El viento de la luna

El viento de la luna

Lee atentamente el siguiente relato:         El viento de la luna Antonio Muñoz Molina Fue el último verano que vivió con nosotros cuando mi tío Pedro decidió que iba a instalarnos la ducha, el verano anterior al viaje del Apolo XI a la Luna. Yo tenía doce años y había terminado el curso con un suspenso vergonzoso en Gimnasia. En el vestuario mis compañeros se reían de mis calzoncillos y en la sala de aparatos el profesor de Educación Física me humillaba junto a los más gordos y torpes de la clase cuando no sabía saltar el potro ni escalar por la cuerda y ni siquiera dar una voltereta. Esa mañana de julio –hasta principios de septiembre yo no tendría que enfrentarme a la renovada humillación y el íntimo suplicio de un nuevo...

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La piedra de hacer sopa

La piedra de hacer sopa

Lee atentamente el siguiente texto:         La piedra de hacer sopa (Cuento tradicional de origen belga) Érase una vez, un soldado que volvía de la guerra. Llegó un día a un pueblo, un día en que frío soplaba el viento, el cielo era plomizo y el pobre soldado tenía hambre. Se detuvo ante una casa de las afueras y pidió algo para comer. ―No tenemos nada ni siquiera para nosotros ―le dijeron, de modo que el soldado siguió su camino. Se detuvo en la casa siguiente y volvió a pedir un mendrugo de pan. ―No tenemos ni para nosotros mismos ―le volvieron a decir. ―¿Tenéis acaso una gran olla? ―preguntó el soldado. ―Sí, tenemos un gran caldero de hierro. ―¿Tenéis un poco de agua? ―siguió preguntando. ―Sí, de eso hay...

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El amanuense

El amanuense

Lee atentamente el siguiente relato:         El amanuense Antón Chéjov Las seis de la tarde. Un erudito ruso bastante conocido ―lo llamaremos sencillamente “un erudito”― está sentado en su despacho y se muerde nerviosamente las uñas. ―¡Esto es sencillamente vergonzoso! ―exclama, sin apartar los ojos del reloj―. Esto es el colmo del desprecio por el tiempo y el trabajo ajenos. En Inglaterra este individuo no ganaría un centavo y se moriría de hambre. ¡Bueno, muchacho: ya verás! Y sintiendo la necesidad de descargar su impaciencia y enojo sobre alguien, el erudito se acerca al cuarto de la mujer y la llama: ―Óyeme, Katya ―dice, con voz indignada―. Si ves a Pyotr Danilych dile que la gente bien educada no se comporta...

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