El rótulo

El rótulo

Lee atentamente el siguiente texto:         EL RÓTULO Pfeiffer, Rubin -Señor Sardena- dijo el joven al propietario de una pescadería, -me llamo Arenque. Soy pintor de rótulos y veo que Ud. no tiene letrero como los otros tenderos. Mire Ud., por favor, el rótulo de su vecino, el sastre: -Sastrería. Confeccionamos vestidos a medida. O el zapatero: -Zapatería. Remendamos zapatos mientras que Ud. está esperando. O el del carnicero: -Carnicería. Nuestra carne está refrigerada. Y el del empresario de pompas fúnebres: -Funeraria. Nuestros clientes nunca se quejan. -Permítame, señor, hacerle también uno de estos rótulos magníficos: -Pescadería. Aquí se vende pescado fresco. -No necesito letrero, señor Arenque. Sobre todo no necesito el rótulo que Ud. sugiere. Escúcheme...

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Niños sabios

Niños sabios

Lee el texto que está a continuación y luego contesta las preguntas:          NIÑOS SABIOS Los domingos se reúnen los campesinos en la cantina para tomar algo y charlar con sus amigos. Se divierten mucho de esta manera. A veces discuten asuntos serios, pero por lo general, prefieren contar experiencias cómicas para reírse. –Mi hija menor, Alicia– dice Sebastián a sus compañeros, –es una chica que comprende bien la aritmética y la lógica. Ayer, por ejemplo, su hermana mayor, Flora, le preguntó cuántos años tiene y ella dijo: “Cinco años”. “¿Y el año pasado?” “Cuatro años”. “Como cuatro y cinco hacen nueve, tú tienes nueve años” dijo Flora. –No es fácil engañar a Alicia. Inmediatamente ella preguntó a su hermana mayor: “¿Cuántas piernas tienes tú, Flora?...

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El verdadero valor del anillo

El verdadero valor del anillo

Leé atentamente el siguiente texto:         El verdadero valor del anillo Un joven concurrió a un sabio en busca de ayuda. – Vengo, maestro, porque me siento tan poca cosa que no tengo fuerzas para hacer nada. Me dicen que no sirvo, que no hago nada bien, que soy torpe y bastante tonto. ¿Cómo puedo mejorar maestro? ¿Qué puedo hacer para que me valoren más? El maestro, sin mirarlo, le dijo: – ¡Cuánto lo siento muchacho, no puedo ayudarte, debo resolver primero mis propios problemas! Quizás después… Si quisieras ayudarme tú a mí, yo podría resolver este tema con más rapidez y después tal vez te pueda ayudar. – E… encantado, maestro -titubeó el joven pero sintió que otra vez era desvalorizado y sus necesidades postergadas-. – Bien...

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