Nido de avispas – El Policial Clásico

Lee atentamente el siguiente relato:

 

Nido de avispas
Agatha Christie

John Harrison salió de la casa y se quedó un momento en la terraza de cara al jardín. Era un hombre alto de rostro delgado y cadavérico. No obstante, su aspecto lúgubre se suavizaba al sonreír, mostrando entonces algo muy atractivo.
Harrison amaba su jardín, cuya visión era inmejorable en aquel atardecer de agosto, soleado y lánguido. Las rosas lucían toda su belleza y los guisantes dulces perfumaban el aire.
Un familiar chirrido hizo que Harrison volviese la cabeza a un lado. El asombro se reflejó en su semblante, pues la acicalada figura que avanzaba por el sendero era la que menos esperaba.
-¡Qué alegría! -exclamó Harrison-. ¡Si es monsieur Poirot!
En efecto, allí estaba Hércules Poirot, el sagaz detective.
-¡Yo en persona! En cierta ocasión me dijo: «Si alguna vez se pierde en aquella parte del mundo, venga a verme.» Acepté su invitación, ¿lo recuerda?
-¡Me siento encantado! -aseguró Harrison sinceramente-. Siéntese y beba algo.
Su mano hospitalaria le señaló una mesa en el pórtico, donde había diversas botellas.
-Gracias -repuso Poirot, dejándose caer en un sillón de mimbre-. ¿Por casualidad no tiene jarabe? No, ya veo que no. Bien, sírvame un poco de soda, por favor, whisky no –su voz se hizo plañidera mientras le servían. ¡Cáspita, mis bigotes están lacios! Debe de ser el calor.
-¿Qué le trae a este tranquilo lugar? -preguntó Harrison mientras se acomodaba en otro sillón-. ¿Es un viaje de placer?
-No, mon ami; negocios.
-¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
Poirot asintió gravemente.
-Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.
Harrison se rió.
-Imagino que fui algo simple. ¿Qué clase de delito investiga usted por aquí? Bueno, si puedo preguntar.
-Claro que sí. No sólo me gusta, sino que también le agradezco sus preguntas.
Los ojos de Harrison reflejaban curiosidad. La actitud de su visitante denotaba que le traía allí un asunto inusitado y de vital importancia.
-¿Dice que se trata de un delito? ¿Un delito grave?
-Uno de los más graves delitos.
-¿Acaso un …?
-Asesinato -completó Poirot.
Tanto énfasis puso en la palabra que Harrison se sintió sobrecogido. Y por si esto fuera poco las pupilas del detective permanecían tan fijamente clavadas en él, que el aturdimiento lo invadió. Al fin pudo articular:
-No sabía que había ocurrido un asesinato por aquí.
-No -dijo Poirot-. No es posible que lo sepa.
-¿Quién es?
-De momento, nadie.
-¿Qué?
-Ya le he dicho que no es posible que lo sepa. Investigo un crimen aún no ejecutado.
-Veamos, eso suena a tontería.
-En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.
Harrison lo miró incrédulo.
-¿Habla usted en serio, monsieur Poirot?
-Sí, hablo en serio.
-¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
Hércules Poirot, sin hacer caso de la observación, dijo:
-A menos que usted y yo podamos evitarlo. Sí, mon ami.
-¿Usted y yo?
-Usted y yo. Necesitaré su cooperación.
-¿Esa es la razón de su visita?
Los ojos de Poirot le transmitieron inquietud.
-Vine, monsieur Harrison, porque … me agrada usted -y con voz más despreocupada añadió-: Veo que hay un nido de avispas en su jardín. ¿Por qué no lo destruye?
El cambio de tema hizo que Harrison frunciera el ceño. Siguió la mirada de Poirot y dijo:
-Pensaba hacerlo. Mejor dicho, lo hará el joven Langton. ¿Recuerda a Claude Langton? Asistió a la cena en que nos conocimos usted y yo. Viene esta noche expresamente a destruir el nido.
-¡Ah! -exclamó Poirot-. ¿Y cómo piensa hacerlo?
-Con petróleo rociado con un inyector de jardín. Traerá el suyo que es más adecuado que el mío.
-Hay otro sistema, ¿no? -preguntó Poirot-. Por ejemplo, cianuro de potasio.
Harrison alzó la vista sorprendido.
-¡Es peligroso! Se corre el riesgo de su fijación en las plantas.
Poirot asintió.
-Sí; es un veneno mortal -guardó silencio un minuto y repitió-: Un veneno mortal.
-Útil para desembarazarse de la suegra, ¿verdad? -se rió Harrison. Hércules Poirot permaneció serio.
-¿Está completamente seguro, monsieur Harrison, de que Langton destruirá el avispero con petróleo?
-¡Segurísimo. ¿Por qué?
-¡Simple curiosidad. Estuve en la farmacia de Bachester esta tarde, y mi compra exigió que firmase en el libro de venenos. La última venta era cianuro de potasio, adquirido por Claude Langton.
Harrison enarcó las cejas.
-¡Qué raro! Langton se opuso el otro día a que empleásemos esa sustancia. Según su parecer, no debería venderse para este fin.
Poirot miró por encima de las rosas. Su voz fue muy queda al preguntar:
-¿Le gusta Langton?
La pregunta cogió por sorpresa a Harrison, que acusó su efecto.
-¡Qué quiere que le diga! Pues sí, me gusta ¿Por qué no ha de gustarme?
-Mera divagación -repuso Poirot-. ¿Y usted es de su gusto?
Ante el silencio de su anfitrión, repitió la pregunta.
-¿Puede decirme si usted es de su gusto?
-¿Qué se propone, monsieur Poirot? No termino de comprender su pensamiento.
-Le seré franco. Tiene usted relaciones y piensa casarse, monsieur Harrison. Conozco a la señorita Moly Deane. Es una joven encantadora y muy bonita. Antes estuvo prometida a Claude Langton, a quien dejó por usted.
Harrison asintió con la cabeza.
-Yo no pregunto cuáles fueron las razones; quizás estén justificadas, pero ¿no le parece justificada también cualquier duda en cuanto a que Langton haya olvidado o perdonado?
-Se equivoca, monsieur Poirot. Le aseguro que está equivocado. Langton es un deportista y ha reaccionado como un caballero. Ha sido sorprendentemente honrado conmigo, y, no con mucho, no ha dejado de mostrarme aprecio.
-¿Y no le parece eso poco normal? Utiliza usted la palabra «sorprendente» y, sin embargo, no demuestra hallarse sorprendido.
-No lo comprendo, monsieur Poirot.
La voz del detective acusó un nuevo matiz al responder:
-Quiero decir que un hombre puede ocultar su odio hasta que llegue el momento adecuado.
-¿Odio? -Harrison sacudió la cabeza y se rió.
-Los ingleses son muy estúpidos -dijo Poirot-. Se consideran capaces de engañar a cualquiera y que nadie es capaz de engañarlos a ellos. El deportista, el caballero, es un Quijote del que nadie piensa mal. Pero, a veces, ese mismo deportista, cuyo valor le lleva al sacrificio, piensa lo mismo de sus semejantes y se equivoca.
-Me está usted advirtiendo en contra de Claude Langton -exclamó Harrison-. Ahora comprendo esa intención suya que me tenía intrigado.
Poirot asintió, y Harrison, bruscamente, se puso en pie.
-¿Está usted loco, monsieur Poirot? ¡Esto es Inglaterra! Aquí nadie reacciona así. Los pretendientes rechazados no apuñalan por la espalda o envenenan. ¡Se equivoca en cuanto a Langton! Ese muchacho no haría daño a una mosca.
-La vida de una mosca no es asunto mío -repuso Poirot plácidamente-. No obstante, usted dice que monsieur Langton no es capaz de matarlas, cuando en este momento debe prepararse para exterminar a miles de avispas.
Harrison no replicó, y el detective, puesto en pie a su vez, colocó una mano sobre el hombro de su amigo, y lo zarandeó como si quisiera despertarlo de un mal sueño.
-¡Espabílese, amigo, espabílese! Mire aquel hueco en el tronco del árbol. Las avispas regresan confiadas a su nido después de haber volado todo el día en busca de su alimento. Dentro de una hora habrán sido destruidas, y ellas lo ignoran, porque nadie les advierte. De hecho, carecen de un Hércules Poirot. Monsieur Harrison, le repito que vine en plan de negocios. El crimen es mi negocio, y me incumbe antes de cometerse y después. ¿A qué hora vendrá monsieur Langton a eliminar el nido de avispas?
-Langton jamás…
-¿A qué hora? -lo atajó.
-A las nueve. Pero le repito que está equivocado. Langton jamás…
-¡Estos ingleses! -volvió a interrumpirlo Poirot.
Recogió su sombrero y su bastón y se encaminó al sendero, deteniéndose para decir por encima del hombro.
-No me quedo para no discutir con usted; sólo me enfurecería. Pero entérese bien: regresaré a las nueve.
Harrison abrió la boca y Poirot gritó antes de que dijese una sola palabra:
-Sé lo que va a decirme: «Langton jamás…», etcétera. ¡Me aburre su «Langton jamás»! No lo olvide, regresaré a las nueve. Estoy seguro de que me divertirá ver cómo destruye el nido de avispas. ¡Otro de los deportes ingleses!
No esperó la reacción de Harrison y se fue presuroso por el sendero hasta la verja. Ya en el exterior, caminó pausadamente, y su rostro se volvió grave y preocupado. Sacó el reloj del bolsillo y los consultó. Las manecillas marcaban las ocho y diez.
-Unos tres cuartos de hora -murmuró-. Quizá hubiera sido mejor aguardar en la casa.
Sus pasos se hicieron más lentos, como si una fuerza irresistible lo invitase a regresar. Era un extraño presentimiento, que, decidido, se sacudió antes de seguir hacia el pueblo. No obstante, la preocupación se reflejaba en su rostro y una o dos veces movió la cabeza, signo inequívoco de la escasa satisfacción que le producía su acto.
Minutos antes de las nueve, se encontraba de nuevo frente a la verja del jardín. Era una noche clara y la brisa apenas movía las ramas de los árboles. La quietud imperante rezumaba un algo siniestro, parecido a la calma que antecede a la tempestad.
Repentinamente alarmado, Poirot apresuró el paso, como si un sexto sentido lo pusiese sobre aviso. De pronto, se abrió la puerta de la verja y Claude Langton, presuroso, salió a la carretera. Su sobresalto fue grande al ver a Poirot.
-¡Ah…! ¡Oh…! Buenas noches.
-Buenas noches, monsieur Langton. ¿Ha terminado usted?
El joven lo miró inquisitivo.
-Ignoro a qué se refiere -dijo.
-¿Ha destruido ya el nido de avispas?
-No.
-¡Oh! -exclamó Poirot como si sufriera un desencanto-. ¿No lo ha destruido? ¿Qué hizo usted, pues?
-He charlado con mi amigo Harrison. Tengo prisa, monsieur Poirot. Ignoraba que vendría a este solitario rincón del mundo.
-Me traen asuntos profesionales.
-Hallará a Harrison en la terraza. Lamento no detenerme.
Langton se fue y Poirot lo siguió con la mirada. Era un joven nervioso, de labios finos y bien parecido.
-Dice que encontraré a Harrison en la terraza -murmuró Poirot-. ¡Veamos!
Penetró en el jardín y siguió por el sendero. Harrison se hallaba sentado en una silla junto a la mesa. Permanecía inmóvil, y no volvió la cabeza al oír a Poirot.
-¡Ah, mon ami! -exclamó éste-. ¿Cómo se encuentra?
Después de una larga pausa, Harrison, con voz extrañamente fría, inquirió:
-¿Qué ha dicho?
-Le he preguntado cómo se encuentra.
-Bien. Sí; estoy bien. ¿Por qué no?
-¿No siente ningún malestar? Eso es bueno.
-¿Malestar? ¿Por qué?
-Por el carbonato sódico.
Harrison alzó la cabeza.
-¿Carbonato sódico? ¿Qué significa eso?
Poirot se excusó.
-Siento mucho haber obrado sin su consentimiento, pero me vi obligado a ponerle un poco en uno de sus bolsillos.
-¿Que puso usted un poco en uno de mis bolsillos? ¿Por qué diablos hizo eso?
Poirot se expresó con esa cadencia impersonal de los conferenciantes que hablan a los niños.
-Una de las ventajas o desventajas del detective radica en su conocimiento de los bajos fondos de la sociedad. Allí se aprenden cosas muy interesantes y curiosas. Cierta vez me interesé por un simple carterista que no había cometido el hurto que se le imputaba, y logré demostrar su inocencia. El hombre, agradecido, me pagó enseñándome los viejos trucos de su profesión. Eso me permite ahora hurgar en el bolsillo de cualquiera con solo escoger el momento oportuno. Para ello basta poner una mano sobre su hombro y simular un estado de excitación. Así logré birlar el contenido de su bolsillo derecho y dejar a cambio un poco de carbonato sódico. Compréndalo. Si un hombre desea poner rápidamente un veneno en su propio vaso, sin ser visto, es natural que lo lleve en el bolsillo derecho de la americana.
Poirot se sacó de uno de sus bolsillos algunos cristales blancos y aterronados.
-Es muy peligroso -murmuró- llevarlos sueltos.
Curiosamente y sin precipitarse, extrajo de otro bolsillo un frasco de boca ancha. Deslizó en su interior los cristales, se acercó a la mesa y vertió agua en el frasco. Una vez tapado lo agitó hasta disolver los cristales. Harrison los miraba fascinado.
Poirot se encaminó al avispero, destapó el frasco y roció con la solución el nido. Retrocedió un par de pasos y se quedó allí a la expectativa. Algunas avispas se estremecieron un poco antes de quedarse quietas. Otras treparon por el tronco del árbol hasta caer muertas. Poirot sacudió la cabeza y regresó al pórtico.
-Una muerte muy rápida -dijo.
Harrison pareció encontrar su voz.
-¿Qué sabe usted?
-Como le dije, vi el nombre de Claude Langton en el registro. Pero no le conté lo que siguió inmediatamente después. Lo encontré al salir a la calle y me explicó que había comprado cianuro de potasio a petición de usted para destruir el nido de avispas. Eso me pareció algo raro, amigo mío, pues recuerdo que en aquella cena a que hice referencia antes, usted expuso su punto de vista sobre el mayor mérito de la gasolina para estas cosas, y denunció el empleo de cianuro como peligroso e innecesario.
-Siga.
-Sé algo más. Vi a Claude Langton y a Molly Deane cuando ellos se creían libres de ojos indiscretos. Ignoro la causa de la ruptura de enamorados que llegó a separarlos, poniendo a Molly en los brazos de usted, pero comprendí que los malos entendidos habían acabado entre la pareja y que la señorita Deane volvía a su antiguo amor.
-Siga.
-Nada más. Salvo que me encontraba en Harley el otro día y vi salir a usted del consultorio de cierto doctor, amigo mío. La expresión de usted me dijo la clase de enfermedad que padece y su gravedad. Es una expresión muy peculiar, que sólo he observado un par de veces en mi vida, pero inconfundible. Ella refleja el conocimiento de la propia sentencia de muerte. ¿Tengo razón o no?
-Sí. Sólo dos meses de vida. Eso me dijo.
-Usted no me vio, amigo mío, pues tenía otras cosas en qué pensar. Pero advertí algo más en su rostro; advertí esa cosa que los hombres tratan de ocultar, y de la cual le hablé antes. Odio, amigo mío. No se moleste en negarlo.
-Siga -apremió Harrison.
-No hay mucho más que decir. Por pura casualidad vi el nombre de Langton en el libro de registro de venenos. Lo demás ya lo sabe. Usted me negó que Langton fuera a emplear el cianuro, e incluso se mostró sorprendido de que lo hubiera adquirido. Mi visita no le fue particularmente grata al principio, si bien muy pronto la halló conveniente y alentó mis sospechas. Langton me dijo que vendría a las ocho y media. Usted que a las nueve. Sin duda pensó que a esa hora me encontraría con el hecho consumado.
-¿Por qué vino? -gritó Harrison-. ¡Ojalá no hubiera venido!
-Se lo dije. El asesinato es asunto de mi incumbencia.
-¿Asesinato? ¡Suicidio querrá decir!
-No -la voz de Poirot sonó claramente aguda-. Quiero decir asesinato. Su muerte seria rápida y fácil, pero la que planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre puede sufrir. Él compra el veneno, viene a verlo y los dos permanecen solos. Usted muere de repente y se encuentra cianuro en su vaso. ¡A Claude Langton lo cuelgan! Ese era su plan.
Harrison gimió al repetir:
-¿Por qué vino? ¡Ojalá no hubiera venido!
-Ya se lo he dicho. No obstante, hay otro motivo. Lo aprecio monsieur Harrison. Escuche, mon ami; usted es un moribundo y ha perdido a la joven que amaba; pero no es un asesino. Dígame la verdad: ¿Se alegra o lamenta ahora de que yo viniese?
Tras una larga pausa, Harrison se animó. Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma. Tendió la mano por encima de la mesa y dijo:
-Fue una suerte que viniera usted.

Glosario

Acicalado: extremadamente pulcro.
Mon ami: En francés significa ‘mi amigo’.
Inusitado: Que es inusual o raro y por ello resulta sorprendente.
Cianuro de potasio: Sal inorgánica denominada sal de potasio del cianuro de hidrógeno o ácido cianhídrico. Es extremadamente tóxico par los seres vivos.
Conferenciante: Persona que diserta en público sobre algún punto doctrinal.
Carterista: Ladrón de carteras de bolsillo.
Birlar: Hurtar algo sin intimidación y con disimulo.

 

El policial clásico

El relato policial es una historia que plantea un enigma, un misterio que debe resolverse. El investigador es quien, por medio de la observación e interpretación de indicios o pistas, encontrará al culpable.

Los elementos propios del policial clásico son:

El delito: es el problema al que se enfrenta el detective, el enigma que debe resolver. Puede tratarse de un robo, un asesinato, una falsificación, etc. En este cuento, el delito es un asesinato que se va a cometer.

Pistas: son los indicios, objetos o detalles que el detective considera para resolver el caso. Pueden ser pistas verdaderas y conducir a la resolución del enigma, o pistas falsas con el fin de distraer tanto a los personajes como al lector. Por ejemplo, que Poirot sepa que Langton compró veneno es una información útil que lo ayuda a descubrir el misterio, mientras que los dichos de Harrison acerca de no usar el cianuro para destruir el nido de avispas son una pista falsa, ya que distraen al lector de su intención.

El Detective: posee grandes capacidades deductivas y cada caso es un desafío para su inteligencia. En general, no es un personaje de acción, sino que resuelve los conflictos mentalmente y, en ocasiones, desde la comodidad de su escritorio. Hércules Poirot es un ejemplo de este tipo de detectives.

El Ayudante: el detective muchas veces cuenta con un ayudante, como por ejemplo el capitán Hasting, que acompaña a Hércules Poirot en otras historias, o el Dr. Watson, amigo de Sherlock Holmes. Este personaje colabora con el detective en los casos y es testigo atento en la resolución propuesta por su compañero, aunque no cuenta con su inteligencia.

Otros personajes: en el cuento policial clásico también aparecen: la víctima, los sospechosos, el culpable y los investigadores oficiales. En el caso de “Nido de avispas” al tratarse de un crimen potencial, que finalmente logra impedirse, estas características se cumplen de una manera particular. Por ejemplo, el que aparece como sospechoso ante el lector se hubiese convertido en víctima (Claude Langton) si Harrison hubiese llevado a cabo su plan, y no hay un culpable (por lo menos de asesinato) porque no hay un asesinato.

 

Actividades

1. Indiquen con V las afirmaciones Verdaderas y con F las Falsas:

__ Harrison llama al detective Poirot porque necesita su ayuda.
__ Poirot investiga un antiguo crimen.
__ Langton se ofrece a eliminar un nido de avispas del jardín.
__ Molly Deane está comprometida con Harrison.
__ Hércules Poirot reemplaza el veneno por carbonato de sodio.
__ Langton compra veneno en la farmacia.
__ Poirot descubre a la joven Deane en brazos de Langton.
__ Harrison lamenta que Poirot haya estropeado sus planes.

2. Señalen con una ✓ la opción correcta para completar las oraciones:

a. Hércules Poirot viaja …

__ por placer.
__ por negocios.
__ para despedir a un amigo.

b. Claude Langton es …

__ el primo de Harrison.
__ la expareja de Deane.
__ un amigo de Poirot.

c. Harrison padece una enfermedad …

__ pasajera.
__ crónica.
__ terminal.

3. Respondan en su carpeta las siguientes preguntas:

a. ¿Cómo sabe Poirot que Harrison pidió comprar cianuro de potasio?
b. ¿Qué otro método prefería Harrison para destruir un nido de avispas?
c. ¿De dónde ve salir Poirot a Harrison?

4. Indiquen con una ✓ la opción correcta para completar cada una de las siguientes frases:

a. El marco espacial del cuento es …

__ Londres.
__ no se puede identificar.
__ un pequeño pueblo de la costa francesa.
__ un tren.

b. Los hechos narrados se desarrollan …

__ en el transcurso de un día.
__ en meses.
__ durante una noche.
__ en una hora.

5. Identifiquen en su carpeta los personajes principales y secundarios en «Nido de avispas».
6. Escriban en su carpeta una descripción de Poirot que pueda agregarse al cuento.
7. Conversen entre ustedes:

a. ¿Cambia la interpretación de las pistas que hicieron en un comienzo al leer el final del relato? ¿De qué manera?
b. ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias entre la destrucción del nido de avispas y el asesinato según Poirot?
c. ¿Por qué Poirot frustra los planes de su amigo?

8. Reformulen en su carpeta las siguientes expresiones del cuento, como si tuvieran que aclarar su significado a alguien que no las entiende.

a. La vida de las moscas no me preocupa.
b. Había una nueva dignidad en su rostro.

 

Otras actividades

1. ¿Qué planeaba hacer John Harrison?
2. ¿Qué relación existía entre Langton, Molly y Harrison?
3. Según Poirot, ¿qué razones podría tener Harrison para dar muerte a Harrison?
4. ¿Por qué Harrison no le cree a Monsier Poirot cuando le advierte que será envenenado? ¿Qué secreto esconde?
5. ¿Por qué Poirot señala que la muerte que Harrison planeaba para Langton era la peor muerte que un hombre podría sufrir?
6. ¿Por qué Harrison cambia de opinión hacia el final del relato? Utiliza la siguiente cita como apoyo a tu respuesta: “Había dignidad en su rostro y la mirada del hombre que ha logrado salvar su propia alma.”
7. Este cuento es la historia de un crimen que no sucedió, ¿por qué?

 

Otras Actividades

1. El título Nido de avispas hace referencia a:

a. la idea principal del cuento policíaco.
b. un detalle relacionado con el enigma.
c. la resolución del protagonista del relato.
d. la pista del investigador en el crimen.

2. Reconstruye lo sucedido en el cuento, llenando la tabla.

¿Qué ocurrió? Se planeaba culpar a un inocente de asesinato.
¿Cómo?
¿Quiénes?
¿Por qué?

3. Relee el cuento y relaciónalo con la información complementaria de los recuadros. Luego, responde las preguntas.

a. —¿Negocios? ¿En este apartado rincón?
Poirot asintió gravemente.
—Sí, amigo mío; no todos los delitos tienen por marco las grandes aglomeraciones urbanas.

b. —¿Cree de verdad que va a cometerse un crimen? ¡Eso es absurdo!
—En absoluto. Investigar un asesinato antes de consumarse es mucho mejor que después. Incluso, con un poco de imaginación, podría evitarse.

a. ¿Con cuál característica del cuento policíaco se relaciona el recuadro a?
b. El recuadro b evidencia el elemento narrativo de la trama. ¿Por qué?

4. Creatividad. Propón un final alternativo para el cuento, usando una de estas situaciones:

a. Poirot no descubre el enigma antes de que Harrison se suicide.
b. Langton descubre la intención de Harrison y cambia los planes.
c. Todo resulta ser un plan de la señorita Deane.

 

Otras Actividades

1- Explica qué características del policial están presentes en el siguiente fragmento de “Nido de avispas”.

“Harrison lo miró con curiosidad y percibió algo un poco inusitado en la actitud del detective.
-¿Entonces está investigando un crimen? –comenzó a decir bastante dubitativo-. ¿Algo muy grave?
-Un crimen de los más serios que existen.
-Es decir…
-Asesinato.

2- Determina cómo deduce Hércules Poirot las siguientes afirmaciones:

a. Deanne tiene una relación con Claude Langton.
b. John Harrison está gravemente enfermo.
c. John Harrison miente al afirmar que usará nafta para eliminar el nido de avispas.

 

Otras Actividades

1. Responde:

a) ¿Quién es el detective? ¿Cómo es? Descríbelo.
b) ¿Quién es el sospechoso? ¿Por qué se sospecha de él?
c) ¿Cuál es el crimen? ¿Cómo se resuelve la situación?
d) ¿Cómo es el lugar donde ocurren los hechos?
e) ¿En cuánto tiempo transcurre la acción?
f) ¿Cuál es el secreto que Poirot conoce de Harrison?
g) ¿De qué estrategia se valió Poirot para evitar la venganza de Harrison?

2. Caracteriza a Molly Deane, en base a lo que se dice de ella, con 4 adjetivos calificativos.
3. ¿Cuáles son las similitudes y las diferencias entre la destrucción del nido de avispas y el asesinato según Poirot?

 

Otras Actividades

1. Al comienzo, Poirot afirma que investiga “un crimen aún no ejecutado” ¿a qué crimen se refiere?
2. ¿En qué pistas se basa para anticipar el asesinato?
3. El siguiente es un fragmento del artículo de Wikipedia sobre “Hércules Poirot”. Leelo y subraya las características del personaje descriptas en el artículo que aparecen en el cuento “Nido de avispas”.

Es el personaje más famoso de la escritora británica Agatha Christie. Mr. Poirot impresiona a todo el mundo con la «utilización de sus células grises» para resolver los casos más complicados que se le presentan. Es un detective retirado que siempre tiene gran cantidad de trabajo y busca resolver misterios que le atraigan por su complejidad intelectual.
Poirot, de acuerdo con la descripción de la propia autora, es un hombrecillo de poca estatura, rollizo, de cabeza de huevo y un impresionante bigote que para él constituye un orgullo. Según asegura en muchas oportunidades, su bigote es el mejor de Inglaterra, aunque en la novela «Cartas sobre la mesa» acepta que tal vez pueda compararlo con el de míster Shaitana, un multimillonario que luego resultaría asesinado. En El asesinato de Roger Ackroyd, publicado en 1926, el doctor Sheppard, quien narra esta historia, piensa cuando lo conoce que se trata de un peluquero retirado, a juzgar por su pomposo bigote y sus modales remilgados. Poirot es atildado hasta el extremo, su apariencia personal es siempre impoluta y adora «el orden y el método». Venera la simetría, la limpieza, las comodidades, la calefacción central y la línea recta: en su apartamento no existen muebles ni adornos de líneas curvas. Es sumamente cortés y habla intercalando frases o palabras en francés, como Mon ami, o Précisement. Aunque se asegura que su inglés es perfecto, cuando está nervioso comete fallas gramaticales, algunas detectadas y corregidas por su fiel amigo Hastings. Antiguo miembro de la Policía belga, llegó a Inglaterra como refugiado durante la Primera Guerra Mundial y ya no abandonó el país, donde se estableció como detective privado de gran éxito. A pesar de que mucha gente lo confunde con francés, él siempre corrige que es belga. Como una «prima donna», Poirot está siempre anunciando su inminente retiro: planea irse al campo y dedicarse a cultivar calabacines (en «El asesinato de Roger Ackroyd» finalmente lo hace, pero, ante la aparición de un nuevo caso, lo deja inmediatamente). Huelga decir que abandona su retiro en cuanto aparece un caso que llama su atención. En una de las novelas en que aparece confiesa ser un devoto católico.
Sus métodos son totalmente distintosa los seguidos por la policía: él se detiene en el estudio de la naturaleza humana y utiliza la psicología para sacar conclusiones y llegar a la solución final del caso. Desprecia las pistas que al parecer se presentan claras, como huellas digitales, y se interesa más por los detalles que aparentan ser insignificantes, pero que luego resultan de vital importancia. La mayoría de los policías de Scotland Yard suelen burlarse de sus métodos, para luego ir aceptando lo inevitable.

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