Desquite

Desquite

Lee atentamente el siguiente relato:         Desquite Luis Franco Enlazado de medio cuerpo por un pañuelo que cruzaba bajo las alas, colgaba el gallo en vilo del gancho de la balanza de mano. ―Seis, ocho… Les llevamos apenas una oncita ―masculló el viejo Eladio. ―Güeno, güeno, calcen ligerito y vamos ―gritó don Paulo. Y en las púas, despuntadas como guampas torunas, les calzaron las espuelas de acero. Cantó uno y sobre el pucho le retrucó el otro: cantos encogidos de rabia, como restallados. Capadas de crestas, las cabezas desnudas como un talón, rojas como un tajo. Lampiños de cogote, de anca y de muslos, mostraban la carne que ardía la sangre de pelea como ají de monte. En cuanto al estado, ya se vería el alcance del toreo y la dieta, y la maña de los...

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El alma de la máquina

El alma de la máquina

Lee atentamente el siguiente relato:           El alma de la máquina Baldomero Lillo (fragmento) La silueta del maquinista con su traje de dril azul se destaca desde el amanecer hasta la noche en lo alto de las plataformas de la máquina. Su turno es de doce horas consecutivas. Los obreros que extraen de los ascensores los carros de carbón lo miran con envidia…, porque mientras ellos abrasados por el sol en el verano y calados por las lluvias en el invierno forcejean sin tregua desde el brocal del pique hasta la cancha del depósito, empujando las pesadas vagonetas, él, bajo la techumbre de zinc no da un paso ni gasta más energía que la indispensable para manejar la rienda de la máquina. Jamás podrán comprender que esa labor que les parece tan insignificante, es...

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Viejo con árbol

Viejo con árbol

Lee atentamente el siguiente relato:         Viejo con árbol Roberto Fontanarrosa A un costado de la cancha había yuyales y, más allá, el terraplén del ferrocarril. Al otro costado, descampado y un árbol bastante miserable. Después las otras dos canchas, la chica y la principal. Y ahí, debajo de ese árbol, solía ubicarse el viejo. Había aparecido unos cuantos partidos atrás, casi al comienzo del campeonato, con su gorra, la campera gris algo raída, la camisa blanca cerrada hasta el cuello y la radio portátil en la mano. Jubilado seguramente, no tendría nada que hacer los sábados por la tarde y se acercaba al complejo para ver los partidos de la Liga. Los muchachos primero pensaron que sería casualidad, pero al tercer sábado en que lo vieron junto al lateral ya...

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