Chango sin espuelas

Chango sin espuelas

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

Chango sin espuelas
de Ángel María Vargas

Se apean de los burros y atan las riendas en los gajos del enorme algarrobo que vuelca su hirsuta bondad sobre el patio de la escuela.
El viento se lleva la nubecita de polvo que ha venido siguiéndolos por el camino, como un perro lanudo, y se entretiene, ahora, en peinar las matas de verdolaga estiradas en el mojinete de la casucha, en sacudir la caña que sostiene la bandera y en golpear las ventanillas de la escuela. Antes de perderse en la llanura, le revuelve las polleras a una gallina y silba en un tinajón abandonado por donde saca las orejas un gato barcino.
Teresa, la criadita de la maestra, hace gemir la campana en lamentos de bronce. El tañido, sin duda, ha de rebotar en el cielo salpicando con gotas de música la estirada soledad del campo. Se retuerce la niña en esfuerzos enormes, colgada del largo tiento de vaca anudado al badajo oriniento, y su pollerita de luto, que bate el zonda, le da la exacta apariencia de un jote ahíto que no pudiese alzar el vuelo.
El rostro de la criadita se convierte en tiznado espejo de las morisquetas con que la saludan los changos escueleros. Todos ellos han sacado de las alforjas, cuyas tintas rojas ensangrientan los costillares de los burros, libros sin tapas y cuadernos ahumados y avanzan hacia la Teresa en un revuelo de blusitas color ratón y en un chirriar de espuelas prendidas a las alpargatas como alegres chilicotes. El sol de la mañana, que hace un instante era la rosada mejilla de una muchacha, brilla ahora en las espuelas con guascazos de oro. Casi todas están oxidadas; pero brillan lo mismo.
Los changos, además de los libros, traen con gran cuidado, unos paquetitos que guarecen entre los brazos o en el cuenco de las manos, de modo que no vayan a rodar por el suelo. Un cóndor, abriendo a tajos el cielo con sus alas, ha de verlos desde arriba igual que a una hilera de hormigas llevando sus crías en alto.
La pacota bullanguera es un solo cuerpo de rostros quemados por el sol, brazos que han resuelto vivir fuera de las mangas, y pantorrillas esperanzadas en que los pantalones desciendan un poquito para tapar el muestrario de cicatrices que llevan, desde el chicotazo de los garabatos y el arañazo de los cercos, hasta las quemaduras del rescoldo y las dentelladas de los chocos.
Si no fuera por los paquetitos que cuidan tanto, se habrían largado a la carrera desde el algarrobo hasta la escuela pero hoy avanzan con mucha pausa, con mucha cautela. Sin embargo, como todos los días tienen que hacerle alguna travesura a Teresa, esta vez, para que ría la negrita, endurecen el paso y clavan las espuelas en la tierra de modo que salga un poquito de polvo y parezcan así hombres verdaderos, hombres gauchos.
―Eijo los changos intrusos y agrandaus ―dice la Teresa.
―¿Y vos? ¡Negra cara de panza de olla!
La Teresa arroja el cordel peludo y puestas las manecitas en las caderas responde con solemne desprecio:
―Negra soy; pero decente.
La frase cae en el grupo alborotándolo como una gruesa de cohetes en día domingo. Parece que su retintín les hurgara, con dedos invisibles, las costillas o el epigastrio. Chisporrotean las carcajadas en algarabía de pájaros. Ni más ni menos que una bandada de tordos posada en una pirgua repleta de granos o una docena de juanchibiros silbando en la copa de un naranjo.
―Ja… ja… jay… ¿Decente? ¿Ande han visto un jote decente?
La negrita, armada con una escoba de pichana, avanza hacia el grupo que se abre y la absorbe tejiéndole un corralito de rostros socarrones florecidos en muecas bajo los viejos chambergos en forma de bonete. Cuidando siempre de no voltear los paquetitos que tanto cuidan, silban como zorzales, chillan como cotorras, ladran como zorros, se quejan como ultutucos y hasta modulan un rebuzno agudo, ridículo, que levanta las orejas a los jumentos inmóviles bajo el algarrobo.
Pero la negrita no se acobarda. Remolineando la escoba para tenerlos a raya, les larga esta puñalada:
―Las trazas lis han de ver. No saben ponerse los pantalones y y’andan con espuelas. A ver… espuelas… espuelitas… ¡suelten esas creaturas!
La ofensa ha sido muy grave. El grupo ha quedado en silencio; pero apenas un instante levísimo como el que necesita un pájaro para tragar un grano. Placido Juárez, alto, chueco, de grandes ojos zarcos, que enarbola un cucurucho como el bastón de un tambor mayor, se planta frente a la criadita, zapatea enérgicamente para que tintineen más sus espuelas desdentadas y le devuelve la puñalada:
―Las poyeras no yevan espuelas y las negras… ¡menos!
Sin poder apagar las carcajadas, la escoba de la niña cae sobre Plácido Juárez. No lo hiere; pero le derriba el cucurucho, que rueda y deshacen las espuelas del grupo hasta desnudar la nieve de una flor de cardón.
Plácido Juárez se arrodilla sobre su tesoro, cubriéndolo con su cuerpo y no siente la escoba aventándole el polvo de las espaldas, ni un puntapié perdido que se aloja en sus costillas, ni siquiera la voz de la maestra golpeando las manos en la galería de la casucha:
―A ver, niños. ¡A formar!

II

De la pandilla que ha entrado al aula, sólo Bautista no usa espuelas. Como para usarlas. Es el más pobre de todos y además… lo traen en ancas.
Mientras duran las clases, ninguno de los changos osa alzar sus fierros. Los han dejado, quietecitos, en un rincón de la galería. Otros duermen en el bolsillo de algún pantalón o en los cajones de los pupitres. No obstante, el dulce tintineo de las nazarenas que usan sus compañeros, heredadas de los mayores por torcidas, deslustradas o sin dientes, sigue resonando en sus oídos.
Le gustaría ser grande y llevar algún día espuelas, aunque sólo fuese una, en el talón derecho, por ejemplo.
Precisamente porque no usa espuelas, se siente más pequeño, más ínfimo, y eso que apenas cuenta seis años.
Otra cosa sería llevar fierros en los talones para rayar los ladrillos del piso. Entonces podría ocultar mejor la desazón que siente hoy. Las espuelas lo hacen más hombre a uno. Qué jorobar.
Sentado en la primera fila, observa los obsequios que traen sus compañeros a la señorita en su cumpleaños. Aurora Galleguillos se llama la maestra; pero para él sólo es Aurora, el nombre más bonito del mundo. ¿Podrá haber en todo el mundo otra maestra tan alhaja como la niña Aurora?
Este año es el primero que Bautista viene a la escuela. Eso de “echarlo a la escuela”, como decía su madre, le ha parecido tan horroroso como echarlo a la cama a lonjazos. ¡Pero qué distinta había sido la realidad!
Él nunca ha imaginado que las maestras ¡no! “su” maestra, fuese tan buena y tan donosa. ¡Cómo le gustaría vivir en su casa, para estarla contemplando las horas, los días, los años enteros!
Le agrada verla cuando escribe. ¿Por qué formará un arco su dedo meñique cuando toma la pluma? ¿Por qué sus manos, su rostro y sus cabellos serán tan perfumados? Él siente el hálito de muchos aromos florecidos cuando ella inclina su rostro hasta rozarle la cabeza siguiendo su deletreo en el libro, señalándole una vaca, un oso, una mula. ¿Y su voz? Es mucho más hermosa que la voz de su madre hasta ayer, para él, incomparable.
Torna a preocuparle el problema que lo abruma desde que lo “echaron a la escuela”.
¡Qué cosa más triste! ¿Será posible que su propia madre valga menos que la maestra?
Bautista es torpe. No puede aprender a leer ni tampoco a escribir. Se le doblan los dedos cada vez que quiere hacer la letra m y termina por dibujar dos árganas arrugadas. ¡Si es para reírse! Otras veces, en lugar de esa difícil palabra mamá (él dice máma) estampa en el cuaderno una culebrita sin cabeza.
¿Y cuando hace frío? Bueno, entonces él no sirve para nada. Las letras que quiere dibujar en el papel se convierten en trozos de caña, en espinas de tala, en palitos arrancados a los cercos. ¡Y tan buena la maestra! Ella no se fastidia jamás al ver tanta torpeza. La mano perfumada guía dulcemente el puño indeciso envolviéndolo en una caricia de seda. La mano de la maestra es más suave que el pelo de un ternerito de dos días. ¿Y las de su madre? Rotas, ásperas, tiznadas siempre por las ollas, porque ella es piona, sí señor, piona de cocina y nunca, nunca podrá mandarlo a la escuela en burro propio y con espuelas.
El niño olvida ahora sus pensamientos viendo los regalos que traen los demás changos. Pedro Zárate, gran cazador de perdices con trampas de hilos, avanza más tieso que un horcón y le tiende bruscamente a la maestra un clavel, como si le asestara una puñalada.
―Gracias, Pedro ―dice la maestra.
Floridor Barrancas, el bizco, le ofrece una flor del aire. Ha debido pelarse las chuncas escalando las piedras de donde la arrancó. Su ojo desviado, mientras la maestra recibe la flor, está a muchas leguas de distancia.
―Muy linda la flor, Barrancas; pero te has lastimado las piernas por conseguirla.
¿Y Ruperto Choya? Ése sí que es un bribón. Saca del bolsillo una rosa marchita, que exhala un sospechoso olor a tabaco y se la brinda a la maestra, sonriente, muy orondo. Y ella… ¡cómo es de buena la señorita Aurora!… ¡le recibe la rosa y todavía la huele!
¿Y Anuar Sotomayor, a quien le dicen “El Jopito” por la rara manera que tiene de peinarse? Avanza hoy más chueco que nunca. Así es cuando tiene vergüenza. Parece que acabara de domar un potro y aún no se le hubieran enderezado las piernas arqueadas sobre los flancos de la bestia. Entrega a la maestra un paquetito grasiento. Es un quesillo. ¿De dónde habrá sacado eso “El Jopito”? Tan luego ahora, que no hay vacas ni para remedio, porque la seca las ha muerto a todas.
¿Y Plácido Juárez? ¡Chango lindo! Es el hombre de la escuela: tiene doce años.
Lo han pisoteado todos en el entrevero que hubo antes de entrar a clase, pero ofrece ahora a la señorita la maravillosa flor de cardón, intacta, esplendorosa. Plácido Juárez, vendedor de agua en barriles cuando en la estación, distante cuatro leguas, no hay otro manantial que el grifo de los tanques del ferrocarril, vuelve a su asiento llenos sus ojos zarcos de satisfacción. Si no fuera tan forzudo este Plácido Juárez, los pétalos de la flor ya andarían rodando por entre las pichanas del monte.
¿Y Medardo Bazán, “El Quirquincho”? Le llaman así porque los hombros casi le tapan la nuca y tiene unos ojos diminutos, entoldados por unas cejas espesas. Saca “El Quirquincho” del bolsillo de su blusa, con infinitos cuidados, un bulto envuelto en un pañuelo; pero el atadito está húmedo. Al abrirlo sobre el escritorio aparecen cuatro huevos color violeta, cuatro huevos de “yuto”, relucientes como enormes amatistas. Uno de ellos está roto. El bochorno de Medardo es más espeso que la yema goteando en el piso. Vibran algunas risitas. Allá en el fondo, en el último banco, suena la voz de Ruperto Choya, el gran bribón:
―Se mi hace qu’estamos de tortilla.
Siguen las risitas y los comentarios; véanlo al “Quirquincho” ese, regalando güevos rotos. La voz de la maestra impone silencio:
―¡Shiit!… ¿Qué risas son ésas? Yo estoy muy agradecida al obsequio de Bazán.
Y el pobre “Quirquincho”, absuelto, vuelve a acurrucarse en su asiento, lleno de felicidad, moviendo los labios como si en el fondo de su cueva chupase una raíz. Su vieja blusita, resplandeciente de limpia, es una caparazón a cuadritos, con un zurcido que la cruza de paleta a paleta.
Parece que a su dueño le hubieran asentado un hachazo en la espalda, con un machete de cortar pasto.
Después avanza Pancho Tejada portando una jaulita de cuero, cilíndrica, horadada por tres agujeros circulares como los tragaluces de un barco. Por uno de ellos asoma la cabeza un pichón de loro que recién está emplumando. El pajarraco mueve la cabeza, interminablemente, saludando a la maestra.
―Gracias, Tejada. Me estaba haciendo falta un lorito.
Y siguen desfilando todos los changos a depositar sus ofrendas sobre el escritorio de la señorita. En pocos minutos se cubre el mueble de claveles raquíticos, de rosas pálidas, de huevitos de “yuto” y de perdiz, de flores campesinas y de muchas otras cosas que han traído los niños.
Hay unas tabletas caseras destilando miel silvestre; un zapallito y dos choclos ―¡fieraza está la seca este año! ―; una diminuta alfombra de todos colores para que la maestra asiente los pies en las noches invernales, cuando la Teresa le esté cebando mate mientras ella corrige los deberes de sus alumnos; una postal que representa una dama rubia con un papagayo en el hombro murmurándole secretos al oído y muchas, muchas cosas, hasta un ninaquero encerrado en una botellita que debió servir para guardar píldoras y que podrá colgarse la señorita en el pecho cuando vaya a algún baile y el fulgor de la luciérnaga haga decir a los que la vean: ―Bien haiga la niña Aurora. ¡Hasta las estrellas la quieren!
Por sobre todos los humildes obsequios, vuelca el loro su mirada curiosa, examinándolos. Parece un comisario después de una requisa.

III

Mientras dura la clase, Bautista rehuye las miradas de la maestra, clavando las pupilas allá lejos; bajo las ramas del algarrobo, en los burros adormilados. Los cuenta dificultosamente ―él sólo sabe contar hasta doce― y se alegra de equivocarse para empezar de nuevo y así no ver el adorado rostro de la señorita Aurora. Se le han enrojecido las orejas y las mejillas y quisiera esconderse en unas alforjas colgadas detrás de la puerta, convertirse en la abeja que se ha posado sobre las flores del escritorio, tornarse hormiga y huir hasta el centro de la tierra, ser la pluma de la gallina que ha entrado por la ventana, ha subido en el aire hasta rozar el retrato de Sarmiento colgado en la pared y luego ―¡dichosa!― ha salido por la puerta a perderse en el campo. ¡Qué enorme vergüenza siente Bautista! Y lo peor es que ese señor del retrato debe estar terriblemente enojado con él. Hay que ver con qué desprecio lo mira. Y tiene razón. Venirse con las manos vacías, nada menos que en el cumpleaños de su maestra.


A lo mejor está “creendo” que también Bautista le ha regalado algo. ¿Y si revisa, más tarde, los obsequios?
Verá entonces que la cuenta sale mal y que tendrá que decir: “Aquí falta el regalo de Bautista…” ¡Qué vergüenza!
No. No quiere verla. Tiembla cada vez que alguno de sus compañeros se sienta y pasa otro a leer. Entonces el corazón lo sofoca y las orejas se le ponen como dos braseros. Sin embargo, eso de que no lo llame también es mala señal. Seguro que está disgustada con él.
Ya tiene acalambrado el cuello de tanto mirar hacia afuera. El retrato es impecable. En seguida moverá sus gruesos labios, este gestudo señor Sarmiento, para retarlo como se reta a un peón. Venirse con las manos vacías… ¿Y el loro que tiene en su casa y pudo traerlo, como Pancho Tejada, con jaula y todo? Psch. Ese bicho no sirve. Es un pobre loro rengo que hace tiempo se asó una pata en el rescoldo y ahora se pasa durmiendo todo el día, colgado como charqui de un talita que da sombra a la cocina del rancho. Es un loro muy viejo que no vale una vaina de algarroba.
¡Ah… si no fuese tan pobre! ¡Si no fuese tan niño! Un zorro le habría traído a su maestra, cazado con sus propias manos. Pero mucho mejor hubiera sido un cuero de león y otro de guanaco, muertos a bala, o una bolsa con plumas de avestruz o sino miel, miel del palo que habría sacado a hachazos de los árboles, él solito. ¡Tendrán que ver cómo va a manejar el hacha cuando sea hombre y sus brazos sean más firmes que ramas de quebracho! Ya verán “El Quirquincho”, el zarco Juárez y el flaco del quesillo… Él le va a regalar a la maestra cosas que valgan la pena y no sonceras. Pero… el regalo se necesita ahora, no para cuando sea grande. Por buen mozo nomás, no lo va a esperar tanto la maestra. ¿Y si se muere antes que él sea hombre?
Suena la campana sacudida por Teresa y los changos salen al recreo. Bautista ya no quiere huir. Inmóvil en su banco, ve de reojo un torbellino de canillas tostadas alejándose en tropel y no se mueve porque le parece que no tiene derecho a jugar como los otros después de haberse portado tan mal con su maestra. Pase que fuera una maestra cualquiera; pero es “su” maestra.
―¿Qué tienes, Bautista? ¿Por qué no sales al recreo?
La mano de la señorita Aurora se posa en sus cabellos y es entonces como si el cielo azul se le viniera encima asfixiándolo, como si las montañas que se ven desde la ventana se hubieran acercado cautelosamente para aplastarlo con sus rocas inmensas, como si el mismo Dios lo tocara con sus dedos de luna.
Otra vez lo amarga su vieja pena. ¿Por qué su madre, su propia madre no tiene estas manos divinas? El niño se alza de su banco, hundida la barbita en el pecho, con las mejillas y las orejas más rojas que el copete de un cardenal. Quiere otra vez salir huyendo, porque su maestra, la más donosa maestra de la tierra, lo está matando lentamente con esas manos que tienen la misma tibieza palpitante de un pecho de paloma; pero ya es tarde para escapar. Esas divinas manos, sin un solo tajo, sin un solo nudo y que sería un pecado suponer que alguna vez se han tiznado en las ollas o pringado en la grasa, se deslizan sobre su rostro y lo atraen hacia su corazón ―¡el corazón de la señorita Aurora! ― y antes que él diga nada, porque su maestra lo sabe todo, le desliza estas palabras al oído:
―¿Estás enfermo, Bautista?
Claro que está enfermo. Enfermo de vergüenza y de pena, y mucho más ahora que frente a su diosa no sabe qué decir. Los labios chúcaros se le han empacado y no dejan salir una sola palabra. La maestra lo empuja suavemente hacia afuera:
―Vaya… vaya a jugar.
Pero Bautista, encendido como el sol cuando recién nace, clavado en el suelo, no se mueve.
―Pero ¿qué te pasa, Bautista?
El niño empuja obstinadamente con su alpargata ―su alpargata sin espuela― un botón desprendido de la camisa de algún compañero y sigue en silencio. De reojo está viendo el pichón de loro que saca su cabeza por un tragaluz de la jaula, observando con profunda atención la inexplicable vergüenza de Bautista. Por fin, con la decisión de quien resuelve su propia sentencia, hurga en el bolsillo de la blusa donde su madre le ha puesto el mísero desayuno, y después, en un gesto heroico, saca la mano y le ofrece a la maestra un puñadito de chicharrón.
―Yo nada l’hi regalau, niña. Tome…
Y la pequeña mano que entrega la ofrenda, tiembla como un pajarito asustado.

(El hombre que olvidó las estrellas. La Rioja, 1940).

Actividades

1. Las espuelas que utilizaban los niños en la escuela:

a) ¿Qué características se mencionan sobre ellas?
b) ¿Por qué Bautista no usaba espuelas? ¿Por qué razón deseaba con tantas fuerzas poseer algunas?
c) Para los niños, ¿qué representan las espuelas? ¿Qué beneficios otorgan a su portador?

2. ¿Cómo describe el autor el lugar en que se desarrolla la historia y a sus protagonistas? ¿Crees que esta descripción influye en el clímax de la historia?
3. Los regalos que los chicos daban a su maestra:

a) ¿Se pueden conseguir en una tienda? ¿Por qué?
b) ¿Crees que son más valiosos que los que sí se compran? Explica.

4. La vergüenza que siente Bautista por no tener un regalo para su maestra, ¿está justificada? ¿Cómo te sentirías tú?
5. Que Bautista le regale a su maestra lo único que tiene para desayunar deja entrever un gran amor a su maestra, ¿a qué crees que se debe tal amor?
6. Marca con una cruz el tema que creas correcto para este cuento:

a) La pobreza.
b) La nobleza de un niño.
c) El amor incondicional a una maestra.
d) La niñez.
e) La dura vida en el campo.
f) El orgullo.
g) La madurez de un niño.
h) La vida en la escuela.
i) Ninguno de los anteriores, para mí el tema es…

7. Según lo que vimos en clase, ¿de qué tipo de cuento se trata? Explica y extrae ejemplos que respalden tu respuesta.

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