Cosas que ya no existen

Cosas que ya no existen

Lee atentamente el siguiente relato:

 

 

 

 

Cosas que ya no existen
Cristina Fernández Cubas

Teófilo era un hombre honrado, además de un excelente relojero. Como buen medidor del tiempo sabía que un día u otro iba a tener que despedirse de este mundo, pero estaba tan ocupado que nunca se había detenido a meditar acerca del terrible momento. Cierta mañana, sin embargo, la campanilla de la puerta sonó de una forma peculiar. “Es ella”, murmuró y, como en un sueño, se sintió golpeado por sus sesenta y cinco años, el pesar de no haber tomado esposa, y un imparable desasosiego al percatarse de que ya era tarde para pensar en un heredero que perpetuase su memoria y llorase su ausencia.
– Esto se acaba –comprendió. Y, resignado, descorrió el cerrojo de la puerta.
Al principio no acertó a ver otra cosa que el mar y a unos cuantos pescadores remendando sus redes al calor del sol. Pero, llevándose la mano a la frente para darse sombra, no tardó en distinguir una esbelta silueta apoyada en la cancela con aire abatido.
– Soy la Muerte –dijo la dama.
– Ya lo sé –contestó Teófilo-. La he reconocido enseguida.
La Muerte entró en la casa con paso lento y renqueante, y Teófilo aprovechó para observarla con detenimiento. Era mucho más vieja de como solía aparecer en grabados y dibujos, algo más alta, y no tan fea como se empeñaban en asegurar los que nunca la habían visto. Parecía, eso sí, muy fatigada y afligida.
Andaba encorvada, con todos los años del mundo agolpados sobre sus espaldas, y su forma de sostener la guadaña tenía muy poco de terrorífica. Recordaba, más bien, a una anciana campesina apoyándose en un apero de labranza.
– ¿Mucho trabajo, señora? –preguntó.
– Pse –dijo la Muerte, y se sentó en una silla de mimbre en el pequeño jardín interior en el que Teófilo solía montar y desmontar relojes. La sombra de una higuera pareció reconfortarla.
– Supongo que ya no dispongo de tiempo para nada.
La dama asintió. En el jardín se respiraba una brisa muy agradable. Se dio aire con una de sus manos huesudas, se enjugó el sudor de la frente y echó una ojeada a su alrededor. “Es curiosa”, pensó Teófilo. Y, comprendiendo que no podía desperdiciar un solo instante, se encaramó a la higuera como si fuera un muchacho y saltó a tierra con un sabroso fruto entre las manos.
– ¿Qué haces? –preguntó la Muerte.
– Como higos –dijo Teófilo-. Hace tanto calor y el camino debe de ser tan largo…
Y enseguida, consciente de la expectación que había provocado, añadió:
– Son deliciosos… Los mejores higos de la comarca, ¿sabe usted?
La Muerte alzó la guadaña e intentó hacerse con uno de los frutos. Pero la afilada cuchilla no lograba otra cosa que perforar la suave piel y estrellar la pulpa contra el suelo.
– ¡Señora, por favor! –clamó el relojero-. ¿Dónde se ha visto maltratar así un manjar tan delicado? Yo le acercaré una escalerilla, y usted podrá subir y hartarse a gusto.
– Gracias –dijo la Muerte. Y, respirando hondo como para tomar fuerzas, empezó a trepar por la escalera que acababa de disponer el relojero.
– Más arriba. Los maduros se encuentran más arriba.
La Muerte ascendió aún un par de peldaños.
– Un poco más –le animó Teófilo.
– ¿Aquí? –preguntó resoplando la dama.
– Sí. Precisamente ahí –dijo nuestro hombre-. Ahora podrá comer cuanto quiera, señora.
Y mientras la Muerte, tras un breve acceso de tos seca y profunda, se instalaba a horcajadas en la rama más gruesa, Teófilo derrumbó de una patada la escalerilla y gritó con todas sus fuerzas:
– ¡Por los siglos de los siglos!
La dama, en lo alto, se quedó perpleja. Clavó sorprendida sus cuencas vacías en el rostro del relojero y esperó, pero el hombre, la mar de feliz con el curso de los acontecimientos, supo aguantarle valientemente la mirada. Después, orgulloso de la hazaña, decidió seguir con sus ocupaciones y no perder un segundo más de su precioso tiempo. Al principio le resultó un poco difícil. La Muerte había recuperado la palabra y no paraba de hablar e intentar estratagemas. Tan pronto ordenaba: “¡Bájame de aquí inmediatamente!”, como suplicaba: “¡Por favor, no puedes hacerme esto!”. Prometía tesoros extraordinarios, amenazaba con terribles venganzas, estrellaba con furia docenas de higos contra el suelo… Hasta que terminó por cansarse, enmudeció, y Teófilo no tardó en comprobar que la vida, con la Muerte en casa, no se diferenciaba demasiado de todo lo que había conocido hasta entonces.
Continuó armando y desarmando relojes. Las visitas –única novedad- no pasaban ahora más allá de la antesala, y nadie pudo sospechar jamás de la existencia o calidad de su invitada. Al llegar las primeras lluvias le lanzó un paraguas. En invierno se apiadó de su reuma y le ofreció una manta. Las estaciones iban sucediéndose, pasaban los años, nadie moría, las calles y plazas estaban llenas de ancianos. Poco a poco Teófilo descubrió que ya no era tan hábil con el buril y que, con sospechosa frecuencia, cometía errores, confundía números, extraviaba piezas. Eso era lo peor: el continuo extravío de piezas.
Porque por más que las disponía sobre la mesa con el mayor cuidado y atención, en el momento de utilizarlas no se veía capaz de dar con ellas. Alguna que otra vez su huésped, aburrida, le había indicado desde lo alto de la higuera el lugar exacto adonde habían ido a parar ruedecillas, rubíes, muelles o anillas. Un día, por primera vez en toda su vida, Teófilo abandonó un pequeño reloj de pulsera a medio armar. ¿Para qué medir el tiempo si ya no existía? Hacía un calor considerable y la Muerte, desde su rama, resoplaba con fuerza.
– Debe de estar muy cansada –le dijo el hombre con toda la amabilidad de la que fue capaz.
Se miraron a los ojos. Fijamente. Igual que aquel lejano día. Sólo que la dama, ahora, no parecía perpleja, ni el secuestrador contento u orgulloso de su hazaña.
– Baje –dijo al fin, tendiéndole la escalera. Yo la ayudaré. No tenga miedo.
La dama hizo acopio de energías e inició el descenso. Los huesos le crujían, los bronquios silbaban. Al llegar al suelo tuvo que abrazarse al relojero para mantenerse en pie. Estaba entumecida y mareada.
– Lléveme a donde quiera –suplicó Teófilo.
Cruzaron el comedor, atravesaron la antesala, salieron de la casa sin preocuparse por cerrar la puerta. A escasos metros de la verja unos cuantos pescadores remendaban sus redes bajo el sol. Ni siquiera levantaron la cabeza para saludarles. La dama y el relojero tampoco se molestaron en despedirse.
Andaban entrelazados, apoyándose el uno en el otro, punteando su lento caminar con los secos golpes de un largo palo de siega. Parecían dos enamorados, tan juntos iban. O dos viejos amigos, reunidos, al fin y para siempre, tras largos años de penalidades y fatigas.

GLOSARIO DE TÉRMINOS

Cancela: Verja pequeña que se pone en el umbral de algunas casas para reservar el portal o zaguán del libre acceso del público.
Renqueante: Que anda oscilando a un lado y a otro a trompicones.
Afligida: Triste y angustiada.
Apero: Conjunto de instrumentos y demás cosas necesarias para la labranza.
Encaramarse: Levantar o subir a alguien o algo a lugar dificultoso de alcanzar.
Acceso: Arrebato o exaltación.
A horcajadas: Dicho de montar, cabalgar o sentarse.
Estratagema: Astucia, fingimiento y engaño artificioso.
Buril: Instrumento de acero, prismático y puntiagudo, que sirve a los grabadores para abrir y hacer líneas en los metales.
Acopio: Juntar y reunir en cantidad algo.
Entumecida: Qué tiene torpeza de movimientos.
Siega: Cortar mieses o hierba con la hoz, la guadaña o cualquier máquina a propósito.

Actividades

1. Resume en cinco o seis líneas el contenido del texto con tus propias palabras.
2. Describe cómo es la Muerte del cuento.
3. ¿De qué se arrepiente Teófilo cuando la muerte lo pasa a buscar?
4. ¿Qué truco inventa Teófilo para evitar morir? ¿Por qué se le llama “secuestrador”?
5. ¿Qué sucesos llevan a Teófilo a decirle a la Muerte: “Lléveme a donde quiera”?
6. Cuando el narrador dice: “salieron de la casa sin preocuparse por cerrar la puerta”. ¿Qué se puede deducir?
7. ¿Por qué crees que el relato se llama “Cosas que ya no existen”? ¿Qué otro título le pondrías?
8. Luego de trabajar con el relato, ¿cómo lo clasificarías? Explica y extrae ejemplos que respalden tu aseveración.
9. Explica con tus palabras el significado de las siguientes expresiones:

Se sintió golpeado por sus sesenta y cinco años”.
“Ya era tarde para pensar en un heredero que perpetuase su memoria”.
“Clavó sorprendida sus cuencas vacías en el rostro del relojero”.

10. Indica qué clases de palabras son las subrayadas:

Eso era lo peor: el continuo extravío de piezas. Porque por más que las disponía sobre la mesa con el mayor cuidado y atención, en el momento de utilizarlas no se veía capaz de dar con ellas”.

11. Analiza las siguientes formas verbales. En el análisis debes incluir: persona, número, tiempo, modo, voz y verbo en infinitivo, en este orden.

“Y, comprendiendo que no podía desperdiciar un solo instante, se encaramó a la higuera como si fuera un muchacho y saltó a tierra con un sabroso fruto entre las manos”.

12. Transforma la siguiente oración escribiéndola en voz pasiva:

“La Muerte había recuperado la palabra”.

13. Analiza sintácticamente esta oración:

“Teófilo derrumbó de una patada la escalerilla”.

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