No oyes ladrar los perros

No oyes ladrar los perros

Lee atentamente el siguiente relato:         ¿No oyes ladrar los perros? Juan Rulfo –Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. –No se ve nada. –Ya debemos estar cerca. –Sí, pero no se oye nada. –Mira bien. –No se ve nada. –Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. –Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los...

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La condenada

La condenada

Lee atentamente el siguiente relato:         La condenada Juan Carlos Dávalos Hace mucho años, andaban de boca en boca, entre la gentuza de mi pueblo, relatos extraordinarios acerca de una luz ambulante que vagaba por avenidas y caminos urbanos. Precisamente, en las noches más tenebrosas, veíasela pasar, con diferencia de minutos, tan luego por las inmediaciones del cementerio como por los arrabales próximos al río. La velocidad hasta entonces no vista que la animaba, y el intenso fulgor rojizo que despedía, dieron pábulo a la medrosa fantasía popular, que acabó por atribuirle sobrenatural origen. Y a las viejas supercherías de duendes y mulas ánimas y viudas y almas en pena, vino a incorporarse la misteriosa leyenda de la...

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El jardín de las delicias

El jardín de las delicias

Lee atentamente el siguiente relato:         El jardín de las delicias Ayala, Francisco Nuestro invernadero estaba lleno de plantas preciosas, helechos, jacintos y palmeras de variedades increíblemente diversas, que mamá cuidaba y contemplaba mucho; y si el famoso Árbol de la Ciencia, corpulento en exceso, no se encontraba allí, teníamos en cambio un naranjo enano que, desde su orondo macetón, nos obsequiaba con frutas algo desabridas, cierto, pero no por eso menos codiciadas. “Esas naranjas son para mirarlas, hijitos; no para comerlas –nos decía mama-. ¡Tan lindas como se las ve, asomadas por entre las hojas oscuras!…” También los peces, en su enorme pecera redonda, eran -¡bobitos ellos!- no más que para mirarlos. Y...

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