El cuento fantástico de terror
Punto de partida
- ¿Quiénes son Edgar A. Poe y Stephen King? ¿Leíste algún texto de ellos? Cuéntalo a tus compañeros.
- ¿Por qué se produce el efecto cómico en la tira de Nik?
- Explica qué características tienen los cuentos fantásticos de terror. ¿Cómo logra el autor provocar miedo?
- ¿Consideras que esos textos se basan en hechos reales? Justifica tu respuesta.
El cuento fantástico
Hay historias que ponen en contacto a quien las lee o escucha con seres o fenómenos sobrenaturales o fantásticos. Estos relatos crean una atmósfera extraña que el lector no logra explicar.
Lee el siguiente cuento:
Sobre el agua
Guy de Maupassant
El verano pasado había alquilado una casita de campo a orillas del Sena1, a varias leguas de París, e iba a dormir allí todas las noches. Después de unos días conocí a uno de mis vecinos, un hombre de unos treinta a cuarenta años, que desde luego era el tipo más raro que había visto nunca. Era un viejo barquero, pero un barquero fanático, siempre cerca del agua, siempre sobre el agua, siempre en el agua. Debía de haber nacido en un bote, y seguramente muera en la botadura final.
Una noche, mientras paseábamos a orillas del Sena, le pedí que me contara algunas anécdotas de su vida náutica. Entonces el buen hombre se animó, se transfiguró, se volvió locuaz, casi poeta. Tenía en el corazón una gran pasión, una pasión devoradora, irresistible: el río.
-¡Ay! -me dijo-, ¡cuántos recuerdos tengo en este río que ve fluir ahí cerca de nosotros! Vosotros, los habitantes de las calles, no sabéis lo que es un río. Pero escuche cómo un pescador pronuncia esa palabra. Para él es la cosa misteriosa, profunda, desconocida, el país de los espejismos2 y de las fantasmagorías3, donde de noche se ven cosas que no son, donde se oyen ruidos que no se conocen, donde se tiembla sin saber por qué, como al cruzar un cementerio: y en efecto es el cementerio más siniestro, aquél donde no se tiene tumba.
Para el pescador la tierra tiene límites, pero en la oscuridad, cuando no hay luna, el río es ilimitado. Un marinero no experimenta lo mismo por el mar. Éste es a menudo duro y malo, es verdad, pero grita, aúlla: el mar abierto es leal; mientras que el río es silencioso y pérfido. No ruge, corre siempre sin ruido, y el eterno movimiento del agua que fluye es más espantoso para mí que las altas olas del Océano. Ciertos soñadores pretenden que el mar esconde en su seno inmensos países azulados, donde los ahogados ruedan entre los grandes peces, en mitad de extraños bosques y en cuevas de cristal. El río sólo tiene profundidades negras en cuyo limo nos pudrimos. Sin embargo, es bello cuando brilla al sol que se levanta y cuando chapotea suavemente entre sus orillas llenas de cañas que murmuran.
Un poeta, hablando del Océano, dijo:
«¡Oh, mares, cuántas lúgubres historias conocéis!
Mares profundos, temidos por las madres arrodilladas. Historias que os contáis cuando suben las mareas.
Y es lo que os da las voces desesperadas. Que tenéis, a la noche, cuando venís hacia nosotros».
Pues bien, creo que las historias cuchicheadas por las finas cañas, con sus vocecitas tan dulces, deben de ser aún más siniestras que los dramas tétricos contados por los aullidos de las olas. Pero ya que me pregunta por algunos de mis recuerdos, le voy a contar una aventura singular que me ocurrió aquí, hace unos diez años.
Vivía, como hoy, en la casa de la madre Lafon, y uno de mis mejores amigos, Louis Bernet, que ahora ha renunciado al canotaje, a sus pompas y a su desaliño para entrar en el Consejo de Estado, estaba instalado en el pueblo de C…, dos leguas más abajo. Cenábamos todos los días juntos, unas veces en su casa, otras en la mía. Una noche, cuando volvía solo y bastante cansado, arrastrando penosamente mi gran barco, un océano de doce pies4 que utilizaba siempre de noche, me paré unos segundos para recobrar aliento cerca de la punta de las cañas, allí, unos doscientos metros antes del puente del ferrocarril. Hacía un tiempo magnífico; la luna resplandecía, el río brillaba, la noche era suave, sin viento. Aquella tranquilidad me tentó; pensé que sería muy agradable fumar una pipa en aquel lugar. La acción siguió al pensamiento; cogí el ancla y la tiré al río. El bote, que volvía a bajar con la corriente, corrió su cadena hasta el final, y se paró; me senté atrás en mi piel de borrego, tan cómodamente como me fue posible. No se oía nada, absolutamente nada: tan sólo a veces me parecía percibir un pequeño chapoteo casi insensible del agua contra la orilla, y veía unos grupos de cañas más altas que tomaban aspectos sorprendentes y parecían agitarse por momentos.
El río estaba completamente tranquilo; aun así me sentí emocionado por el silencio extraordinario que me envolvía. Todos los animales, ranas y sapos, esos cantantes nocturnos de las ciénagas, se callaban. De pronto, a mi derecha, muy cerca de mí, una rana croó. Me estremecí. Se calló. Ya no oí nada más y decidí fumar un poco para distraerme. Sin embargo, aunque era un fumador de pipa experimentado, no pude fumar; en cuanto tomé la segunda bocanada, me mareé y lo dejé. Me puse a canturrear; el sonido de mi voz me resultaba lamentable; entonces me tumbé en el fondo del barco y miré el cielo. Durante unos instantes permanecí tranquilo, pero pronto los ligeros movimientos de la barca me preocuparon. Me pareció que daba bandazos gigantescos, tocando sucesivamente una y otra orilla del río; luego creí que un ser o una fuerza invisible la atraía suavemente al fondo del agua, levantándola después y dejándola caer de nuevo. Me estaba tambaleando como en mitad de una tormenta; oí ruidos a mí alrededor; me puse en pie de un salto: el agua brillaba; todo estaba tranquilo.
Entendí que tenía los nervios un poco alterados y decidí irme. Empecé a tirar de la cadena; el bote se puso en movimiento, pero noté una resistencia. Tiré más fuerte, el ancla no vino; había enganchado algo en el fondo del agua y no podía subirla; volví a tirar, pero en vano. Entonces, con mis remos, hice dar la vuelta a mi barco y lo llevé río arriba para cambiar la posición del ancla. Fue inútil, seguía enganchada; me puse furioso y sacudí la cadena con rabia. Nada se movió. Me sentí desanimado y me puse a reflexionar sobre mi situación. No podía pensar en romper la cadena ni en separarla de la embarcación, ya que era enorme y estaba clavada en la proa5 en un trozo de madera más gordo que mi brazo; pero como el tiempo seguía estando tan bueno, pensé que, sin duda, no tardaría en encontrar a algún pescador que me prestaría socorro. Mi desventura me había tranquilizado; me senté y pude por fin fumarme la pipa. Tenía una botella de ron, de la que tomé dos o tres vasos, y me reí de mi situación. Hacía mucho calor, por lo que en último caso podría pasar sin demasiados problemas la noche al sereno.
De repente sonó un pequeño golpe contra la borda6. Me sobresalté, y un sudor frío me heló de pies a cabeza. Aquel ruido venia sin duda de algún trozo de madera arrastrado por la corriente, pero había bastado para que me sintiera invadido de nuevo por una extraña agitación nerviosa. Agarré la cadena y tiré con todo mi cuerpo en un esfuerzo desesperado. El ancla resistió. Me volví a sentar, agotado. Entretanto, el río se había ido cubriendo poco a poco con una niebla blanca muy espesa que reptaba a muy baja altura sobre el agua, de modo que al ponerme de pie, ya no veía ni el río, ni mis pies, ni mi barco, sino que sólo veía las puntas de las cañas y, más lejos, la llanura palidísima que formaba la luz de la luna reflejada, con grandes manchas negras que ascendían en el cielo, formadas por grupos de álamos de Italia. Estaba como sepultado hasta la cintura en una sábana de algodón de una singular blancura, y me venían a la mente imágenes fantásticas. Me figuraba que intentaban subir a mi barca, que ya no podía distinguir, y que el río, escondido por aquella niebla opaca, debía de estar lleno de seres extraños que nadaban a mi alrededor. Sentía un malestar horrible, tenía las sienes oprimidas y mi corazón latía hasta casi ahogarme. Perdí la cabeza y pensé en escaparme nadando, pero en seguida aquella idea me hizo estremecer de espanto. Me vi, perdido, yendo a la aventura en aquella bruma espesa, forcejeando en medio de las hierbas y de las cañas que no podría evitar, boqueando de miedo, sin ver la orilla, sin encontrar mi barco, y me imaginaba que me arrastrarían por los pies hasta el mismo fondo de esa agua negra. Efectivamente, como habría tenido que remontar al menos quinientos metros la corriente antes de encontrar un lugar libre de hierba y de juncos donde poder hacer pie, tenía un noventa por ciento de posibilidades de no poder orientarme en aquella niebla y de ahogarme, por muy buen nadador que fuera.
Intentaba razonar sentía que tenía la muy firme voluntad de no tener miedo, pero había en mí otra cosa además de la voluntad, y esa otra cosa era miedo. Me pregunté qué podía temer; mi yo valiente se burló de mi yo cobarde y no reparé nunca tan bien como aquel día en la oposición de los dos seres que están en nosotros, el uno queriendo, el otro resistiendo, y cada cual ganando a ratos.
Aquel pavor tonto e inexplicable seguía creciendo y se iba convirtiendo en terror.
Permanecí inmóvil, con los ojos abiertos, el oído al acecho y esperando. ¿Qué? No tenía ni idea, pero debía de ser terrible. Creo que habría bastado con que a un pez se le hubiera ocurrido saltar fuera del agua, como ocurre a menudo, para hacerme caer redondo, sin conocimiento. Sin embargo, gracias a un esfuerzo violento, acabé por recobrar poco a poco la razón que se me escapaba. Tomé de nuevo mi botella de ron y bebí a grandes tragos. Entonces se me ocurrió una idea y me puse a gritar con todas mis fuerzas, volviéndome sucesivamente hacia los cuatro puntos del horizonte. Cuando mi garganta estuvo totalmente paralizada, me paré a escuchar: un perro aullaba, muy lejos. Volví a beber y me tumbé cuan largo soy en el fondo de mi barco. Permanecí así quizá una hora, quizás dos, sin dormir, con los ojos abiertos, con pesadillas a mi alrededor. No me atrevía a levantarme y sin embargo lo deseaba vivamente; minuto a minuto lo retrasaba. Me decía a mí mismo «¡Vamos, en pie!», y me daba miedo hacer un solo movimiento. Al final me levanté con infinitas precauciones como si mi vida dependiera del menor ruido que pudiera a hacer, y miré por encima de la cubierta.
Quedé deslumbrado por el espectáculo más maravilloso, más sorprendente que se pueda ver. Era una de esas visiones contadas por los viajeros que vuelven de muy lejos y a quienes escuchamos sin creerles. La niebla que dos horas antes flotaba sobre el agua se había retirado poco a poco y acurrucado en las orillas. Y, al dejar el río completamente libre, había formado sobre cada orilla una colina ininterrumpida, de una altura de seis o siete metros, que brillaba bajo la luna con el soberbio resplandor de la nieve. De este modo no se veía nada más que el río laminado de fuego entre aquellas dos montañas blancas ; y arriba, sobre mi cabeza, se extendía, llena y ancha, una gran luna alumbradora en medio de un cielo azulado y lechoso. Todos los animales del agua se habían despertado; las ranas croaban furiosamente, mientras que oía, unas veces a un lado, otras al otro, la nota corta, monótona y triste, que lanza a las estrellas la voz cobriza de los sapos. Sorprendentemente, ya no tenía miedo; estaba en medio de un paisaje tan extraordinario que las singularidades más fuertes no hubieran podido sorprenderme.
No sé cuánto tiempo duraría, ya que caí en una cierta somnolencia. Cuando volví a abrir los ojos, la luna se había puesto y el cielo estaba lleno de nubes. El agua chapoteaba lúgubremente, soplaba viento, hacía frío, la oscuridad era profunda. Bebí lo que me quedaba de ron y acuché tiritando el roce de las cañas y el ruido siniestro del río. Intentaba ver, pero no pude distinguir mi barco, ni mis propias manos, que acercaba a mis ojos.
Poco a poco, sin embargo, el espesor de la oscuridad amainó. De pronto creí notar que una sombra se deslizaba muy cerca de mí; di un grito, una voz contestó; era un pescador. Le llamé, se acercó y le conté mi desventura. Colocó entonces su barco al lado del mío, y ambos tiramos de la cadena del ancla. No se movió. Se estaba haciendo de día, un día sombrío, gris, lluvioso, glacial, uno de esos días que nos traen tristezas y desgracias. Vi otra barca, le dimos una voz. El hombre que la llevaba unió sus esfuerzos a los nuestros; entonces, poco a poco, el ancla cedió. Subía, pero despacio, despacio, y cargada con un peso considerable. Finalmente vimos una masa negra y la echamos en la cubierta de mi barca.
Era el cadáver de una anciana que llevaba al cuello una piedra de gran tamaño.
Glosario:
1. Sena: río de Francia que abarca en su mayor parte la cuenca de París.
2. Espejismo: ilusión óptica.
3. Fantasmagorías: ilusiones de la mente que no tienen fundamento.
4. Pies: medida de longitud equivalente a unos 30 cm.
5. Proa: parte delantera de la nave.
6. Borda: parte superior del lateral de un bote
Actividades
1) Numera los párrafos del cuento:
a) En los dos primeros párrafos del cuento, ¿cuántos personajes aparecen?
b) ¿Quién es el narrador de los dos primeros párrafos?
c) A partir del tercer párrafo hay un cambio de narrador, ¿quién es el que relata?
d) En la historia que relata el segundo narrador, marca: la situación inicial, la complicación, la resolución y la situación final.
2) ¿Qué diferencias existen entre el río y el mar para el barquero? ¿Cuál de los dos le provoca más respeto y “miedo”?
3) Menciona los acontecimientos que producen temor en el protagonista.
La literatura fantástica
El origen de lo fantástico puede remontarse hasta las primeras huellas culturales del hombre: los mitos y las leyendas de la Antigüedad. Pero fue en el siglo XVIII cuando aparecieron las manifestaciones literarias con una finalidad estética en torno a lo fantástico. Los personajes de las primeras historias fantásticas eran damas en apuros y jóvenes que las rescataban. Luego, los temas fueron variando y aparecieron aquellos relacionados con lo fantasmagórico y los espectros.
El relato fantástico se caracteriza porque sus personajes representan seres comunes y corrientes que, en el mundo cotidiano en el que viven, se encuentran con un suceso o ser extraño.
Ese suceso sobrenatural, generalmente, está narrado por el protagonista o por el personaje que pertenece al mundo natural. Esto permite que el lector se identifique con los acontecimientos que se narran y, de esta manera, se produce el efecto fantástico.
Lo fantástico se produce cuando en un mundo que el lector reconoce como propio se produce un fenómeno imposible de explicar por las leyes que rigen ese mundo.
Clasificación del relato fantástico
Tzvetan Todorov propuso una caracterización y clasificación tentativa de los relatos fantásticos en tres categorías.
1. Lo maravilloso: se produce cuando frente al hecho sobrenatural se aceptan nuevas leyes de la naturaleza que pueden explicarlo. Es lo que sucede, por ejemplo, en los cuentos de hadas y en los de gnomos.
2. Lo extraño: cuando el hecho sobrenatural es explicado a partir de las leyes racionales, naturales o científicas.
3. Lo fantástico: se produce al no poder explicar por causas naturales ni sobrenaturales el fenómeno extraño que se presenta. Es el protagonista quien duda con respecto al hecho que sucede, y transmite su vacilación al lector, que comienza a percibir ese fenómeno como inexplicable.
Actividades
1) Subraya datos del mundo real que aparecen en “Sobre el agua”.
2) Determina qué hecho extraño se narra en el texto.
3) Marca con una cruz la opción correcta:
– Las explicaciones que da el narrador a lo largo del relato sobre el hecho extraño son:
naturales – sobrenaturales – científicas
– Al final del cuento se da una explicación a lo sobrenatural que es:
natural – sobrenatural – científica
4) A partir de tu elección, explica a cuál de las tres categorías pertenece el cuento de Maupassant.
5) Relata a tus compañeros un cuento o una película que represente a cada una de las categorías restantes.
Los mecanismos del terror
El cuento de Maupassant, además de ser fantástico, es de terror.
Las historias de terror van introduciendo distintos elementos de forma gradual. Las cuotas de misterio o pánico se van distribuyendo a lo largo del relato de manera creciente para que, por un lado, anuncien un desenlace terrorífico, pero, por otro lado, el final sea contundente.
Frases como:
“Para él, es misteriosa, profunda, desconocida, la región de los espejismos y de las fantasmagorías, donde de noche se ven cosas que no existen, donde se escuchan ruidos absolutamente desconocidos, donde se tiembla, como al cruzar un cementerio, sin saber por qué: es, en efecto, el más siniestro de los cementerios, aquél que carece de tumbas”; van creando el clima de misterio necesario para llegar al desenlace.
Los miedos de las personas
El escritor Stephen King sostiene que en todas las personas existen espacios escondidos en el fondo del alma, donde se guardan todos los miedos recogidos a lo largo de la vida. La literatura de terror penetra en estos lugares para despertar esos temores, hacerlos crecer y volverlos intolerables.
Entonces, propone un juego para que cada persona pueda identificar sus miedos: “Los diez ositos del miedo”.
1. Miedo a la oscuridad.
2. Miedo a las cosas gelatinosas.
3. Miedo a las deformidades físicas.
4. Miedo a las serpientes.
5. Miedo a las ratas.
6. Miedo a los lugares cerrados.
7. Miedo a los insectos (especialmente arañas y cucarachas).
8. Miedo a la muerte.
9. Miedo a los otros.
10. Miedo por los otros.
El juego consiste en que cada persona elija aquellas cosas que le dan miedo y las reúna. Por ejemplo: si alguien elige los números 1 (Miedo a la oscuridad), 6 (Miedo a los lugares cerrados), y 8 (Miedo a la muerte); seguramente estará muy preocupado si se corta la luz justo cuando viaja en ascensor.
Actividades
1) Arma tu propia combinación de miedos, anótalos en un papelito sin firmar e introdúcelos en una caja o bolsa junto con los de tus compañeros. Luego cada uno saca un papel al azar y escribe cuál sería la situación que produciría mucho terror a la persona que tiene esos miedos. Finalmente, los leen en voz alta y eligen cuál es la situación más terrible.
2) Realiza una lista de los elementos que van creando el clima de terror en el cuento. Por ejemplo, el croar de la rana.
La estructura del cuento
En “Sobre el agua”, de Guy de Maupassant, hay dos grandes partes: la primera narra el encuentro del hombre que alquila una casa y el remero. La segunda parte, el centro narrativo, relata la experiencia terrorífica de este remero.
Esta estructura propia de muchos cuentos se denomina relato enmarcado: la historia principal es narrada por uno de los personajes introducidos en el comienzo del relato.
Voces narradoras
En este cuento pueden encontrarse dos narradores:
1. Narrador de la historia marco que inicia el relato: voz en 1ª persona del singular, identificada con el hombre que alquila la casa.
2. Narrador de la historia enmarcada o principal: voz en 1ª persona del singular, identificada con el remero.
Existen casos en que, después del relato enmarcado, se vuelve a la situación inicial en que se presentó al relator, pero en “Sobre el agua”, seguramente para que prevalezca la sensación de terror, se da fin al relato con la historia del remero y el encuentro del cadáver.
El punto de vista en la narración
Existen distintas maneras de contar un hecho: puede alterarse el orden de los sucesos o puede variar el punto de vista desde el cual estén relatados. El punto de vista es como la cámara en la televisión, que puede tomar un hecho o un personaje desde diferentes ángulos y, de esta manera, presenta una visión distinta de esa circunstancia.
El narrador es un elemento de la ficción, creado por el autor para relatar los hechos. El narrador cuenta los sucesos desde un determinado punto de vista.
Los narradores se clasifican según la persona y el punto de vista con el que narran.
Narrador en 1ª PERSONA: Personaje
Narrador en 3ª PERSONA: Testigo (sabe sólo lo que los personajes dicen y hacen)
Omnisciente (sabe lo que los personajes dicen, hacen, sienten y piensan).
Actividades
1) Señala en los siguientes ejemplos la persona gramatical y el punto de vista de quien narra.
a. Crucé la calle sin mirar. No vi el colectivo hasta que oí la frenada.
b. Lo vi de repente en medio de la calle, apareció de la nada. Por suerte pude frenar.
c. Cruzó la calle imprudentemente, con su cabeza llena de problemas, su corazón galopaba y su mente iba aún más rápido. El conductor del colectivo pensó que lo atropellaba, pero pudo frenar.
d. Cruzó la calle. El conductor del colectivo pudo frenar.
2) Indica el tipo de narrador de los ejemplos anteriores.
Contar historias de terror
El cine se ha ocupado muy a menudo del terror. Desde las antiguas películas que tenían como personajes a Nosferatu o al monstruo de Frankenstein, hasta las más contemporáneas de Freddy Kruegger, Drácula o Alien; la pantalla ha brindado al público una galería de seres terroríficos que han hecho las delicias y los escalofríos de varias generaciones. Pero no todas las películas de terror se basan sobre personajes monstruosos. Algunas provocan el espanto sugiriendo más de lo que muestran.
Contar anécdotas
Cuando alguien cuenta algo que le sucedió o que le parece interesante, está ejercitando el arte de contar anécdotas.
Estos son algunos consejos útiles para tener en cuenta cada vez que quieran relatar algo y captar el interés del auditorio:
- La anécdota tiene que ser insólita o significativa para quien la escucha.
- Hay que contar los hechos con claridad.
- El relato no debe ser tan largo como para cansar al oyente.
- Hay que evitar el irse por las ramas con detalles que no vienen al caso.
- En lo posible, hay que crear suspenso y cambiar los tonos de voz según la situación.
Actividades
1) Observa las fotos y determina si tienen alguna característica en común.
2) Reunidos en grupo, hagan una lista de películas que les hayan dado miedo y expliquen por qué.
3) Relacionen el tema de esas películas con algún otro cuento, película, serie de televisión o relato y expliquen las semejanzas que encuentran.
4) Reúnanse en pequeños grupos, siguiendo las pautas del relato de anécdotas, cuenten una historia propia o ajena en la que alguien haya sentido mucho miedo.
5) Formalicen su trabajo en una hoja para entregarle al docente.
6) Luego elijan, dentro de cada grupo, la anécdota que los haya impresionado más, y un representante para que la narre frente al curso. Finalmente, entre todos, voten la historia más terrorífica.
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