Romanticismo en Argentina e Hispanoamérica – Teoría

Romanticismo.

Inestabilidad social, guerras civiles, ideas irreconciliables acerca de cómo organizar el país… En Argentina y en toda Hispanoamérica se produjeron hacia la misma época, grandes tensiones sociales en busca de un orden más justo que garantizara la construcción de las nacionalidades. La anarquía primero y tras ella la irrupción de los caudillos fue el resultado de la ruptura de las estructuras coloniales después de las guerras de la independencia. Había un clima de efervescencia y búsqueda de un nuevo orden. En ese marco histórico y, principalmente, en el período que transcurre entre 1830 y 1860, se desarrolló el Romanticismo en América, aunque sus postulados siguieron vigentes durante algunas décadas más en la literatura gauchesca.

El Romanticismo fue un intenso movimiento cultural que abarcó las artes plásticas, la literatura, la música, la política. Su cosmovisión fue sentimental, es decir, tenía como centro el sentimiento y la emoción por sobre la razón. Se originó en Alemania a fines del siglo XVIII, se expandió por el resto de Europa y extendió su influencia a América.

Tanto en Argentina como en el resto de Hispanoamérica, este movimiento se adhirió intensamente a una de las corrientes del Romanticismo europeo: la social. La otra corriente, la del Romanticismo sentimental, se manifestó entre 1860 y 1890, cuando el país ya se había organizado políticamente. Dos novelas ejemplifican cada una de ellas: Amalia, de José Mármol y María de Jorge Isaac, respectivamente. Pero en sus comienzos, la realidad americana no permitió a los románticos abandonarse a la contemplación egocéntrica; por el contrario, les exigió dar una respuesta a las necesidades colectivas.

En lo literario, los románticos buscaron la originalidad a través de una literatura nacional con rasgos propios, diferentes de los europeos. Por eso, la naturaleza se vuelve protagonista.

Además de los temas, intentaron renovar el lenguaje. Plantearon la necesidad de una lengua nacional, liberada de las convenciones de la Real Academia Española y más ligada a las expresiones regionales y coloquiales. Dijo Sarmiento: “El idioma de América deberá ser suyo, propio, con su modo de ser característico y sus formas e imágenes tomadas de las virginales, sublimes y gigantescas que su naturaleza, sus revoluciones y su historia indígena le presentan.”

 

Características del Romanticismo en América:

  • El individualismo: el romántico europeo exaltaba su yo, y buscaba la originalidad dentro de sí mismo, en sus sentimientos.
  • El sentimentalismo: Se actuaba con pasión, con heroísmo, con coraje. Lo sentimental acompañó a la afirmación de ideales de libertad, progreso y democracia.
  • El historicismo: Los románticos afirmaban que hay que conocer la realidad presente, sus contradicciones, su proceso para poder realizar cambios que posibiliten la organización y la conducción de un país hacia el progreso, la civilización y la libertad.

 

Los temas románticos:

  • La patria: los escritores sienten que su destino individual está ligado al destino de la patria.
  • El amor: En el Romanticismo sentimental se presenta un amor idealizado, ennoblecido. En el Romanticismo social éste queda siempre condicionado a las exigencias de la realidad histórica, expuesto a los riesgos del momento político. Su posibilidad de realización depende, más que de las libertades individuales, del clima social en el que se genera.
  • El amor romántico termina casi siempre en muerte o en pérdida. Es un amor irrealizable.
  • La mujer: adquiere suma importancia porque es la generadora de la pasión. Se la presenta como mujer ángel o como mujer demonio según ennoblezca al hombre o lo condene a la destrucción.
  • La naturaleza: en el paisaje americano y en su gente el romántico encuentra rasgos de lo propio, de lo diferente. Como la naturaleza en Hispanoamérica asombra por su generosidad y su tamaño, el romántico la identifica con lo exótico. El desierto, la pampa, la selva, los grandes bosques, la magnitud de las montañas, permiten explorar el color local y su paisaje humano.

 

La primera literatura nacional

   Estudiar la literatura romántica argentina tiene una significación especial, ya que, para muchos autores y críticos posteriores, se trata de la primera literatura genuinamente argentina, surgida precisamente en el momento en que, transcurridas algunas décadas desde la declaración de la independencia, el país comenzó a definirse como tal. En consecuencia, es imposible estudiar la literatura argentina de ese momento sin realizar, al mismo tiempo, un análisis del contexto histórico en el que tuvo lugar, ya que la principal intención de esa literatura fue expresar ese contexto.

   Esteban Echeverría (1805-1851) y Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888) son autores inaugurales de la literatura argentina. El escritor y crítico Ricardo Piglia, en su libro La Argentina en pedazos, señala que la narrativa argentina comienza, precisamente, con Echeverría y Sarmiento, y con sus obras El matadero y Facundo, las cuales cuentan una misma historia de violencia y luchas de poder desde perspectivas diferentes.

   Ambos textos tratan el enfrentamiento entre “civilización y barbarie”, ambos denuncian y critican con igual pasión la situación sociopolítica de la época y proponen los cambios necesarios para la concreción del país que sueñan. Plantean, en definitiva, la causa de los males de la argentinidad y así están definiendo el “ser argentino” en sus dos versiones antagónicas: los que ejercen el poder y los sojuzgados, los que persiguen sólo intereses personales y los que luchan por altos ideales sociales, los que oprimen y los que defienden la libertad.

Buenos Aires vs. las provincias

   Entre 1820 y 1830, la Argentina estaba independizada, pero disgregada enfrentando estallidos de guerra civil. La inestabilidad política era el resultado de las posturas encontradas entre el interior y Buenos Aires y su permanente medición de fuerzas.

   Las provincias, lideradas por caudillos que buscaban una organización federal de la Nación, se oponían a las pretensiones de Buenos Aires de ejercer un poder centralizado y hegemónico, basado en la supremacía económica estratégica que le daba el puerto.   Esta etapa se caracterizó por la sucesión de períodos en los que existía un gobierno nacional y otros en los que las provincias se declaraban autónomas. Federales y unitarios chocaban, en congresos y batallas, tratando de imponer sus ideas acerca de un gobierno nacional unificado. Entre los primeros, se destacaron Juan Manuel  de Rosas, hacendado bonaerense, y Facundo Quiroga, caudillo riojano que llegó a tener un poder militar y político muy importante en el interior.

   En 1826, se promulgó una Constitución de marcado tinte unitario, fue rechazada por parte de las provincias. El país vivía una situación crítica por la imposibilidad de lograr la organización nacional y por los problemas económicos y de política exterior (la guerra con el Brasil por la Banda Oriental). El gobierno nacional no existía, y la capacidad para manejar las relaciones exteriores recayó en Buenos Aires, a cargo del federal Manuel Dorrego.

La guerra civil

   La paz con el Brasil, firmada en 1828, originó un levantamiento unitario comandado por el general Juan Lavalle, quien asesinó a Dorrego. Las provincias consideraron esta muerte una traición y decidieron enfrentarse al poder unitario. Así se inició la guerra civil. Lavalle se unió a José María Paz, quien luchaba contra los caudillos; mientras, en Buenos Aires, el poder de Rosas crecía y comenzaba el exilio de los unitarios.

   En 1829, la Junta de Representantes eligió a Rosas gobernador de la provincia y le dio facultades extraordinarias para enfrentar los conflictos internos. La escena política nuevamente planteaba un cambio: Buenos Aires, gobernada por un poderoso caudillo federal que contaba con el apoyo incondicional del campo; el interior, bajo el dominio unitario logrado con la campaña exitosa de Paz, quien había vencido a Juan Bautista Bustos y a Facundo Quiroga.

   La Liga Unitaria reunió a Córdoba, Salta, Tucumán, Catamarca, Mendoza, San Juan, San Luis y Santiago del Estero, con el fin de constituir un gobierno nacional. Como contrapartida, Buenos Aires y las provincias del litoral firmaron, en 1831, el Pacto Federal en el que se comprometieron a actuar conjuntamente frente a toda agresión externa y a organizar el país bajo el sistema federal cuando las condiciones de paz lo permitieran.

   Mientras tanto, nada se planificaba sobre economía, y la industria nacional sufría la entrada irrestricta de mercaderías del exterior. Las provincias signatarias del Pacto declararon la guerra a Paz y lo vencieron. El Pacto Federal recibió a las provincias de la vencida Liga Unitaria y formaron una Confederación, base de la futura organización nacional.

El primer gobierno de Rosas

  Durante el primer gobierno de Rosas, el país no estaba organizado como una nación, sino que las provincias se habían enfrentado firmando por un lado la Liga Unitaria (Córdoba, Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, San Luis, Tucumán, Salta y Mendoza) y por el otro lado el Pacto Federal (Buenos Aires, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes).

   El 6 de diciembre de 1829 la legislatura eligió a Rosas gobernador y le otorgaron facultades extraordinarias. Desde el principio declaró enemigo al partido unitario, y utilizó la famosa divisa: “El que no está conmigo, está contra mí” para atacarlos. Por lo que puso a su favor a los burgueses, conservadores y reaccionarios, a los católicos, a los gauchos descontentos, a los indios, a la plebe urbana y a parte de la población rural. Rosas apareció como un restaurador, debido a la actitud de desprecio, de violación de derechos que habían dado los anteriores gobiernos. En su contra aparecieron los unitarios, los jóvenes ilustrados, los liberales, los militares y viejos patricios de la revolución.

   Su gobierno era centralista, respetuoso de los señores feudales siempre y cuando estos le estuviesen sometidos. Tenía un criterio proteccionista antieuropeo, de un nacionalismo estrecho, y reacio a los cambios y a lo extranjero. Su primera medida en el gobierno, de hecho, fue suprimir la libertad de prensa y adueñarse de ella. Sin embargo este primer periodo fue solo una imagen de lo que sería el segundo término, ya que aquí Rosas no tenía experiencia verdadera en la política.

   Así es que en 1832 Rosas impide que la Comisión Representativa convoque a un congreso general para organizar la república. La idea de Rosas era que el país no estaba en condiciones de entrar en una organización general; debía mantenerse la unión de las provincias sólo con el Pacto Federal. “Debemos existir y después organizarnos”, era su argumento.

El segundo gobierno de Rosas

   Rosas terminó su primer gobierno en 1831 y no aceptó la reelección, pues no se le renovarían las facultades extraordinarias.

   En 1834, se produjo una guerra civil entre Tucumán y Salta, provincias federales. Rosas envió a controlar la situación a Quiroga, quien murió asesinado en Barranca Yaco, en 1835. Ese mismo año, la Legislatura nombró gobernador a Rosas; le otorgó, dado el recrudecimiento de las luchas, la suma de los poderes públicos y extendió su mandato a cinco años. Pero este segundo período, comenzado en 1835, culminó recién diecisiete años después, en 1852, con la batalla de Caseros.

   Rosas ejerció un gobierno conservador de carácter paternalista y cerrado a todo lo exterior. La organización fue centralista, a pesar de que se hablaba del país como de una Federación, y esto acrecentó el sentido de unidad. Si bien Rosas era gobernador de  Buenos Aires, reunía las atribuciones de un presidente y su mandato, de hecho, tenía alcance nacional: así, por ejemplo, manejaba las relaciones exteriores, el vínculo con la  Iglesia y la economía a partir del control de la Aduana e intervenía las provincias que se le opusieran. Algunas de estas condiciones vigentes durante un período de tiempo tan extenso fueron conformando la unidad nacional.

El Romanticismo en la Argentina

   Luego de su estadía en Francia, entre los años 1825 y 1829, Esteban Echeverría introdujo las ideas románticas en América latina. Por primera vez en la historia de la cultura latinoamericana, entró en estas tierras un movimiento artístico de origen europeo que no venía desde España. Esto se debió a que, luego de su independencia política, la Argentina buscaba la independencia cultural y, por eso, rompió cualquier lazo que la uniera a la península.

   La literatura romántica, en la Argentina, tomó casi exclusivamente un tinte político.   Esto no fue casual: las ideas románticas se adecuaban al momento histórico y a las necesidades de los autores que, en general, eran hombres de acción comprometidos con su realidad y que hicieron de su producción literaria un instrumento de lucha, como Juan Bautista Alberdi (1810-1884), Esteban Echeverría, Domingo F. Sarmiento, José Mármol (1817-1871) y José Hernández (1834-1886), entre otros. Sus posturas políticas podían diferir, pero lo que los unía era su adhesión al gran objetivo romántico: la búsqueda, la lucha por la libertad. Libertad que no podía separarse de conceptos como independencia e identidad nacional y que el Romanticismo defendió en todos los órdenes de la vida: libertad de ideas, política, religiosa, idiomática.

El ideario romántico local

  En la Argentina, la lucha romántica en el plano político se caracterizó por la valoración del proceso que llevó a la independencia y por el enfrenta-miento acérrimo a la figura de Rosas. En lo religioso, se destacó por su oposición a la Iglesia cada vez que esta limitaba las libertades individuales; en lo idiomático, por la defensa de las formas propias que toda lengua de una comunidad adopta. La libertad perseguida, finalmente, se expresó en lo económico por medio del liberalismo, doctrina en pleno auge en la sociedad europea. Independencia política, económica, ideológica y afán de progreso conformaron el ideario romántico argentino y su proyecto político.

   En relación con la ideología del movimiento, los autores crearon personajes con características particulares. Sus héroes son generalmente seres perseguidos, incomprendidos, que sufren el destino de quienes han nacido en un mundo que no reconocen como propio. En Echeverría y en Sarmiento, esos héroes fueron los unitarios; en Hernández, el gaucho. Los primeros crearon héroes que encarnaban los ideales de libertad individual y social. Activos, capaces de luchar hasta la muerte en la consecución de sus fines, se oponen a todo lo que sea uniformidad, represión, censura, encierro económico y cultural; en suma, atraso. La subjetividad romántica se manifiesta en su modo de ver la realidad hostil que los rodea. Los autores tenían mucho en común con sus personajes: sufrieron el mundo que les tocó vivir, se le opusieron, defendieron sus ideas por las armas y, también, por medio de su obra periodística y literaria. El exilio fue, para mucho ellos, una salida frente a la persecución política.

La naturaleza romántica

   El Romanticismo concibió la naturaleza como una forma de expresión de la propia sensibilidad y un reflejo del modo de percibir la realidad histórica. En las obras de los argentinos, la pampa ilimitada y la naturaleza salvaje son símbolos de libertad, en el sentido de que no han sido modificadas por el hombre, y los desórdenes de la naturaleza son siempre un correlato de los desórdenes sociales.

   El costumbrismo apareció en la literatura romántica como otro modo de expresar lo genuino, lo propio de cada localidad y, así, lo nacional. Es constante la descripción de los habitantes típicos, de sus modos de vida, creencias, vestimentas, hábitos y hablas regionales.

   En síntesis, la literatura romántica local, por medio de la descripción de los habitantes del país y de la exposición de su ideología política, muestra cómo era la sociedad argentina a la vez que manifiesta el proyecto de sus autores sobre cómo debía ser. Esta tensión entre opuestos -civilización y barbarie- definió la identidad nacional de la época. La naturaleza inhóspita e inabarcable fue un símbolo de libertad para los románticos.

La cautiva y El matadero

   En la producción literaria de Esteban Echeverría, se manifiesta siempre un programa ideológico ya que considera la literatura como vehículo para expresar los ideales colectivos.

   La primera obra significativa de este autor fue La cautiva, valiosa por adecuar los preceptos románticos a la realidad argentina. En ella, se incorporó el paisaje del país a la literatura, la que se volvió portadora de ideas y conceptos polémicos de la época.   Además, por tratarse de un poema narrativo, hizo su aporte al advenimiento de lo que sería la novela nacional. Es una obra romántica porque rompe con los géneros tradicionales, porque desarrolla un tema contemporáneo y popular dándole dimensión heroica, porque incluye como héroes a personajes comunes y porque tiene como objetivo la llegada de la literatura a todas las clases sociales. En La cautiva, Echeverría introdujo expresiones locales que conviven con un lenguaje culto. Esta tensión entre localismo y universalismo, entre lo primitivo propio de América y lo culto perteneciente a Europa está presente en toda su obra.

   Por otra parte, El matadero es el primer texto narrativo argentino de valor ya que, por entonces, la producción rioplatense se orientaba más a la poesía y al ensayo. El matadero resulta innovador, porque incluye elementos realistas en momentos en que el Realismo apenas estaba surgiendo en Europa: describe a partir de una observación directa de la realidad y su visión no es parcial ni restringida a detalles pintorescos.

   El crítico argentino Noé Jitrik señala que el valor de esta obra radica en el hecho de que muestra la problemática que fundó la literatura nacional. Por ejemplo, la relación de la cultura argentina con la europea, la existencia de una literatura nacional surgida de la descripción de la realidad del país, el papel del intelectual como intérprete de esa realidad desconcertante.

La literatura nacional

   En la Argentina, la literatura anterior a la de la llamada Generación del 37 no expresó la realidad histórica en que tuvo lugar. Con Esteban Echeverría, el panorama cambió. El paisaje argentino y la lengua particular de la región ya habían aparecido en las obras de Bartolomé Hidalgo (1788-1822) y de los payadores, poetas gauchos que improvisaban escenas cantadas de la vida del pueblo. Pero fue Echeverría quien, por primera vez, concibió la literatura nacional como una disciplina que se nutrió de sus propias fuentes -la realidad- y expresó lo que la nación era. Lo siguieron, entre otros, Alberdi y Sarmiento.

   Las condiciones que posibilitaron este nacimiento fueron varias: la existencia de un grupo homogéneo de autores a quienes unía el origen social, la educación, la experiencia común del exilio y el impacto que les causó la figura de Rosas. El destierro les permitió ver a la Argentina a la distancia y les produjo un sentimiento de añoranza y de admiración por su grandeza virgen, al mismo tiempo que la urgencia de actuar sobre ella y de construirla. Rosas les generó sentimientos contradictorios: su origen popular, sus actitudes irracionales y su poder los fascinó, a la vez que les provocó rechazo.

   El Romanticismo se asoció en la Argentina con la necesidad de construir una nación a través de una literatura propia por medio del enfrentamiento a los gobiernos totalitarios. Pero en este aspecto surgió una contradicción: en el afán de oponerse a Rosas, terminaron identificando lo popular tradicional con el atraso y, en su afán de progreso, se volvieron reaccionario y extranjerizantes. Fueron americanistas en lo literario y antiamericanistas en lo político. Plantearon el rechazo de lo español, impulsaron la inclusión de los escenarios locales y el uso de un lenguaje propio en oposición, de las formas puras del castellano peninsular.

La identidad nacional en El matadero

   El matadero, escrito en 1840, es una manifestación clara de la naciente literatura argentina, porque se inscribe en un momento determinado de la historia del país, toma partido y adquiere, además, una forma estética propia.

   Echeverría ubicó la acción en una zona marginal de la ciudad, en los límites entre lo urbano y lo rural, y describió el ámbito y sus personajes típicos. Al hacerlo, formalizó una acusación política, ya que en la descripción critica la brutalidad, el atraso del sistema implantado por Rosas. El clima de turbulencia, descontrol y desborde tiene su paralelo, a la manera romántica. La manifestación de una naturaleza también ingobernable, la de la inundación con que se abre el relato. Matasiete, la chusma grosera, el juez son símbolos del salvajismo político criticado; mientras que el unitario representa la cultura y el anhelo de libertad y respeto. De acuerdo con esto, en El matadero se muestran las dos posturas antagónicas en que se debatía la sociedad argentina de la época: la del progreso y la del atraso.

Progreso, atraso y libertad

   Echeverría reconoció el conflicto que mantenía enfrentados a los argentinos y sostuvo la necesidad de la unión. Rehusó alinearse en alguno de los bandos en lucha, unitarios y federales, y propuso la creación de un or-den nuevo que tomara lo mejor de cada facción. Sin embargo, finalmente debió optar frente a la realidad que se le imponía: la fractura social. El de la violencia, que expresó de manera brutal en el cuento, fue el único aspecto común a ambos bandos y, en él, se centra temáticamente El matadero.

   El otro gran tema que se manifiesta en la obra es el de la libertad como camino para la construcción de la nación. Así, Echeverría elogia la independencia conseguida y critica el autoritarismo imperante en su época, en sus dos vertientes: eclesiástica y política. La Iglesia aparece cuestionada, porque claramente se había embanderado tras la causa resista. El sistema de gobierno, por su parte, está representado por los personajes del matadero a quienes se ve incapaces de ejercer su libertad responsablemente y de respetar la de los otros. Ambos, Iglesia y tiranía, al atentar contra la libertad individual, impedían la organización nacional sobre la base del respeto a los derechos de todos los habitantes.

   Los personajes, que aparecen tipificados, representan las facciones en pugna. Pero esta tipificación no es sólo literaria. Echeverría expresó el modo en que el sector al que pertenecía veía a unitarios y federales en la vida y no sólo en las letras. Así, Rosas era el antihéroe; sus seguidores, una horda de brutos sin pensamiento propio y dueños de una fuerza y violencia descontroladas; el pueblo era una masa manejable por el miedo o el hambre; y el unitario, el representante de la libertad de ideas, el honor, el valor y la dignidad.

   Además de lo ideológico, la obra adquiere identidad nacional por su carácter renovador y particular en lo que se refiere al estilo. Es la primera manifestación del cuento en la Argentina; introdujo el realismo como modo de representar la realidad. Las costumbres se describen, en general, para enfatizar lo que debía superarse, pues eran expresión del atraso. Esta postura crítica frente a lo popular se explica porque, en el cuento, el pueblo con sus hábito es mucho más que el grupo menos favorecido en lo económico y en lo cultural; es símbolo de la sociedad según Rosas la concebía.

   Otro gran logro estilístico fue, sin duda, la renovación en el plano de la lengua. Se incorporó el sociolecto de la clase baja, con el uso de expresiones groseras y arcaicas, y un léxico de origen latinoamericano. El habla del unitario, por otra parte, reflejó el sociolecto de la clase culta, semejante al del narrador. Así, la lengua alcanzó forma propia y nacional mediante la inclusión no sólo de vocabulario y expresiones locales, sino de un tono particular, una manera dinámica y vital de contar lo nacional.

El matadero

   Algunos críticos literarios se inclinan a afirmar que es el primer esbozo de cuento argentino, ya que se desarrolla una historia. Otros, como Carlos Mastrángelo, opinan que es demasiado difuso y panorámico y el hilo del interés cambia a menudo de dirección porque se tratan en él varios asuntos. Esto se opone a las características del cuento que exige el máximo de unidad y concentración en el menor espacio posible.

   El matadero presenta un cuadro realista aunque idealizado bajo la mirada política del autor. Es un realismo que a veces mutila y a veces deforma la realidad porque se pone al servicio de un propósito: persuadir, convencer. Por eso este texto presenta características del Romanticismo y anuncia el movimiento literario siguiente: el Realismo.