seres humanos, una suerte de feria llena de colores y ruido y voces estridentes y alguna que otra imagen triste. Los pibes se metieron al vagón a los gritos. Eran tres y ninguno tenía más de ocho años. Eran flaquitos y chabacanos, maleducados sin maldad, medio pillos pero compañeros. Uno solo tenía zapatillas, el más chiquito. Y cuando digo chiquito no hablo de la cantidad de años sino de la cantidad de costillas que le conté sobre la piel desnuda. El más chiquito tenía las zapatillas y también tenía las tarjetitas....

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