Verde esmeralda

Verde esmeralda

Lee atentamente el siguiente relato:         Verde esmeralda Rogelio Flores La puerta al final del pasillo era de roble. Tenía una ventana traslucida, y al interior, una pequeña persiana que era cerrada en su totalidad cuando el propietario del despacho debía ausentarse, lo que por cierto, era el pan de cada día. Su trabajo así lo demandaba. A veces transcurrían jornadas enteras en las que no se encontraba a nadie que atendiera el negocio, por lo menos, no en horas laborales. El lugar era habitado más bien en la noche. Su dueño, David Manzini, italoamericano de Brooklyn recién avecindado en Los Ángeles, había intentado tener una secretaria para que contestara las llamadas o para que recibiera a los posibles interesados en sus servicios. Sin embargo, todas las...

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El halcón que no volaba

El halcón que no volaba

Lee atentamente el siguiente relato:         El halcón que no volaba Cierto día, un rey recibió dos pequeños halcones como regalo y los entregó al maestro de cetrería para que los entrenase para la caza. Pasados unos meses, el maestro informó al rey de que uno de los halcones no se movía de la rama del árbol en que lo habían dejado, a pesar de que el otro ya volaba perfectamente. El rey mandó llamar a sanadores, cazadores, cetreros y curanderos para que observasen al halcón, pero ninguno de ellos pudo hacer volar al ave, que, tras muchos intentos por parte de sabios y expertos, continuaba inmóvil en la rama. Casi desesperado, el rey prometió una recompensa a la persona que hiciera volar al ave. A la mañana siguiente vio con sorpresa a los dos halcones volando por...

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La tortura por la esperanza

La tortura por la esperanza

Lee atentamente el siguiente relato:         La tortura por la esperanza Enrique Anderson Imbert El venerable Pedro Arbués, Prior de los dominicos de Segovia y Gran Inquisidor de España,1 desciende una noche al calabozo donde retienen al rabí2 Abarbanel, quien a pesar de las torturas recibidas, se rehúsa a abjurar3 del judaísmo, y le dice con lágrimas en los ojos: –Hijo mío, alégrate: tus pruebas van a tener fin. El Santo Oficio ya no puede esperar más: en vista de que te obstinas en seguir siendo judío, mañana, para salvar tu alma, te quemaremos en un auto de fe.4 Dicho lo cual, se retira. El judío advierte que la puerta de la celda, por descuido, ha quedado entreabierta. Una mórbida5 idea de esperanza se agita en su cerebro, debilitado por el hambre, el...

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