No oyes ladrar los perros

No oyes ladrar los perros

Lee atentamente el siguiente relato:         ¿No oyes ladrar los perros? Juan Rulfo –Tú que vas allá arriba, Ignacio, dime si no oyes alguna señal de algo o si ves alguna luz en alguna parte. –No se ve nada. –Ya debemos estar cerca. –Sí, pero no se oye nada. –Mira bien. –No se ve nada. –Pobre de ti, Ignacio. La sombra larga y negra de los hombres siguió moviéndose de arriba abajo, trepándose a las piedras, disminuyendo y creciendo según avanzaba por la orilla del arroyo. Era una sola sombra, tambaleante. La luna venía saliendo de la tierra, como una llamarada redonda. –Ya debemos estar llegando a ese pueblo, Ignacio. Tú que llevas las orejas de fuera, fíjate a ver si no oyes ladrar los...

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Redactando una Noticia

Redactando una Noticia

Actividad de producción de una Noticia:         Actividades 1. Realiza una lectura atenta y silenciosa del siguiente fragmento: “Pero aquella mañana, a veinte metros mal contados de la orilla, donde ya no hacía pie, el señor Souto sufrió un calambre; sintió que los músculos de sus piernas se entorpecían, se inmovilizaban… Le sacudió súbitamente la idea de la muerte; dio unos chillidos, manoteó en vano y tragó, al hundirse, un gran sorbo de agua. En la arena, la gente comenzó a gritar. Un bañero se echó a nado en su auxilio. La señorita Simona Rúa, hábil nadadora, que estaba cercana a don Manuel, dio unas brazadas y le asió por el bañador. Entre sus dos salvadores, Souto fue llevado a la playa; le pusieron diez minutos...

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La encontré en Benicàssim

La encontré en Benicàssim

Lee atentamente el siguiente relato:         La encontré en Benicàssim Pep Rovira Increíble: Benicàssim, cuatro días, dos personas, 379 €. Qué mejor excusa para escaparse con Helga de la gélida Austria. Gélida por el clima, no por sus gentes. Como suele decirse, para fríos, los alemanes. Quizá Helga tuviera algo de bávara, porque sus frases más repetidas eran: Perdona, cariño, invades mi espacio –ante mi pretensión de echarle el brazo por encima- y perdona, cariño, te sudan las manos –cuando hacíamos empanaditas en el cine-. Tanta frialdad pedía sol, y un hotel en Benicàssim parecía la respuesta. Lástima que todo acabase nada más pisar suelo hispano. Lo siento, Gerhard, pero no puedo fingir más: nuestra historia...

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