El jardín de las delicias

El jardín de las delicias

Lee atentamente el siguiente relato:         El jardín de las delicias Ayala, Francisco Nuestro invernadero estaba lleno de plantas preciosas, helechos, jacintos y palmeras de variedades increíblemente diversas, que mamá cuidaba y contemplaba mucho; y si el famoso Árbol de la Ciencia, corpulento en exceso, no se encontraba allí, teníamos en cambio un naranjo enano que, desde su orondo macetón, nos obsequiaba con frutas algo desabridas, cierto, pero no por eso menos codiciadas. “Esas naranjas son para mirarlas, hijitos; no para comerlas –nos decía mama-. ¡Tan lindas como se las ve, asomadas por entre las hojas oscuras!…” También los peces, en su enorme pecera redonda, eran -¡bobitos ellos!- no más que para mirarlos. Y...

Leer Más

Cómo se da una sorpresa

Cómo se da una sorpresa

Lee atentamente el siguiente relato:         Cómo se da una sorpresa Palomares, José Antonio Yo debía de tener once años, o quizá diez, o quizá doce, el día en que papá vendó teatralmente los ojos de mamá con un paño de cocina y la condujo a ciegas al salón. Mamá reía y le decía que era bobo, que era tonto perdido. —¡Bobo, más que bobo! Qué bonito era oírla reír así. Mamá no se reía a menudo, y cuando lo hacía era por cosas que nosotros no terminábamos de entender: por alguna frase suelta en la televisión que le hacía gracia, o por algo que había recordado repentinamente y que no nos explicaba. Y aquel día, sin embargo, reía como las heroínas de las películas, y parecía más joven y más guapa mientras papá...

Leer Más

Diles que no me maten

Diles que no me maten

Lee atentamente el siguiente relato:         Diles que no me maten Juan Rulfo —¡Diles que no me maten, Justino! Anda, vete a decirles eso. Que por caridad. Así diles. Diles que lo hagan por caridad. —No puedo. Hay allí un sargento que no quiere oír hablar nada de ti. —Haz que te oiga. Date tus mañas y dile que para sustos ya ha estado bueno. Dile que lo haga por caridad de Dios. —No se trata de sustos. Parece que te van a matar de a de veras. Y yo ya no quiero volver allá. —Anda otra vez. Solamente otra vez, a ver qué consigues. —No. No tengo ganas de ir. Según eso, yo soy tu hijo. Y, si voy mucho con ellos, acabarán por saber quién soy y les dará por afusilarme a mí también. Es mejor dejar las cosas de este...

Leer Más