Cocoliche y su aventura final

Cocoliche y su aventura final

Lee atentamente el siguiente relato:         Cocoliche y su aventura final Lucas Dalfino El barrio estaba limitado, si es correcto decirlo, por dos tagaretes descubiertos: el de la Entre Ríos, al sur, y el de la Virrey Toledo, al este. Hacia el norte, después de las tormentas, solo el laberinto arremolinado de La Talita, allá, en las vecindades de Chachapoyas, y de los Tres Cerritos, le decía basta al paso. Y al oeste, la Loma de Medeiros, pregonaba, ­hasta aquí, no más! Los tagaretes aludidos que, en los meses de sequía, eran solo un tajo callejero, cuando llegaban las lluvias asumían protagonismo. Solíamos verlos, entonces, colmados, de orilla a orilla, con sus aguas turbulentas pasar bramando como un desafío. Los changos1 más...

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El inocente

El inocente

Lee atentamente el siguiente relato:         El inocente Juan José Hernández A José Bianco Estábamos acostumbrados a que se dijera de Rudecindo que era una desgracia para su madre, que hubiera sido preferible que naciese muerto, y otras frases por el estilo que empezaban con un piadoso “Dios nos libre y guarde”, o “Que Dios no me castigue, pero…” y que terminaban con un suspiro de resignación. Cuando hablaba de su hijo doña Teresa ponía los ojos en blanco: –¡Qué habré hecho para merecer esta cruz! –se lamentaba. Mis tías, al oírla, se esforzaban por simular una expresión de tristeza adecuada a las circunstancias: –Una madre es siempre una madre –decían luego, sentenciosamente. Doña Teresa se ganaba la vida...

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Robotobor

Robotobor

Lee atentamente el siguiente relato:         Robotobor Marco Denevi Tenía la apariencia de una gran lata de querosén, eso sí, flamante, reluciente, un chiche. Pero en la parte de arriba sobresalía una segunda lata, más pequeña, redonda, con varios agujeros y toda erizada de palancas, de botones y de llaves como las de la luz. […] La cosa sucedió por etapas, pero tan rápidamente que no me daba tiempo a reponerme de un susto cuando ya un nuevo sobresalto me hacía retroceder en el sofá. Primero el cacharro lanzó una especie de zumbido y se estremeció como si tomara vida. Después dos orificios de la latita superior se iluminaron de rojo. En seguida la lata de abajo, la más grande, empezó a aumentar de estatura, y era porque se iba...

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