La princesa manca

La princesa manca

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

La princesa manca
Martín Garzo, Gustavo

Princesa0[…] También el rey era así. Un hombre animoso y sencillo, poco dado a las pompas, que era capaz de bajarse de su carroza, arremangarse sus camisones reales, y ponerse sin ningún desdoro 1 a ayudar a un albañil a preparar la masa o a transportar la arena en su carretilla. Era una sabia idea. No había oficios mejores ni peores, ni nadie era superior a los otros por desempeñar uno de esos trabajos, casi siempre relacionados con la utilización de las manos, que en otros lugares son juzgados como propios de hombres inferiores.
Pero el rey estaba casado, y su joven esposa iba a dar a luz. El aire temblaba aquel día con el sonido de las campanas, y por todas las partes se activaban los preparativos de la gran fiesta con que iba a celebrarse el nacimiento. De pronto, el médico salió del dormitorio de la reina. Los criados le vieron secarse el sudor de la frente, retorcerse las manos, mirar a un lado y a otro con una expresión espantada, como si buscara algún tipo de ayuda. ¿Pero quién podía ayudarle, quién decirle lo que tenía que hacer, si él era el mayor sabio del reino? Un rayo de sol iluminó su levita negra, y el doctor se echó a andar, casi a correr, por el pasillo, en dirección a los aposentos reales. Se deslizaba por los suelos encerados, reluciente como un escarabajo. Le abrían las puertas, recorría los largos corredores, las escaleras alfombradas. Había decidido ver al rey, darle él mismo aquella espantosa noticia, y quería hacerlo sin perder un segundo más, como si la mínima tardanza pudiera hacer inviable su salvación. Pero el rey palideció de tal modo al escucharle que hasta sus ojos se pusieron blancos.
Estaba profundamente enamorado de su esposa, la reina, y la idea de que hubiera podido morir al dar a luz le parecía incomprensible. Al fin y al cabo era un rey, y los reyes estaban acostumbrados a tener siempre lo que querían. Todo era suyo, las casas, los bosques, la voluntad de sus súbditos y hasta el mismo aire que respiraban, y les bastaba con expresar un deseo para que todos corrieran al instante, ansiosos de satisfacerle. ¿Cómo podía aceptar un verdadero rey que le fuera arrebatado lo más querido? Pareció enloquecer. Princesa1Se encerró en su cuarto, despreciaba la comida, las visitas; no quería ni ver a su hija, pues ya todos sabían que lo que la reina había tenido antes de morir era una niña, la más hermosa que ojos humanos hubieran contemplado jamás.
Pero esa primera etapa del dolor siempre termina por pasar. Antes o después, como sucede con los árboles que durante el invierno parecieron estar muertos y cuyas ramas pueden verse poco después pobladas de yemas y hojas frescas, el empuje de la nueva savia es más fuerte que la dura corteza de la desesperación. Y así el rey, que se había pasado cerca de unos meses encerrado en su cuarto, sin querer levantarse de la cama ni apenas aceptar alimento, empezó a escuchar otra vez la dulce llamada de la vida. Y entonces pidió que abrieran las ventanas, y se pasaba horas enteras viendo cómo el reflejo del sol se desplazaba por las paredes y el suelo de su cuarto. Y poco a poco volvió a percibir el piar de los pájaros, el trajín de los criados en el patio y en los corredores del palacio, el aroma de la madreselva y el de la hierba húmeda. Y, un buen día, pidió por fin su ropa, alimentos, un caballo para salir al bosque; y otro, ya no pudo desoír por más tiempo aquel mandato de su corazón y quiso conocer a su hija.
Ahí empezó el mayor de los problemas – continuó el anciano – , porque aquella niñita había nacido manca. No que hubiera perdido su mano, como luego se había dicho, sino que había nacido así, con el bracito romo, redondeado y terso en su extremo, brillante como los guijarros de los ríos. Nadie se atrevió a decírselo. Le llevaron a la niña y el rey pareció deslumbrado cuando la vio. Era muy linda. Acababa de cumplir dos meses y sonreía espontáneamente con tal de que algo se agitara ante ella. Era tan alegre que bastaba con enseñarle una careta en que se reprodujeran con tres orificios los ojos y la boca del hombre para que ella se echara valerosa a reír creyendo ese rostro real. El rey la tomó en sus brazos y descubrió la terrible verdad. Hizo que la apartaran de su lado y mandó que lo dispusieran todo para un largo viaje. Habló con su primer ministro y le encargó que se ocupara de los asuntos del reino durante su ausencia. Iría muy lejos, en dirección a Oriente, y era probable que tardara años enteros en volver.
Princesa2De nada sirvió que trataran de convencerle, que le hablaran de lo necesaria que era su presencia para el gobierno de su pueblo, y de que si se iba aquella niñita crecería sin las atenciones y cuidados de un padre. La decisión parecía firmemente tomada y, sin embargo, esa noche sucedió el milagro.
¿Quién decía que no sucedían milagros en este mundo? La belleza era un milagro, porque nos ayudaba a superar el abismo entre el ideal y las cosas reales, aunque no siempre hubiera ojos dispuestos a reconocerla. Esta vez sí los hubo.
El rey permanecía en vela, y oyó gorjeos 2 y risas. Salió de la sala, y recorrió el largo pasillo hasta llegar al dormitorio de la princesa, que parecía lleno de pájaros.
Empujó la puerta y entró. La luna iluminaba la cuna, y el rey pudo ver entre los encajes el encendido rostro de su hija, y cómo en sus ojitos brillaba una luz azul.
Se inclinó sobre ella, y la niña extendió sus brazos hasta tocarle. Jugó con sus barbas y su cabello, como podría haberlo hecho con las algas y los berros de un manantial, y el rey percibió sobre sus mejillas los tiernos empellones 3 de su brazo malo, que le hicieron pensar en los coletazos limpios de los peces. Se detuvo aterrorizado ante lo que iba a hacer, y mandó suspender su viaje. A partir de entonces fue otro hombre. Volvió a ocuparse de los asuntos del gobierno, y se pasaba la horas restantes contemplando y atendiendo a su hija. Sin embargo, no podía dormir. A veces se reclinaba en su cama y, al momento, otra vez estaba de pie, como si huracanes repentinos asolaran sus sueños, y una y otra vez viera negada por ellos la posibilidad del descanso.
Ese problema le volvió irascible 4 . Quería con locura a su hija, que era una niña sana y complaciente, que crecía ganándose el cariño de cuantos la rodeaban, pero todos se daban cuenta de que nunca aceptaría su deformidad y que sufría lo indecible por esta razón. No podía soportar, por ejemplo, la visión de los bracitos de las otras niñas. Le bastaba ver a una de ellas jugando delante de él, para que al instante la contemplación de sus dos manos, libres y vivaces, armoniosamente complementarias, hiciera que las lágrimas brotaran de sus ojos.
A menudo lo hablaba con sus ministros, que trataban de consolarle diciéndole que no era tan importante que la princesita tuviera una sola mano, y que suplía con creces esa pérdida con la pureza y la bondad de su corazón. Pero al rey esto no parecía satisfacerle. ¿No eran dos los amantes- se preguntaba- , dos las alas de los pájaros y de las mariposas, dos las manillas de los relojes que contaban el tiempo? El dos era superior al uno – añadía con una mueca de desesperación en los labios- porque era el número de la vida.
Fue entonces cuando el reino se llenó de truhanes 5 y de extraños artífices 6.
Acudieron a un edicto en el que se ofrecía todo el oro que se pudiera cargar sobre la espalda a aquél que fuera capaz de fabricar una manita ortopédica, cuya perfección fuera comparable a la de las manos reales. Princesa3La búsqueda duró varios meses, y las tentativas fueron innumerables. Manos de madera, articuladas a través de pequeños alambres, manos de metales finísimos, de cristal, de los materiales más impensados, se fueron presentando al rey, que enseguida se las hacía llevar a su hijita con la esperanza de que llegara a adaptarse a su uso. Pero a ella ninguna le hacía gracia. Se desvivía por complacer a su padre en todo, pero solo recobraba la alegría cuando, flojas las correas que las sujetaban, aquellas manitas falsas se desprendían de su brazo y éste quedaba libre y desnudo, tal como había venido al mundo.

GLOSARIO DE TÉRMINOS

1 Desdoro: falta de prestigio
2 Gorjeos: articulaciones imperfectas en la voz de los niños.
3 Empellones: empujones.
4 Irascible: colérico, irritable.
5 Truhanes: estafadores.
6 Artífices: artistas, artesanos

PREGUNTAS SOBRE EL TEXTO

1. Realiza un resumen (extensión máxima, 8 líneas) del cuento que comience de la siguiente manera:

“Había una vez un rey justo y humilde”…

2. Entre estas afirmaciones, tres son falsas. Indica cuáles son y corrígelas con la información adecuada del texto:

a. El mismo rey es el narrador de esta historia.
b. La princesa perdió su mano en el momento de su nacimiento.
c. El rey decidió huir lejos al enterarse de la desgracia de su hija.
d. El rey era incapaz de aceptar la deformidad de su hija.
e. Los mejores médicos acudieron a palacio para fabricar una manita ortopédica para la princesa.

3. ¿Qué milagro hace que el rey cambie de opinión y luche por su hija? Justifica tu respuesta.
4. ¿Por qué cree el rey que el dos es el número de la vida? ¿De qué manera se relaciona con la minusvalía de la princesa?
5. La princesa, ¿estaba de acuerdo con la búsqueda de una mano ortopédica? Explica.
6. ¿Te parece correcta la manera de pensar del rey? ¿Por qué?
7. ¿Qué enseñanza puedes sacar de esta historia?
8. Define las palabras destacadas en negrita de los siguientes enunciados del texto:

• “Era una sabia idea” / “El empuje de la nueva savia es más fuerte que la dura corteza”.
sabia:
savia:

• “En dirección a los aposentos reales” (1) / “El abismo entre el ideal y las cosas reales” (2)
reales(1):
reales(2):

Elige entre los siguientes conceptos aquellos que explican la relación entre los significados de los pares de las palabras anteriores:

sinónimosparónimos  – homófonosantónimoshomógrafos

Los términos sabia y savia son: _______________________
Los términos reales (1) y reales (2) son: _________________

9. Completa la tabla con palabras que aparezcan en el siguiente fragmento del cuento:

“¿Cómo podía aceptar un verdadero rey que le fuera arrebatado lo más querido? Pareció enloquecer. Se encerró en su cuarto, despreciaba la comida, las visitas; no quería ni ver a su hija, pues ya todos sabían que lo que la reina había tenido antes de morir era una niña, la más hermosa que ojos humanos hubieran contemplado jamás”.

Un adjetivo calificativo en grado superlativo:
Un pronombre personal:
Una preposición:
Una conjunción:
Un verbo en pretérito pluscuamperfecto de indicativo:
Un verbo en pretérito pluscuamperfecto de subjuntivo:
Dos verbos en pretérito imperfecto de indicativo:
Dos verbos en infinitivo:
Un verbo en voz pasiva:
Una perífrasis verbal:

 

10. Completa la tabla a partir de las siguientes palabras del texto:

 

Sustantivo

Adjetivo

Verbo

Adverbio

cuidado cuidadoso cuidar cuidadosamente
      lejos
    enloquecer  
  largo    

belleza

     

 

11. Clasifica los siguientes sintagmas y subraya su núcleo:

Ej. : Quería con locura a su hija.

N.

S. Verbal

  1. aquella espantosa noticia
  2. armoniosamente complementarias
  3. muy lejos
  4. la contemplación de sus dos manos

12. Indica la función de los complementos verbales subrayados.

Ej.: “El aire temblaba aquel día”: Complemento Circunstancial de Tiempo

  1. “Descubrió la terrible verdad”.
  2. “El rey la tomó en sus brazos”.
  3. “Aquella niñita había nacido manca”.
  4. “La belleza era un milagro”.