Verde esmeralda

Verde esmeralda

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

Verde esmeralda
Rogelio Flores

La puerta al final del pasillo era de roble. Tenía una ventana traslucida, y al interior, una pequeña persiana que era cerrada en su totalidad cuando el propietario del despacho debía ausentarse, lo que por cierto, era el pan de cada día. Su trabajo así lo demandaba. A veces transcurrían jornadas enteras en las que no se encontraba a nadie que atendiera el negocio, por lo menos, no en horas laborales.
El lugar era habitado más bien en la noche. Su dueño, David Manzini, italoamericano de Brooklyn recién avecindado en Los Ángeles, había intentado tener una secretaria para que contestara las llamadas o para que recibiera a los posibles interesados en sus servicios. Sin embargo, todas las jóvenes que contrató para ello, renunciaron antes de cumplir siquiera una semana en el encargo. Resignado, abandonó la idea de tener una asistente y buscó los servicios de tres cerrajeros, ninguno que laborara cerca del edificio. Cada uno instaló una cerradura distinta. Contrató también a un rotulista para que escribiera su nombre y oficio sobre el vidrio de la puerta: detective privado.
David Manzini se sentía muy orgulloso de la imagen, creía que si la fachada de su negocio ofrecía una impresión de seriedad, los clientes experimentarían confianza al plantarse frente a ella, en esos segundos de duda y vergüenza, antes de tocar para exponerle las preocupaciones que los llevaban ahí. Y es que a Manzini le constaba que muchas personas se arrepentían en el último momento de buscarlo como investigador privado, algunos, cuando él salía a recibirlos, ya habían desaparecido o caminaban presurosos a las escaleras. “Supongo que es porque a nadie le gusta develar sus secretos”, decía siempre, en particular cuando pensaba en Esperanza Jones, la rubia. No escatimó en gastos, por ese motivo. Una buena puerta, era una buena primera impresión. Con todo, si la noche del 26 de mayo de 1962 un cliente potencial hubiera llegado a buscarlo, su impresión sólo hubiera sido de vulnerabilidad y se habría marchado, quizá nervioso.
Tras una jornada en un caso que involucraba a actores televisivos de poca monta, David Manzini se encontró esa noche con su despacho abierto. No con la puerta de par en par, aunque sí emparejada, lo cual le resultaba más inquietante. Conteniéndose, se serenó, acercó el oído a la superficie de vidrio con su nombre escrito y contuvo la respiración para concentrarse en escuchar cualquier sonido ajeno a la rutina del lugar, algo que pudiera develar la presencia de un intruso. Sólo pudo percibir el lejano canto de los grillos que vivían en la palma que adornaba la oficina y que constituían, con el silencio, una alarma natural. Les habría guiñado el ojo a manera de complicidad, pero antes tenía que cruzar la puerta.
Menos agitado, introdujo la mano a la sobaquera y tomó el revólver, al tiempo que amartillaba el percutor, tratando de hacer el menor ruido. Empujó la puerta con la suavidad de un amante viejo. “Quien violó las tres cerraduras, se esmeró en ser indiscreto”, pensó. Aquello podía ser una señal, el responsable bien podría haber usado una ganzúa o disimular su irrupción al marcharse. David Manzini consideró que ese modus operandi era la firma de ese intruso, parte de un mensaje que le advertía hasta dónde podía llegar. Especuló sobre las razones de aquella invasión y de nuevo pensó en su caso más delicado: el de Esperanza Jones y los bastardos que querían verla muerta.
Al cruzar el umbral, su presencia alertó a los grillos de la palma, quienes hasta ese momento, guardaron silencio. Manzini pudo guiñarle el ojo a la planta y aunque confiaba en que ya no había nadie más por ahí, quiso asegurarse de ello, recorriendo el lugar, sin encender la luz y sin devolver el arma a su funda.
A cada paso, tenía que dirigir la vista al piso, para sortear los objetos tirados en él. El responsable de la invasión, había dejado todo en desorden. De nuevo consideró que le enviaba un burdo mensaje, al que acusó de recibido sin mayor preocupación. No era la primera vez que se sabía amenazado, ni sería la última, y él, si se lo proponía, también podía inspirar temor. Era italoamericano de Brooklyn, barrio de mafiosos y camorristas, y lo habían expulsado de la policía neoyorkina por indisciplina y brutalidad policíaca. Eso debía significar algo para quien se granjeara su enemistad.
Los archiveros estaban abiertos, sus expedientes, ultrajados. Folders revueltos, hojas tiradas y fotografías antes resguardadas en sobres, adornaban el piso como si fueran parte de un tapete oriental. Sobre el escritorio, descansaban los cajones boca abajo, incluso aquellos que cerraba con llave. Los objetos esparcidos en su superficie, también de roble, parecían las pantaletas y los jirones de ropa de la víctima de un delito sexual recién cometido. La caja fuerte también estaba abierta. La revisó superficialmente.
Al parecer no faltaba nada de importancia, el intruso no había encontrado aquello que tan afanosamente buscó. Sin embargo aún faltaba un lugar por revisar, y Manzini sintió una gota de sudor a una temperatura bajo cero recorriéndole el rostro, preocupado por el secreto de Esperanza, el mismo que había jurado defender a costa de su propia vida.
Caminó al extremo de la oficina y devolvió el revólver a la sobaquera, mientras se agachaba para recoger del piso una botella rectangular, que abrió con calma. El sudor volvió a su temperatura correcta cuando la ginebra se deslizó por su garganta de sabueso. Acto seguido, tanteó el piso. Con ambas manos retiró unos maderos, abriendo el compartimiento oculto bajo las duelas. Los grillos, familiarizados con su presencia, reanudaron su canto y David Manzini, sólo entonces, suspiró con alivio. El intruso no había encontrado su peluca rubia, los tacones de aguja, ni el vestido verde esmeralda.

Actividades

1. ¿Cuál era el oficio de David Manzini? ¿Por qué motivos su negocio generalmente estaba cerrado en las horas laborales?
2. ¿Estás de acuerdo en que a nadie le gusta develar sus secretos? ¿Por qué crees que es así?
3. Según tu opinión, ¿cuál es el secreto que Manzini no quiere develar y cómo se relaciona Esperanza Jones con él? Explica cómo es que te diste cuenta.
4. ¿Qué precauciones había tomado Manzini para proteger su secreto?
5. David Manzini se sentía muy orgulloso de su imagen, creía que si la fachada de su negocio ofrecía una impresión de seriedad, los clientes confiarían en él.

a) ¿De qué manera perjudicaría su imagen si su secreto saliese a la luz?
b) ¿Crees que esto se aplica a nuestra sociedad? ¿Qué ejemplos puedes mencionar?
c) Si fueses un posible cliente, ¿cómo reaccionarías si supieras la verdad?

6. ¿Cuál cree que es el tema del relato? Fundamenta.
7. Según lo que vimos, ¿qué tipo de cuento es? Explica.
8. ¿Qué enseñanza se puede sacar de esta historia?

Enviar Comentario