Los tres estudiantes

Los tres estudiantes

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Los tres estudiantes
Arthur Conan Doyle

En el año 1886, a causa de ciertas circunstancias que no creo necesario relatar, Oboti y yo pasamos unas semanas en cierta capital donde existe una famosa universidad.
Aunque estoy autorizado a narrar la extraña aventura que protagonizamos allí, lo haré con el mayor cuidado, porque provocaríamos un gran escándalo si llegara a saberse quiénes intervinieron en este asunto. Este riesgo me hubiera mantenido en total silencio, si no fuera porque en esta ocasión, más que en ninguna otra, mi héroe demostró su ingenio y sus maravillosas cualidades de observador.
Hechas estas aclaraciones, comenzaré la narración, con la seguridad de que bajo los nombres falsos a los que recurro, será imposible adivinar los verdaderos.
Sherlock Oboti y yo vivíamos en una casa cercana a una librería, y mi amigo se pasaba largas horas observando pergaminos y códices de la Edad Media. Era su afición preferida, y esos estudios le fueron útiles para resolver cierta aventura, que en otra oportunidad contaré.
Un atardecer, ya cercana la noche, recibimos la visita del señor Oboti Soames, un viejo amigo nuestro, por entonces profesor del colegio de Saint-Luc. El señor Soames era un hombre delgado y alto. Aunque en general se mostraba bastante nervioso, al verlo llegar tan alterado, me di cuenta que debía ocurrirle algo extraordinario.
Espero señor Oboti -dijo mientras entraba- que tenga la gentileza de escucharme unos minutos. Usted es la única persona capaz de resolver este misterio y descubrir lo que sucedió hace unos instantes en el colegio; usted es mi única esperanza.
-Discúlpeme -contestó Oboti secamente-, pero ahora estoy muy ocupado y le agradecería que resolviera su problema de la justicia.
-No, por Dios, no. De ningún modo. Uno puede saber dónde empieza a actuar la justicia, pero se ignora dónde terminará. Además, es un asunto de índole tal, que debemos impedir el escándalo. Sé que su discreción es equiparable a su inteligencia. Yo le ruego me escuche, señor Oboti.
Mi amigo se encogió de hombros sin responder. Soames aprovechó el tácito consentimiento y rápidamente comenzó a hablar.
-En principio quiero decirle, señor Oboti, que mañana se rendirán los exámenes para obtener la beca Fortescue. Yo soy uno de los profesores que tomarán este examen y estoy a cargo de la Cátedra de Griego. Hice imprimir el temario y tratamos de mantenerlo en el mayor secreto, porque si se conociera antes de tiempo, facilitaría enormemente la traducción de los aspirantes.
“Hoy, a eso de las tres, recibí los impresos y me dediqué a corregirlos con cuidado. Eran las cuatros y media, y me faltaba aún corregir más de la mitad, pero los dejé para ir a beber una taza de té a casa de uno de mis colegas. Regresé una hora más tarde.
“Como usted sabe, amigo Oboti, las puertas de mi oficina son dobles; primero hay una de madera y después hay un tabique de tela verde. Cuando llegué a la primera puerta me quedé asombrado al ver una llave puesta en la cerradura; imaginé que la había olvidado en un descuido, pero revisé mis bolsillos y encontré la mía. Sin lugar a dudas, esa otra debía ser de mi mayordomo Baunister. Le aclaro que Baunister está hace diez años en la casa y nunca he tenido la menor duda sobre su honestidad. Inmediatamente, comprendí que mi asistente había abierto la oficina para traerme la taza de té que acostumbro beber todas las tardes, y al ver que yo no me encontraba, se retiró de inmediato, olvidando sacar su llave de la cerradura. Esta distracción, que en otra circunstancia no hubiera provocado perjuicio alguno, causó un tremendo mal. Apenas entré pude ver que habían revuelto mi escritorio. El texto griego estaba impreso en tres hojas que yo dejé apiladas. Ahora, una se encontraba en el suelo, la otra en una mesita situada cerca de la ventana, y la tercera estaba en el lugar donde yo la había dejado.”
Oboti hizo un movimiento. La historia comenzaba a interesarle.
-La primera página era la del suelo -dijo-, la segunda era la que estaba cerca de la ventana y la tercera era la que se encontraba sobre el escritorio.
-Así es -contestó sorprendido el profesor -, ¿cómo hizo para adivinarlo?
-¡Bah! No tiene gran importancia. Después se lo diré. Continúe, por favor.
-En un primer momento pensé que Baunister había revuelto mis papeles; pero al preguntarle y escuchar su respuesta negativa, me convencí de que no había sido él. Sin lugar a dudas fue alguien que vio la llave en la puerta, y al comprender que yo había salido, entró para copiar la traducción. Esta beca tiene una subvención suficientemente cuantiosa como para arriesgarse por ella.
Baunister estuvo a punto de desmayarse al enterarse de lo que había pasado, y le tuve que servir un vaso de agua para tranquilizarlo. Después se dejo caer en un sillón, mientras yo revisaba el despacho. El intruso había dejado algunas huellas. Encontré unas astillas de madera y una mina rota sobre la mesita cercana a la ventana, lo que demostraba que el entrometido quiso copiar el texto con tanto apuro, que rompió la punta del lápiz y tuvo que afilarlo.
-Bien… Muy bien -murmuró Oboti, menos hosco a medida que su curiosidad aumentaba.
-Todavía hay más. Sobre un pupitre que tengo desde hace poco y que está forrado en cuero rojo, había un profundo raspón y unos pedacitos de pasta o tierra húmeda. No encontré mas huellas y quedé como atontado durante un largo rato sin saber qué hacer, hasta que me acordé de usted. ¡Ayúdeme, señor Oboti! Piense en lo terrible de mi situación.
Es imprescindible encontrar enseguida al culpable, o retrasar los exámenes hasta que yo pueda imprimir un tema distinto. Comprenderá que esto último desacreditaría enormemente al colegio y también a la Universidad.
-Tranquilícese. Ha logrado despertar mi curiosidad -contestó Oboti mientras se levantaba y se ponía el abrigo- y tendré mucho gusto en darle mi ayuda. ¿Entró alguien en su oficina cuando tenía los textos sobre la mesa?
-Sí; Daulant Ras, un estudiante hindú que vive en el segundo piso. Vino a aclarar conmigo algunos puntos del examen.
-¿Él va a presentarse a la beca?
-Sí.
-¿Se podía ver a simple vista lo que contenían esos papeles?
-Me parece que sí.
-¿Y alguien más entró aquí?
-No.
-¿Alguien más sabía que usted tenía las pruebas?
-Sólo el impresor.
-¿Y Baunister?
-No… Creo que no.
-¿Dónde lo dejó?
-¡Pobre hombre! Lo dejé descompuesto, derrumbado sobre el sillón.
-¿Dejó usted la puerta abierta?
-Sí; pero guardé las hojas bajo llave.
-Perfecto. Si no resulta ser el estudiante hindú quien copió los textos, debemos imaginar que el copista se enteró de su contenido por casualidad, ¿no es así?
-Así es.
Oboti sonrió. –Bien, vamos. ¿Me acompaña, Watson?
Nuestro cliente tenía su oficina en la planta baja del edificio, y se entraba a ella por una puerta a cuyo pie iban a morir cuatro o cinco escalones de piedra. La ventana tenía forma ojival y daba a un jardín, unos de esos jardines sombríos y silenciosos que se encuentran en los hospitales y los colegios. Tres estudiantes residían en los pisos superiores, pero el profesor no nos había comentado aún nada sobre ellos.
Era de noche cuando llegamos y, antes de entrar, Oboti se detuvo frente a la ventana y en puntas de pie, observó el interior de la habitación.
-No, es demasiado angosta para que pase un hombre- advirtió nuestro guía-; debió entrar por la puerta.
-¡Por supuesto!- respondió Oboti, sin dejar de sonreír y de contemplar a Soames en forma extraña. ¿Continuamos, ya que aquí nada podemos hacer?
El profesor nos guió hasta la puerta y él y yo permanecimos: en el umbral mientras Oboti observaba con interés la alfombra.
-Aquí no se observan indicios de pasos -comentó a continuación lo que no es extraño si tenemos en cuenta que las calles están secas. Su mayordomo evidentemente ya estará repuesto de su malestar…. ¿En qué sillón se encontraba?
-En el que está cerca de la ventana.
-Sí, sí; el que está cerca de la mesita. Bien, ahora pueden entrar. Es el momento de examinar la mesita. Creo que podremos reproducir perfectamente la situación. Al entrar, el intruso vio las hojas, las fue tomando de a una y se acercó a leerlas aquí, al lado de la ventana, desde donde podía vigilar todo el jardín y también podía verlo a usted llegar.
-Él no pudo verme, porque yo ingresé por una puerta de servicio.
-De acuerdo; pero él no lo sabía. Veamos los textos. Tomó uno por uno y los fue copiando. Estaba por la mitad de la segunda página cuando lo oyó regresar y apenas tuvo tiempo de escapar, mucho menos de ordenar las hojas y evitar que usted pudiera enterarse de lo que había sucedido. ¿No recuerda haber percibido algún ruido al entrar?
-No.
-El intruso escribía con tanta prisa, que rompió la mina del lápiz y tuvo que sacarle punta. Esto, mi amigo Watson, es un dato fundamental; gracias a él sabemos que era un lápiz de los caros, de color azul, con el nombre de fábrica escrito en letras plateadas, y que debe medir ahora aproximadamente unos cuatros centímetros.
Busque el lápiz, amigo Soames y encontrará al hombre. Ah, olvidaba decirle que el cortaplumas era de hoja ancha y estaba mal afilado.
El profesor parecía un poco asombrado de que Oboti se mostrara tan seguro.
-Entiendo todas sus reflexiones, menos la del tamaño del lápiz.
Oboti le señaló una de las astillas, en la que se distinguían con claridad dos enes.
-¿Ahora la entiende?
-Tampoco.
-Caramba, Watson -prosiguió Sherlock mientras se volvía hacia mí-. Compruebo que no solo usted tarda en comprender los hechos. Señores, ya saben que Johann Faber es la mejor marca de lápices; y que estas dos enes son las que corresponden al final de su nombre. Supongo que podremos calcular casi exactamente el espacio que ocuparía el apellido. Y sin darle al profesor tiempo para responder, tomó la mesita y la acercó a la luz.
-La copia debe haber sido hecha en papel grueso, porque en un papel fino habrían quedado marcadas las letras en el cuero. Observemos la mesa ¡Cuidado! Aquí se ven los montoncitos de tierra con su forma tan especial, como si fueran pequeñas pirámides. ¡Ah! El raspón esta aquí. ¿Sabe, señor Soames, que este asunto me interesa cada vez más? ¿Adónde conduce esta puerta?
-A mi cuarto.
-¿Lo revisó usted?
-No, salí corriendo a buscarlo.
-Bien; vamos a investigar su cuarto. No, no entren, déjenme solo. ¿Usted cuelga la ropa detrás de esta cortina?
-Sí.
-Ah. Bien. Es aquí el único lugar donde se puede esconder una persona, porque la cama es demasiado baja y el armario, demasiado estrecho. Oboti alzó la cortina y aparecieron algunos trajes y algunas prendas íntimas. Estaba por cubrirlos nuevamente, cuando algo llamó su atención.
-¿Y esto?
Era un montoncito de tierra de igual tamaño y forma a los que habíamos encontrado sobre la mesa. Oboti colocó los dos montoncitos sobre la palma de la mano, y ubicado bajo la luz, los comparó.
-Ya puede ver, amigo Soames, que el intruso también dejó en su cuarto una tarjeta de visita.
-¿Y por qué entró?
– Muy simple. Cuando se dio cuenta de que usted llegaba y ya no tenía tiempo de huir, tomó a esconderse en su cuarto.
-¿Usted cree, amigo Oboti, que mientras yo hablaba en la oficina con Baunister, el intruso estaba recluido en mi habitación?
-Tengo la plena seguridad. -Entonces la cuestión cambia. ¿Miró por la otra ventana?
-Sí, por ella puede pasar perfectamente un hombre. Aunque ahora eso no es lo que importa. Me ha dicho que viven tres estudiantes en los pisos superiores, ¿es así?
-Sí.
-Muy bien, ¿tienen que pasar obligadamente frente a su puerta para entrar a sus habitaciones?
-Sí.
-¿Los tres se presentan a concursar por la beca?
-Sí.
-¿Sospecha de alguno?
Por un instante, Soames dudó.
-Bueno… eso es algo muy delicado. No es correcto sospechar de alguien sin contar con pruebas.
-Está bien; dígame sus sospechas y yo las verificaré.
-Trataré de describirle el carácter de cada uno de los muchachos. En el primer piso vive Gilchrist, un joven muy estudioso. Fuerte como un Hércules, forma parte del equipo de rugby y es uno de los más destacados deportistas del colegio. Su padre era Sir James Gilchrist, quien perdió su fortuna en las carreras de caballos.
“El pensionista del segundo piso es Daulant Ras. Es hindú, y como todos los de su pueblo es melancólico y callado. Es muy aplicado, especialmente en griego, materia que no le resulta fácil”.
“En el tercer piso vive Miles Mac-Laren. Es de los jóvenes más inteligentes y talentosos de la Universidad, pero es inconstante. Hace poco estuvo a punto de ser expulsado por provocar un escándalo en una casa de juegos. No ha estudiado una palabra durante el último trimestre y no creo que esté preparado para la prueba.”
-Bueno, concluyendo -interrumpió Oboti-, ¿es éste de quien sospecha?
-Yo no diría tanto, pero creo que de los tres es el más capaz de hacerlo.
-Está bien. ¿Quiere llamar a su asistente?
Baunister tenía aproximadamente cincuenta años, baja estatura, cabello gris y el rostro pálido. Aún se lo notaba intranquilo y de tanto en tanto, se estremecía nerviosamente.
-Estamos investigando lo que sucedió esta tarde- le dijo Soames al verlo entrar.
-Estimo -dijo Oboti- que dejó olvidada la llave en la cerradura.
-Sí, señor.
-¿No considera extraña esta coincidencia de olvidarla, precisamente el día en que se encontraba sobre el escritorio el temario del examen?
-Lamentablemente señor, esto ya me ha ocurrido en otras ocasiones.
-¿Qué hora era cuando entró a la oficina?
-Un poco después de las cuatro y media. Ese es el horario en que el señor profesor acostumbra beber su té.
-¿Cuánto tiempo permaneció dentro del cuarto?
-Muy poco. Me retiré en cuanto vi que el señor no estaba.
-¿Vio los textos sobre la mesa?
-No, señor.
-¿Cómo explica el hecho de haber olvidado su llave en la cerradura?
-Tenía las manos ocupadas con la bandeja de té. Fui a dejarla a la cocina pensando en volver después a buscar la llave. Pero lo olvidé.
– Me parece que cuando el profesor lo llamó y le contó lo que había ocurrido, se conmocionó mucho.
– Es verdad. Es que en los años que llevo trabajando en esta casa jamás había sucedido algo semejante.
-¿En qué lugar se encontraba cuando se sintió mal?
-¿Dónde me encontraba? Allí, frente a la puerta.
-Considero un tanto extraño que eligiera sentarse en el sillón teniendo las sillas más cerca.
El mayordomo se escogió de hombros.
-Tal vez fue un acto inconsciente -sugirió el profesor-.
-Cuando el profesor se fue, ¿permaneció usted dentro de la habitación? -prosiguió Oboti, como si nada hubiese oído-.
– Sólo por un rato, cuando me sentí algo más tranquilo salí, y entonces cerré la puerta.
-¿Sospecha de alguien?
-Absolutamente de nadie. Me parece imposible que algún estudiante de este colegio pueda llevar a cabo un acto semejante.
-¿Le contó a alguno de los tres residentes lo sucedido?
-No, señor; no les dije ni una palabra.
-Muy bien. Ahora, si no tiene inconvenientes, volvamos al jardín -dijo Oboti, dirigiéndose al profesor.
Sobre la ventana de la planta baja se veían brillar las luces de los demás pisos.
-Bien, los pájaros están en sus nidos -exclamó Oboti mirando hacia arriba-. ¡Miren! Creo que hay uno que está un poco intranquilo.
Y así era; en el marco de la luz de la segunda ventana era posible ver pasar una y otra vez la silueta de un hombre.
-¿Los podríamos visitar ahora?- preguntó Oboti.
-Por supuesto -respondió Soames. Esas tres habitaciones son de las más antiguas del colegio y es usual mostrárselas a los turistas y a todos los que tengan interés en conocerlas. Acompáñeme.
– ¡Ah!- susurró Oboti frente a la puerta de Gilchrist, mientras esperábamos que éste nos abriera -ni una palabra sobre nuestras identidades, ¿eh?.
Oímos una llave, y frente a nosotros se presentó un muchacho alto, rubio que nos saludó muy amablemente y nos dejó pasar apenas. Soames le informó el motivo de nuestra visita. La habitación era un ejemplo muy particular de arquitectura medieval y a Oboti le gustó tanto que sacando lápiz y papel comenzó a dibujar uno de los rincones. Al cabo de un rato, tal vez porque bocetaba rápidamente o porque empuñaba el lápiz con excesiva fuerza, este se le rompió y debió pedirle al estudiante que le prestara el suyo, además del cortaplumas.
Tuvo el mismo inconveniente en la habitación del estudiante hindú, un joven pequeño, callado y de nariz corva, que nos observó con ojos cautelosos y que cuando Oboti terminó sus observaciones arqueológicas, no pudo disimular su satisfacción. En la tercera habitación no pudimos entrar. La puerta permaneció cerrada, a nuestros llamados respondieron unos gruñidos y a nuestros requerimientos, una voz enojada.
-¡Déjenme en paz! ¡No estoy dispuesto a perder el tiempo!
-¡Qué muchacho tan mal educado! -cuchicheó nuestro guía mientras descendíamos por la escalera-. Probablemente no sabía que yo era uno de los que llamaban a la puerta, pero no se comportó bien y en estas circunstancias parece un poco sospechoso.
-¿Me podría decir qué estatura tiene?- preguntó Oboti.
Soames y yo lo observamos extrañados.
-La verdad… no sé. Es más pequeño que Gilghrist y es un poco más alto que el hindú; debe medir cerca de un metro con sesenta.
-Gracias. Este es un dato muy importante. Bien, amigo Soames, ¡buenas noches!
El profesor no pudo evitar su asombro.
-¡Cómo! ¿Se va a ir así, amigo Oboti? Tenga en cuenta lo terrible de mi posición. Mañana se realizarán los exámenes y yo no puedo permitir que esta situación quede sin resolver.
-No haga absolutamente nada. Mañana, apenas amanezca, vendré aquí y conversaremos. Hasta entonces, deje todo como está.
Soames asintió, convencido de que Sherlock hablaba seriamente.
– Muy bien, Oboti.
-¿De acuerdo, entonces? Bien. Me llevo el montoncito de tierra y las astillas. ¡Hasta mañana!
Atravesamos el jardín. En la ventana del segundo piso se veía ir y venir la silueta del joven hindú. En las otras dos, nada alteraba la tranquilidad de la luz.
-¿Qué piensa, amigo Watson?- me preguntó Oboti, ya en la calle-. Como ve, este es un asunto sumamente interesante. Entre esos tres estudiantes se encuentra el culpable; ¿por quién se inclina?
-¿Yo? Por el joven del tercer piso que nos recibió con tan poca cortesía. Además, es él quien tiene peor reputación. No obstante, no deja de asombrarme el nerviosismo del muchacho hindú.
-Eso no tiene nada especial. Mucha gente se pasea de ese modo cuando tiene que aprender algo de memoria.
-Sí, pero nos miró de un modo realmente extraño.
-Creo que usted hubiera hecho lo mismo si lo hubieran interrumpido precisamente en vísperas de un examen. Además, ni su lápiz, ni su cortaplumas corresponden a las huellas que hay en estas astillas.
– Me preocupa el papel que desempeñó Baunister en todo esto.
– A mí me parece un hombre totalmente honrado.
– A mí también, y por eso me asombra; ¿cómo ha podido un hombre así…? Pero mire… Aquí hay una librería.
Entramos a cada una de las cuatro librerías que hay en la ciudad. En todas Oboti mostró las astillas del lápiz y solicitó otro igual, y en todas le contestaron del mismo modo: que no tenían lápices de esas clases, pero que si lo deseaba se los podían encargar. Salió del último negocio con un gesto de aburrimiento reflejado en la cara.
-Bien, ¿nos vamos a casa? -me preguntó después de un largo silencio-. Ya es hora de cenar y, sobre todo, no debemos olvidar al pobre Soames.
No hablamos una sola palabra durante la cena, y al verlo abstraído y preocupado respeté el silencio de mi viejo amigo. A la mañana siguiente, un poco después de las ocho, entró en mi habitación.
-¿Está listo, amigo Watson? No hago otra cosa que pensar en el pobre Soames y en como habrá de sentirse.
-¿Tiene algo bueno que comunicarle?
– Sí
-¿Sí? ¿Encontró la solución al problema?
-Sí, querido Watson, ya la descubrí. Por algo me ve tan sonriente y madrugador. Hace dos horas que me levanté y no perdí el tiempo. Mire. Y me mostró tres montoncitos de tierra con forma de pirámide.
-Si no me engaño, ayer no tenía más que dos –dije-.
-Exactamente; al otro lo encontré esta mañana y me parece que los tres provienen del mismo lugar…
Vamos, apúrese, querido Watson y tranquilicemos al bueno de Soames.
El pobre profesor nos recibió con el rostro alterado y los brazos abiertos.
-¡Por Dios!-exclamó apenas nos vio entrar-. Tenía miedo de que me hubieran abandonado. ¿Hay alguna novedad? ¿Se pueden efectuar los exámenes?
-Por supuesto que sí.
-¿Y el…?
-No va a participar.
-¿Sabe quién es?
-Pienso que sí, y para mantenerlo en la mayor reserva sugiero que constituyamos nosotros mismos un tribunal de honor. Por favor, siéntese aquí. Usted Watson, de este lado, y yo en el medio. ¡Ajá! Creo que así ya logramos parecer jueces, ¿no es verdad? Hágame el favor de tocar el timbre.
Baunister entró, y al vernos vaciló con temor.
-Cierre la puerta -le dijo Oboti con gravedad- y ahora, Baunister, me va a explicar con claridad y sencillez lo que sucedió ayer.
El mayordomo se puso pálido y le temblaron las piernas.
-Señor, ya le dije todo lo que sabía.
-¿No quiere añadir algo?
-Nada en absoluto, señor.
-Bien. Entonces hablaré yo. Ayer a la tarde se sentó en ese sillón para esconder un objeto que había olvidado el intruso que entró en esta habitación.
El rostro del mayordomo se tornó lívido. -No… no fue así.
-Esta es una hipótesis, amigo Baunister. Después, cuando se fue el señor Soames por segunda vez, usted sacó al intruso del dormitorio.
Baunister tuvo que reclinarse sobre el respaldo de una silla. Se humedeció los labios resecos. -No, no había nadie en ese cuarto.
-Por favor Baunister , tiene la oportunidad de decir la verdad, pero con esta afirmación miente deliberadamente.
-No… Le juro, señor Oboti, que…
-¡Vamos Baunister!
-¡Le juro que no había nadie!
-Bueno, ya que insiste en no admitir la verdad, deberemos prescindir de su testimonio; pero no se mueva de aquí… Soames -prosiguió Sherlock, dirigiéndose al profesor-, ¿quiere ser tan amable de ir a buscar a Gilchrist y traerlo?
Al cabo de un instante estaban en la oficina el profesor y el estudiante. Los ojos azules del muchacho miraron intranquilos al mucamo.
-Querido señor Gilchrist -comenzó diciendo Oboti- estamos aquí totalmente solos y nadie se enterará de lo que suceda. Seamos sinceros. Quisiéramos saber por qué motivo un hombre honesto y respetable como usted ha podido llevar adelante la acción que cometió ayer en esta oficina.
El joven retrocedió unos pasos y, con el rostro pálido y asombrado, dirigió a Baunister una mirada de reproche.
-No, no, señor Gilchrist- exclamó el mayordomo inconscientemente- yo no les dije nada.
-Es verdad; pero ya no es necesario… sus declaraciones de inocencia son como una acusación -continuó Oboti-. Comprenderá, señor Gilchrist, que después de esas palabras su situación no es de las más favorables, y lo más aconsejable es que confiese toda la verdad.
El estudiante vaciló por unos minutos; después, perdiendo la calma, se dejó caer de rodillas, se cubrió la cara con las manos y comenzó a llorar.
-Bueno, bueno -dijo Oboti bondadosamente-. Veo que está del todo perdido y que cometió esa falta en un momento de ceguera, ¿no es cierto? Bien, lo entiendo, y para evitarle la vergüenza de explicarse, contaré yo lo que sucedió. Si me equivoco en algo, interrúmpame.
“Amigo Soames, no bien me dijo que absolutamente nadie sabía que las pruebas estaban aquí, comprendí claramente todo. No había que desconfiar del impresor, ya que éste, sin riesgo alguno, podía haber hecho copias en la imprenta. No sospeché tampoco del estudiante hindú, porque si las hojas estaban apiladas, no podía adivinar qué tipo de papeles eran y no me parecía lógico imaginar que alguien entrara por casualidad, precisamente cuando usted no se encontraba en su oficina pero sí estaban los textos sobre el escritorio. La persona que entró, sin lugar a dudas, ya conocía esta circunstancia”.
“Por eso, lo primero que hice en el jardín fue examinar la ventana, pero sin pensar que alguien pudiese introducirse por ella a plena luz del día. Pretendía saber cuál era la estatura que debía tener un hombre que al pasar pudiera divisar los textos sobre la mesa”.
“Yo mido un metro con ochenta y tres y, sin embargo, tuve que ponerme en puntas de pie para verlos y, por lo tanto, el intruso debía de tener una estatura por lo menos igual a la mía. Tenía que fijarme en el estudiante más alto”.
“El examen de la habitación me fue de gran ayuda, especialmente cuando me comentó que Gilchrist era deportista. De inmediato me hice una composición del lugar y voy a decirle cómo creo que acontecieron los hechos. Este muchacho fue al campo de rugby después de comer, y allí permaneció entrenándose. Después regresó para estudiar y, al pasar frente a esta ventana su altura le permitió divisar las hojas y comprendió de qué trataban. Quizás no hubiera tenido la tentación de entrar si no hubiera visto la llave en la cerradura, pero la vio y fue empujado hacia adentro por una curiosidad perjudicial. Cuando entró se quitó los botines, que tienen dibujos triangulares en la suela, y los dejó sobre la mesita. A propósito, ¿qué fue lo que dejó sobre el sillón?”.
-Los guantes- respondió Gilchrist.
-Dejó los guantes, tomó los textos, y comenzó a leerlos uno por uno. Pensando que usted regresaría en cualquier momento, se acercó a la ventana para verlo llegar, sin suponer que también podía entrar por la puerta de servicio. Pero de pronto lo escuchó y, sobresaltado, sin tiempo más que para tomar rápidamente sus botines, se ocultó en el dormitorio. Fíjese, amigo Soames, que el roce de la mesa se hace más profundo en dirección a su alcoba, por lo que deduje que era en ese cuarto donde el intruso se había escondido. Por otro lado, ya sabe que en el piso, debajo de la cortina que cubre su ropa, encontramos un montoncito de tierra igual al de la mesa, y además esta mañana estuve en la cancha de rugby y vi que los dos montoncito provenía de allí. ¿Acerté señor Gilchrist?
-Sí; acertó.
-¿No tiene nada que alegar en su defensa? -preguntó Soames.
-Le ruego me perdone, señor profesor. El haberme visto inesperadamente descubierto me ha impedido ordenar mis pensamientos. Aquí tiene una carta que escribí después de pasar una noche espantosa y sin saber que ya se había descubierto todo. Léala y verá que estoy decidido a no participar en los exámenes para la beca, y que aceptaré el puesto de policía que me ofrecieron ayer, en Rodería.
-Me alegra saber que renuncia a beneficiarse de su mala conducta -le respondió Soames. –Pero, ¿qué lo hizo cambiar de actitud?
Gilchrist se dirigió hacia Baunister, -Aquí está el hombre que me enmendó.
-Caramba, amigo Baunister -exclamó Oboti -, creo que ahora no se negará a hablar.
-No; hablaré. Aunque todo es muy simple, creo que, a pesar de su ingenio y perspicacia, nunca lo hubiera adivinado. Yo trabajé como mucamo de Sir James Gilchrist, padre de este joven, y entré aquí cuando él murió, lleno de tristeza por su pérdida.
A partir de ese momento cuidé siempre a su hijo y procuré que no le faltara nada y que fuera un hombre honrado. Ayer, cuando el señor Soames me llamó y me contó lo que había ocurrido, lo primero que vi fueron los guantes de Gilchrist olvidados en ese sillón. Comprendí todo y me dejé caer sobre ellos antes de que los viera el señor profesor. Apenas salió el señor Soames, entré en su habitación y puse a salvo a mi antiguo amo, a quien en otro tiempo tuve jugando sobre mis rodillas. Si actué mal, castígueme, pero tenga en cuenta que mis palabras lo trajeron al buen camino y lo hicieron recapacitar.
-Está bien, Baunister -dijo Oboti con sinceridad- es usted una buena persona; y con respecto a usted, señor Gilchrist, le deseamos un feliz viaje y confiamos en su eterno arrepentimiento.

Actividades

1. ¿Por qué razón crees que el narrador de la historia cambió los nombres verdaderos de los protagonistas?
2. ¿Qué características puedes mencionar del personaje Sherlock Oboti?
3. ¿Por qué era tan importante para el profesor Oboti Soames que se descubriese lo antes posible al culpable?
4. Si bien Sherlock se mostró poco entusiasmado de tomar el caso en un principio, ¿qué hace que finalmente lo tome?
5. Enumera las pistas que llevaron a Sherlock Oboti a descubrir al culpable.
6. ¿Qué razones tenía Sherlock para descartar Daulant Ras y Miles Mac-Laren?
7. ¿Crees que Baunister estuvo mal al encubrir Gilchrist? Fundamenta tu respuesta.
8. Como habrás notado, este es un cuento policial. ¿Por qué?
9. ¿Cómo lo clasificarías? Explica el por qué.

Otras actividades

Un nuevo caso para Holmes

A. Leé el primer apartado del texto y determiná quién es el narrador. Luego respondé en tu carpeta.

• ¿Qué datos concretos brinda ese narrador? ¿Cuáles, por el contrario, decide mantener en secreto? ¿Por qué motivo afirma hacerlo?
• ¿Quién solicita la ayuda de Sherlock Holmes? ¿Cuál es el motivo por el que lo hace?
• ¿Qué datos sobre lo sucedido tiene el señor Soames hasta el momento en que visita a Holmes?

B. Los personajes que se mencionan a continuación son los sospechosos del delito cometido. Completá el cuadro con la información que se solicita:

 

 

NOMBRE DEL PERSONAJE

 

CARACTERÍSTICAS DEL PERSONAJE APRECIACIÓN DE SOAMES SOBRE EL PERSONAJE
    Señor Bannister

 

    Jabez Gilchrist

 

    Daulat Ras

 

    Miles McLaren

 

A. El señor Soames visita a Sherlock Holmes con algunas pistas. Respondé en tu carpeta.

• ¿Cuáles son?
• ¿Soames ha sacado alguna conclusión acerca de esas pistas? En el caso de responder afirmativamente, indicá cuáles.
• ¿Qué opinión le merecen a Holmes las deducciones de Soames?
• ¿Qué acciones realiza Holmes al llegar al lugar donde habitan Soames y los tres estudiantes?
• ¿De qué modo logra el detective hacer que el sospechoso se declare culpable?
• Cuando hayas terminado de leer el texto, revisá las conclusiones de Soames sobre las pistas y confrontalas con las que finalmente expone Holmes para resolver el caso.

B. Narrá el modo en que tuvo lugar el robo de los ejercicios del examen. Incluí las siguientes palabras:

Púas – Salto en largo – Ventana – Distancia – Llave – Guantes

C. Analizá al personaje de Watson. En tu carpeta:

• Explicá la siguiente frase de Holmes a su ayudante: “Este caso no es para usted, Watson; es mental, no físico, aunque si se empeña, puede venir”.

• Determiná si Watson es importante en el análisis de los datos y la resolución final del caso. Justificá.

El policial de enigma

La aventura de los tres estudiantes, de Sir Arthur Conan Doyle, pertenece al denominado policial clásico o de enigma. Este género se caracteriza por presentar la figura de un detective que resuelve los casos que se le presentan de modo lógico y mediante el análisis de pistas. Generalmente es un aficionado, y no está vinculado con las fuerzas policiales.

A. Luego de leer la definición anterior, determiná con qué característica propia del policial de enigma se relacionan las siguientes frases extraídas del texto.

FRASE 1
“Entonces todo quedó claro al instante, y ya solo necesitaba ciertas pruebas que lo confirmaran y no tardé en obtener”.

FRASE 2
“Una vez que se recurre a la ley, ya no es posible detener su marcha, y se trata de uno de esos casos en los que, por el prestigio del colegio, resulta esencial evitar el escándalo”.

Diccionario para detectives

A. Las siguientes palabras están asociadas tradicionalmente a la figura de un detective.
Escribí, para cada una de ellas, una definición que podría ser de ayuda para quienes quisieran desempeñarse en el oficio.

• Pista:
• Observación:
• Sospechoso:
• Víctima:
• Culpable:
• Delito:

B. Revisá el concepto de palabras complejas.
Determiná luego el prefijo y/o sufijo empleado/s en las siguientes palabras tomadas de Los tres estudiantes.

• Desdichado:
• Desconocidos:
• Hombrecito:
• Misterioso:
• Inesperado:

Trabajos de escritura

A. Gilchrist afirma haber escrito una carta dirigida al profesor Soames en la que le informaba lo sucedido durante el día previo al examen. De esa carta solo se conoce el fragmento en el que le anuncia que partirá a desempeñarse como policía en la ciudad de Rhodesia.

• Imaginá qué otras informaciones brindará el estudiante para esclarecer el caso y disculparse con su profesor.
• Pensá a qué sentimientos apelará para excusarse u obtener el perdón de Soames, qué dirá sobre sus compañeros de examen, etcétera.
• Con la información anterior, redactá en tu carpeta la posible carta escrita por Gilchrist. Cuidá la estructura de este tipo textual y prestá atención a la puntuación y ortografía.

B. A partir de la lectura se conoce el final del personaje de Gilchrist, pero nada se dice acerca de la suerte corrida por el señor Bannister. Respondé oralmente las siguientes preguntas:

• ¿Qué determinó el profesor Soames respecto del puesto que ocupaba Bannister?
• ¿Cómo continuó la relación entre ambos personajes luego del delito cometido por Bannister?
• ¿De qué modo Bannister y Gilchrist siguieron en contacto luego de que el joven partiera a Rhodesia?

C. Con las respuestas anteriores, elaborá en tu carpeta un capítulo más para la historia. Ponele un título.
D. Entre todos, lean sus producciones en clase y conversen sobre aquellos elementos en los que coincidieron.

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