El viento en la bahía

El viento en la bahía

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

El viento en la bahía

Vila-Matas, Enrique

Yo tenía quince años y, por si no anduviera ya todo el día bien ocupado, me había buscado una ocupación más: había dejado que creciera en mí una súbita y gran curiosidad por todo cuanto sucedía en la calle. Tras años de ir de casa al colegio y del colegio a casa, tras años de llegar del colegio a las siete de la tarde y ponerme a estudiar geografía o matemáticas hasta las diez de la noche, y tras años de cenar siempre a las diez bajo la atenta vigilancia de mis padres y luego retirarme a mi cuarto a leer grandes novelones del tipo Guerra y Paz, ahora, de repente, se había despertado en mí un gran interés por lo desconocido: el mundo de la calle o, lo que venía a ser lo mismo, el mundo del paseo de San Luis, donde mi familia vivía.
Por las tardes, hacia las siete, en lugar de ir directamente a casa, había empezado a demorarme un rato por la zona alta del Paseo y a observar el ir y venir de los transeúntes. No volvían mis padres a casa hasta las ocho, y eso me permitía retrasar casi una hora mi regreso. Era una hora en la que me sentía muy bien, porque siempre sucedía algo, algún mínimo acontecimiento, nunca nada del otro mundo pero suficiente para mí: el tropezón de una señora, por ejemplo; los rumores de un suicidio, el viento de la bahía haciendo volar un sombrero, la bofetada de un padre a su hijo, […] la entrada y salida de clientes del bar Candanchú.
La calle empezó a robarme una hora de estudio en casa, una hora que yo recuperaba gracias al sencillo método de recortar el tiempo que tras la cena dedicaba a la lectura de grandes y apasionantes novelones. Hasta que llegó el día en que el hechizo del Paseo de San Luis fue tan grande que me robó el tiempo de la lectura. En otras palabras, el Paseo sustituyó a los novelones.
Ese día me atreví a regresar a casa a las diez, ni antes ni después, justo a la hora de la cena. Me había retenido en la calle un gran enigma. Una mujer que paseaba por delante del […] cine Venus, seis pasos para allá y seis pasos para acá de la puerta del cine. En un principio, yo pensé que se trataba de alguien que esperaba a su novio o marido, pero al acercarme más a ella pude ver que, tanto por la ropa que llevaba como por la manera de abordar a todo el que pasaba, no podía ser más que una mendiga. Me dispuse a darle la única moneda que tenía, pero cuando llegó mi turno pasó junto a mí sin pedirme nada. Pensé que tal vez me había considerado un mequetrefe. Sin embargo, cinco pasos más adelante le pidió limosna a la pequeña Ruth, la hija del carnicero, y observé que lo hacía acompañándose de una frase dicha al oído y que debió [de] asustar mucho a la niña, porque ésta aceleró de inmediato el paso. Volví a pasar yo, y la mendiga volvió a actuar como si no me hubiera visto. Pasó a continuación un señor muy elegante, y la mendiga no le pidió nada, dejó simplemente que pasara. Pero cuando después pasó una señora, se abalanzó sobre ella y, pidiendo limosna con la palma de la mano bien abierta, le susurró al oído la frase que había hecho huir a la niña. También la señora pareció azorada y aceleró el paso. Pasó otro hombre, y también a éste le dejó que siguiera su camino, nada le dijo y nada le pidió, dejó simplemente que pasara. Pero, cuando poco después, pasó Ingrid, la profesora, le pidió limosna y le soltó al oído la misteriosa frase, y también la valerosa Ingrid aceleró el paso.
Llegué a la conclusión de que aquella mendiga sólo se dirigía a las mujeres. Pero ¿qué era lo que les decía y por qué sólo se lo decía a ellas?viento
Aquel enigma me impidió, durante días, estudiar o refugiarme en la lectura de los grandes novelones. Puede decirse que fui convirtiéndome en alguien que, tras vagar por las calles, vagaba en su propia casa.
—Pero ¿qué haces últimamente tan ocioso? — me dijo, un día, mi madre, alarmada ante el cambio que estaba experimentando.
—El enigma —le dije, y cerré al instante la puerta de la cocina.
Al día siguiente, el viento de la bahía soplaba con más fuerza que de costumbre, y mucha gente había preferido refugiarse en sus casas. Yo, no. Yo amaba la calle, yo amaba la intemperie, como parecía también amarla la mendiga que, fiel a su costumbre, seguía allí frente al Venus, seis pasos para allá y seis pasos para acá de la puerta del cine. Aquel día sucedió algo nada habitual. Una de las mujeres a las que abordó se detuvo tranquilamente al oír la frase y dejó que la mendiga añadiera otras. Escuchó con paciencia y resignación. Después, le dio la limosna y siguió su camino tan tranquila como si nada hubiera sucedido.
Hay un momento en la adolescencia en que a uno se le ofrece la oportunidad de vencer para siempre la timidez. Yo entendí llegado ese momento y me acerqué a la mujer preguntándole qué clase de historia le había contado la mendiga.
—Nada —me dijo—. Un cuento diminuto.
Y dicho esto, como impulsada por una ráfaga de viento dobló una esquina y desapareció de mi vista. Al día siguiente no acudí a la escuela. A las seis de la tarde pasé por la puerta del Venus, disfrazado con ropas de mi madre. Blusa negra transparente, falda negra, botines negros y sombrero blanco de ala muy ancha. Labios rojos muy pintados, una peca en la mejilla; los ojos, muy abiertos, redondos como faros. Para asegurarme de que sería detenido por la mendiga, llevaba yo un bolso en bandolera colgado de una larga correa, y en la mano izquierda, un gran paquete de comestibles, pero sin tarros ni latas, de modo que pesara poco. Llevaba panecillos, té, dos chuletas de cordero, una botella de vino blanco y un melón maduro. El viento de la bahía me parecía muy fresco y estimulante aquella tarde.
Cuando estuve ante la mujer, me miró con ojos fuera de órbita y se rio de una manera infinitamente estridente. Había oído hablar de la Locura, comprendí que estaba ante ella.
—Tengo todo el tiempo del mundo para contarte mi historia —me dijo ella.
Sentí un escalofrío. Dejé el bolso y el paquete de comestibles en la acera.
Y ya no quise oír nada más, no quise oír un cuento diminuto de aquella mujer tan desocupada. Avancé lo más rápido que los botines me permitieron. Ahora sabía que había visto de frente, con la máxima claridad, el rostro de aquel mal que asolaba las calles de la ciudad y al que mis padres, en voz baja, llamaban el viento de la bahía, aquel viento que a tantos en la calle trastornaba.
Al llegar a casa, me cambié rápidamente de ropa. Merendé luego pausadamente, y a las siete en punto ya estaba estudiando. Supe que en los días siguientes volvería a estar muy ocupado y que estudiaría más que nunca, y que, tras las cenas, me entregaría con el fervor de antaño a los grandes novelones, aquellas historias colosales que me dejaban en las noches de invierno, desvelado. Y supe también que afuera, en el paseo, seguiría soplando con fuerza el viento, el viento de la bahía.

Actividades

1. ¿Te parece adecuado el título “El viento de la bahía” para este cuento? ¿Por qué?
2. ¿Qué interés repentino tiene el protagonista? ¿A qué crees que se debe esto?
3. ¿Qué hizo que el protagonista sustituyera los novelones por el Paseo? Explica.
4. El día que conoció a la misteriosa mujer, ¿qué le llamó la atención? ¿Por qué quedó tan intrigado?
5. ¿Qué hace el protagonista para resolver la intriga que lo aquejaba? ¿Consigue averiguar lo que quería?
6. Al final del texto el personaje se refugia nuevamente en la lectura de novelones. Explica en unas líneas qué lo lleva a eso y qué descubre para que tan repentinamente deje de interesarle el Paseo.
7. En las siguientes frases, trata de sustituir lo subrayado por un sinónimo:

a) “Se había despertado en mí un gran interés.”
b) “El sencillo método de recortar el tiempo.”
c) “¿Qué haces tan ocioso?”
d) “Me entregaría con el fervor de antaño.”

8. Indica el lexema y los morfemas de las siguientes palabras, y clasifícalos. Después escribe otra palabra que comparta uno de ellos:

  • Novelones :
  • Taquillera :
  • Acompañándose:

9. Analiza morfológicamente las palabras subrayadas:

Por las tardes, hacia las siete; porque siempre sucedía algo; pasó otro hombre y también a éste le dejó.

10. En las siguientes frases, cambia el sujeto de número y haz las modificaciones necesarias para que las oraciones sean correctas:

• “Seguiría soplando con fuerza el viento, el viento de la bahía.”
• “Se había despertado en mí un gran interés por lo desconocido.”

11. Sustituye por un pronombre lo subrayado y di qué función sintáctica tiene:

• “Y cerré al instante la puerta de la cocina
• “Y me acerqué a la mujer
• “El Paseo sustituyó a los novelones
• “No podía ser más que una mendiga

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