Lee atentamente el siguiente relato:

 

El refranero
Conrado Nalé Roxlo

Necesidades manducatorias nos sentaron a la misma mesa del coche comedor. Él era español y nosotros tres lo que se irá viendo con el andar del diálogo y del tren.
Con motivo de un cuchillo mal afilado, soltó el primero:
―El amigo que no da y el cuchillo que no corta, que se pierdan poco importa.
Asentimiento general seguido de distracción del mismo grado para observar a una dama con tocas de viuda y más entrada en carnes que en años que con gran desenvoltura de lengua y ademanes buscaba sitio. Y entonces fue cuando nuestro compañero de mesa soltó el segundo:
―La viuda, como la mula, gorda y andariega.
Nos hizo gracia y lo celebramos. Pero como en esos momentos nos sirvieran el pollo ―ese clásico pollo de los ferrocarriles que por su dureza parece alimentado con durmientes de quebracho y balasto― y alguien se quejara, nuestro español dijo filosóficamente:
―Vale más pájaro en mano… ―y con la diestra empuñó una pata del ave ferroviaria.
―¡Cuántos refranes sabe usted! ―me admiré.
―Los refranes son la sabiduría de los pueblos ―me respondió sin dejar de refranear.
Raúl, que estaba a su derecha, me hizo la seña del as de bastos; yo toqué con el codo a Ernesto y, sin más, la cosa quedó resuelta: lo batiríamos en su propio campo.
Como trajeran una compota de orejones, Raúl inició las hostilidades:
―Fruta en compota, no está buena si no flota.
―Come orejones y felicita a tus riñones ―apoyó Ernesto.
El español hizo un gesto de sorpresa tan espontáneo que se volcó el postre.
―Quien a buena mesa se arrima, buen almíbar le cae encima ―solté yo, que nunca he tenido mucha imaginación.
Hubo un momento de expectativa, y el español, mientras se limpiaba, dijo, un sí es no es con la mostaza en las narices:
―Curiosos refranes saben ustedes. Yo me he dedicado a estudiar la materia y jamás en mis días tuve noticias de ellos.
―¿Se lo confesamos? ―preguntó Raúl, esta vez con la seña del siete bravo. Dijimos que sí sin saber de qué se trataba, y él le explicó:
―Son refranes criollos que por un acuerdo tácito jamás se dicen ante españoles. Es una defensa del espíritu nacional temeroso de que el imperialismo idiomático de la Academia Española se apodere de ellos y nos los devuelva corregidos y sancionados por su autoridad. Queremos conservarlos como humildes flores silvestres… A refrán foráneo, opone el criollo frutos de su cráneo, y mejor flaco en mi poncho, que en tu levita rechoncho, y yo como choclo y usted miel con bizcocho, y si en cama espicho me voy a mi propio nicho. Y, como dijo Palleja, cada cual rasque su oreja.
―¿Quién era Palleja? ―inquirió el español entre interesado y desconfiado.
―Palleja, Palleja, cuando le preguntan quién es, se aleja. Por eso nunca se lo pudo identificar.
Nuestro compañero de mesa, congestionado por el vino y los refranes se puso a forcejear para abrir la ventanilla. Le ayudamos con unos proverbios.
―Las ventanillas del tren, no se abren en un amén.
―A ventanillas viejas, al ñudo libros de quejas.
Por fin consiguió abrirla en momentos en que el tren arrancaba de una estación, previa la pitada reglamentaria.
―Tren que no pita no mueve la ruedita ―apuntó Raúl y, como en eso llegara el inspector pidiendo los boletos, agregó―: No subas a los vagones sin boleto en condiciones.
―Tan sólo la gente estulta, se expone a pagar la multa ―dijo Ernesto.
―Si te piden el boleto una y otra y otra vez tú diles siempre “yes, yes”, sin asco, como hizo el vasco.
―¡Alto ahí! ―gritó el español creyendo haber pescado a Raúl en un renuncio, que era el autor del disparate―. Si era vasco, debió decir sí, sí.
―Es que era un vasco del tiempo en que los ferrocarriles eran ingleses.
―Sin ofender al patriotismo de ustedes ―dijo nuestro compañero de mesa― debo confesar que ese refrán no vale un porro verde y, además, hay que ponerlo en buen castellano.
―¡Ya apareció el imperialismo idiomático! ¡No decía yo! ―gritó Ernesto.
―¿Y prefiere usted el imperialismo idiomático vascuence o inglés? ¡Quite usted allá!
―Ni un pantalón hace un ambo, ni un vasco suelto es un tambo ―defendí.
―Sea ―aceptó el español vencido por la fuerza del refrán―, pero, ¿y el “yes, yes”? Tener esa palabra en el refranero es como permitir que el obelisco se incline ante la columna de Nelson.
Como algo había que concederle para mantener las buenas relaciones, le entregamos el refrán para que lo expurgara y seguimos tan amigos y refraneros como Sancho Panza. Poco después nos anunció que iba a preparar sus valijas, pues se acercaba a su destino, y hombre prevenido vale por dos, y a quien madruga, Dios lo ayuda.
―Es bueno hacer el baúl con tiempo como Raúl.
―¿Qué Raúl? ―inquirió ya en pie.
―Yo mismo ―fue la estúpida respuesta de Raúl. El español nos hizo una reverencia por no hacernos cosa peor y, cuando se disponía a trasponer la puerta, Ernesto le gritó:
―Para no causar enojo en el tren cierre la puerta, igual que cerraba el ojo su abuelita la tuerta.
La cerró con cierta violencia.

 

Actividades

1. ¿Por qué motivo los protagonistas deciden burlarse del español? ¿Crees que estuvieron bien?
2. ¿Cómo reacciona el español cuando se da cuenta de que le están tomando el pelo? ¿Qué hubieras hecho vos en su lugar?
3. ¿Estás de acuerdo con que “Los refranes son la sabiduría de los pueblos”? ¿Qué refranes propios de tu tierra conoces?
4. Según tu opinión, ¿cuál es el tema del relato? Explica.

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