Revolución

Revolución

Lee atentamente el siguiente relato:         Revolución Slawomir Mrozek En mi habitación la cama estaba aquí, el armario allá y en medio la mesa. Hasta que esto me aburrió. Puse entonces la cama allá y el armario aquí. Durante un tiempo me sentí animado por la novedad. Pero el aburrimiento acabó por volver. Llegué a la conclusión de que el origen del aburrimiento era la mesa, o mejor dicho, su situación central e inmutable. Trasladé la mesa allá y la cama en medio. El resultado fue inconformista. La novedad volvió a animarme, y mientras duró me conformé con la incomodidad inconformista que había causado. Pues sucedió que no podía dormir con la cara vuelta a la pared, lo que siempre había sido mi posición preferida. Pero al...

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El puñal

El puñal

Lee atentamente el siguiente relato:         El puñal Jorge Luis Borges En un cajón hay un puñal. Fue forjado en Toledo, a fines del siglo pasado; Luis Melián Lafinur se lo dio a mi padre, que lo trajo del Uruguay; Evaristo Carriego lo tuvo alguna vez en la mano. Quienes lo ven tienen que jugar un rato con él; se advierte que hace mucho que lo buscaban; la mano se apresura a apretar la empuñadura que la espera; la hoja obediente y poderosa juega con precisión en la vaina. Otra cosa quiere el puñal. Es más que una estructura hecha de metales; los hombres lo pensaron y lo formaron para un fin muy preciso; es, de algún modo eterno, el puñal que anoche mató un hombre en Tacuarembó y los puñales que mataron a César. Quiere matar,...

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Cosas que ya no existen

Cosas que ya no existen

Lee atentamente el siguiente relato:         Cosas que ya no existen Cristina Fernández Cubas Teófilo era un hombre honrado, además de un excelente relojero. Como buen medidor del tiempo sabía que un día u otro iba a tener que despedirse de este mundo, pero estaba tan ocupado que nunca se había detenido a meditar acerca del terrible momento. Cierta mañana, sin embargo, la campanilla de la puerta sonó de una forma peculiar. “Es ella”, murmuró y, como en un sueño, se sintió golpeado por sus sesenta y cinco años, el pesar de no haber tomado esposa, y un imparable desasosiego al percatarse de que ya era tarde para pensar en un heredero que perpetuase su memoria y llorase su ausencia. – Esto se acaba –comprendió. Y,...

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