Yo vi matar a aquella mujer

Yo vi matar a aquella mujer

Lee atentamente el siguiente relato:         Yo vi matar a aquella mujer Ramón Gómez de la Serna En la habitación iluminada de aquel piso vi matar a aquella mujer. El que la mató, le dio veinte puñaladas, que la dejaron convertida en un palillero. Yo grité. Vinieron los guardias. Mandaron abrir la puerta en nombre de la ley, y nos abrió el mismo asesino, al que señalé a los guardias diciendo: —Este ha sido. Los guardias lo esposaron, y entramos en la sala del crimen. La sala estaba vacía, sin una mancha de sangre siquiera. En la casa no había rastro de nada y, además, no había tenido tiempo de ninguna ocultación esmerada. Ya me iba, cuando miré por último a la habitación del crimen, y vi que en el pavimento del espejo del armario de luna estaba la muerta, tirada...

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Un Ojito, Dos Ojitos y Tres Ojitos

Un Ojito, Dos Ojitos y Tres Ojitos

Lee atentamente el siguiente relato:         Un Ojito, Dos Ojitos y Tres Ojitos De Jacob y Wilheim Grimm (Adaptado por Mercedes Oro) Había una vez, una viuda que tenía tres hijas. La mayor se llamaba Un Ojito, porque tenía un solo ojo en medio de la frente; la segunda, se llamaba Dos Ojitos, porque tenía dos ojos, como todo el mundo; y la menor, Tres Ojitos, dos en su lugar y el tercero, en medio de la frente. Como Dos ojitos era semejante a las demás personas, su madre y sus hermanas, la detestaban. – ¡Qué niña tan vulgar! –repetían una y otra vez. Y la trataban pésimamente; le ponían vestidos horribles, le daban de comer las sobras de la mesa y la mandaban al monte sola, a pastorear a la cabra. La pobre niña estaba siempre triste y llorosa. Pero un día se...

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Ajedrez

Ajedrez

Lee atentamente el siguiente relato:         Ajedrez José María Méndez Le apasionaba jugar al ajedrez y siempre llevaba consigo un pequeño tablero de bolsillo con sus respectivas piezas. En cuanto subió al tren trabó conversación con el compañero de viaje que ocupaba el asiento situado frente al suyo y lo instó a jugar una partida. El invitado se negó. —Conozco muy poco, casi nada, del juego ciencia —le respondió cortésmente. Entonces él insistió con tanta porfía que logró convencer al renuente viajero. Se inició la partida. Como su forzado contrincante jugara en forma inusitada, estrafalaria, perdió la serenidad, cayó en error, y al cuarto movimiento dejó un caballo en merced de las piezas enemigas. Su adversario, tal vez distraído, iba a pasar por alto la...

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