La serpiente blanca

La serpiente blanca

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

La serpiente blanca
Juan Carlos Dávalos

El rancho al pie del cerro. Altas cañas huecas conversan con el viento hacia el lado del norte. Al otro extremo, un horno destruido y piedras que al bajar rodando de la montaña, encontraron sosegado reposo.
A pesar del tiempo que está abandonado, flota a su alrededor un aire de antiguos aromas de pan tierno y moreno, un leve cuchicheo de voces lejanas; el tintineo de un cencerro llamando invisibles ovejas hacia un redil que sólo tiene de tal el rastro desteñido del estiércol.
Visto desde el camino, con sus paredes de adobe, su techo con yuyos y su marco sin puertas, hace pensar en la desolación y muerte. Sin embargo, los viajeros sorprendidos por la tempestad se refugian en él. Pero son viajeros que vienen de lejos, porque la gente de los alrededores no se detendría de noche ni un instante. Ni aún en caso de la necesidad más apremiante. Dicen que está maldito. Que lo habita un demonio en forma de serpiente, desde el atardecer hasta que las primeras luces del alba iluminan las cumbres de los cerros. Cuentan que sus habitantes lo han abandonado porque el demonio los iba devorando.serpiente-blanca1
Esta historia y muchas más, circulaban por las mesas de los boliches sin que nadie se animara a descifrar el misterio del rancho abandonado.
Y una noche de invierno, el calor de las fuertes libaciones hizo surgir de entre los parroquianos el nombre de dos guapos que se convertirían más tarde en personajes de leyendas en el pueblo: Santos Mamaní y Antonio Tiberi.
Hombres jóvenes, nacidos en el pueblo, con el coraje un tanto irresponsable y la audacia de la juventud, decidieron pasar una noche en el rancho, al pie del cerro.
Santos Mamaní era dueño de un filoso cuchillo que raras veces estaba lejos de su cinto, y no porque fuera pendenciero, sino porque suponía que todo hombre debía tener algo seguro en quien confiar, y en nada mejor que en su cuchillo.
Esa tarde le tanteó el filo con la punta de los dedos. Satisfecho emitió un silbido y lo colocó de nuevo en el cinto.
Antonio Tiberi, en cambio, prefería algo más contundente y preparó un revólver de seis balas.
El día elegido para la gran aventura, llegó inexorable. Ya comenzaba a oscurecer cuando entraron al boliche de Pasayo. La concurrencia, numerosa, comentaba a viva voz la proyectada excursión. Un cálido silencio pobló el ámbito del boliche, a la vista de los dos amigos.
– Ginebra doble para dos guapos, pidió Santos reclinándose sobre el mostrador.
El bolichero los miró con aire sobrador. Sirvió las ginebras con tremenda pausa y comentó: – Así que ustedes, mocitos, son los que se animan a ir al rancho? ¿No saben que de ahí no se vuelve?
Lejos de tenerlo en cuenta, los amigos pidieron testigos para la hazaña.
Sobraron los voluntarios y un grupo animoso los acompañó hasta las proximidades del rancho.
El sendero angosto estaba obstruido por la maleza. Por él se internaron los dos hombres. Llegaron a las cercanías del rancho y la soledad y el desamparo casi los hace flaquear. Apenas se escuchaban las voces de sus amigos, a la distancia. Se detuvieron indecisos, como si despertaran de una pesadilla. Miraron en dirección de sus acompañantes, pero la distancia los ubicó en la realidad. Tantearon sus armas. Se acercaron al umbral y entraron muy juntos, como si la proximidad de sus cuerpos les revitalizara.
Acercaron piedras y se sentaron a esperar lo inexplicable. No hablaban. Antonio sacó sus cigarros. Invitó a su amigo. Fumaron. Afuera la noche fría, como todas las noches de la montaña cuando no hay luna. En el cielo, miles de estrellas se llamaban a guiñadas. Lejos, el grito de un zorro. Más aquí, un búho solitario desentonaba. Se quebraba una rama. En las cañas, el viento desgranaba una extraña melodía.
De pronto, los amigos se pusieron de pie de un salto. Algo anormal se avecinaba. Un aire habitado por extraños rumores los envolvía. Voces que no eran de la tierra. Ruidos nunca escuchados. Ayes, quejas.
Percibieron un leve movimiento desde afuera. Salieron al patio. Linterna en mano atravesaron el hueco de la puerta. La noche era una descomunal caverna con pesadas paredes que había que romper a fuerza de coraje.
Alumbraron el patio. Justo a tiempo. Desde las altas cañas movidas por el viento, venía, ondulando entre las piedras una enorme serpiente.
El alargado cuerpo reptaba nervioso y una blanca claridad señalaba su marcha. Los ojos, dos relámpagos; la lengua, saliéndole a intervalos, semejaba a la punta filosa de un puñal impaciente por abrir los trágicos canales de la sangre. Hizo un rodeo como observando a los intrusos y luego, veloz, se enroscó sobre sí, dispuesta a dar el salto.serpiente-blanca
Santos con el cuchillo en la mano, temblaba. Antonio Tiberi logró serenarse. Con certera puntería descargó su revólver hasta que quedó vacío. Los estampidos retumbaron en la noche de monte en monte, como un obcecado martillo sobre la roca dura.
Muerta la serpiente, su cuerpo se había convertido en una cadena de cientos de monedas de plata que Antonio y Santos, ya repuestos del susto, comenzaron a juntar hasta que llenaron sus bolsillos.
Como sonámbulos, guiados por el instinto siguieron el sendero buscando el camino que los llevara de nuevo hasta el pueblo.
Con el amanecer, las primeras claridades se posaron sobre dos cuerpos como dos troncos, sentados a orillas del camino, las miradas lejanas, las manos colgando inútiles, los bolsillos repletos de monedas plata.
Un pastor que madrugaba sus ovejas en dirección a los cerros los descubrió. Se acercó llamándolos por sus nombres, y como no obtuviera respuesta corrió en busca de auxilio.
En la chata del Pingallo los cargaron como a bolsas y los trajeron al pueblo. Fue como si nunca hubieran regresado del rancho. En ningún momento recobraron la razón. Ahora son dos tontos babosos con las miradas perdidas en la lejanía, los bolsillos repletos de monedas de plata, de plata maldita, inservible, con las cuales nada pueden adquirir, porque su sola vista, llena de temores y traen al recuerdo las mil supersticiones tejidas alrededor del rancho.

Actividades

1. ¿Qué motivos tienen los parroquianos para no acercarse al rancho? Explica.
2. ¿Por qué sólo los viajeros se refugian en él? Sabiendo lo que se cuenta, ¿vos lo usarías de refugio?
3. ¿Por qué razones Santos Mamaní y Antonio Tiberi deciden pasar la noche en el rancho?
4. ¿Qué características puedes mencionar de Mamaní y Tiberi?
5. ¿Qué hechos sobrenaturales acaecieron a los dos amigos esa noche en el rancho?
6. ¿Qué crees que pudo sucederle a los dos amigos entre la muerte de la serpiente y el momento en que fueron encontrados? A continuación elabora un final diferente, donde expliques la razón por la que los amigos son ahora dos tontos babosos.

7. Explica con tus propias palabras las siguientes expresiones:

a) Con el coraje un tanto irresponsable y la audacia de la juventud.
b) Llegaron a las cercanías del rancho y la soledad y el desamparo casi los hace flaquear.
c) Como si la proximidad de sus cuerpos les revitalizara.
d) En el cielo, miles de estrellas se llamaban a guiñadas.
e) En las cañas, el viento desgranaba una extraña melodía.
f) La noche era una descomunal caverna con pesadas paredes que había que romper a fuerza de coraje.

8. Según lo que vimos en clase, ¿por qué se puede decir que este cuento es fantástico? ¿Lo clasificarías como puro, impuro o extraño? Explica.