El inocente

Lee atentamente el siguiente relato:

 

El inocente
José María Merino

Era bastante raro que un profesor, aunque fuese don Miguel Sierra, se pusiese a contarnos cosas de su vida, de manera que todos estábamos pendientes de sus palabras.
-La historia que os voy a contar sucedió aquel mismo curso o al siguiente, ya no estoy seguro. En el instituto habíamos hecho una excursión a un paraje de montes carcomidos que son el resultado de la minería del oro en tiempo de los romanos, hace dos mil años. Lo llaman Las Médulas. Es un lugar extraño, silencioso, muy solitario. Entre grupos de árboles se alzan, como esqueletos de tierra de color amarillento, los restos de las grandes montañas desaparecidas.
Para extraer el oro, en aquellas montañas se perforaban largos túneles, con trabajo muy duro de esclavos, y luego se hacía entrar por allí a presión agua que llegaba a través de un sistema de canales que también los esclavos habían excavado en la roca viva de las montañas circundantes. El agua derrumbaba los túneles y arrastraba la tierra hasta unos enormes lavaderos en que quedaban depositadas las pepitas de oro. El lugar estimuló nuestra imaginación, pues mis amigos y yo pensábamos que sin duda en aquella tierra debía de quedar todavía oro, mucho oro. De modo que nos propusimos buscarlo. […]
-Aprovechamos otra excursión escolar. Mentimos en casa. Ya sé que esto que os digo no resulta muy ejemplar, pero así fue. Coincidiendo con el tiempo de la excursión verdadera, de la oficial, y empleando el dinero en la nuestra, nosotros nos iríamos a los viejos restos de las minas romanas. Conseguimos unas tiendas de campaña pequeñas, sacos de dormir para todos. Calculamos la comida necesaria, el agua. Llevaríamos azadas, palas de jardín, cedazos, linternas, pilas.
El viaje fue una odisea, dos autobuses primero, con largo tiempo de trasbordo entre uno y otro, luego una interminable caminata con todo a cuestas. Mientras tanto, le íbamos contando a Fidelín el objetivo de nuestra excursión, le hablábamos de los canales, del agua que había hecho derrumbarse las galerías y que arrastraba la tierra en torrentes de arenas auríferas, de los esclavos sudorosos, de los soldados vigilantes, del oro que al cabo brillaría en los grandes depósitos, una vez arrancado de la tierra. No podíamos saber si era consciente de nuestras referencias a un tiempo tan lejano, el mismo tiempo en que había nacido Jesucristo, pero él nos escuchaba con interés, se contagiaba de nuestro entusiasmo de buscadores de aquel oro con que estaban hechos los anillos de matrimonio, los pendientes y las pulseras de nuestras madres y hermanas, los cálices de las iglesias, las monedas de las leyendas. Llegamos al lugar bastante tarde. El sol declinante iluminaba los picos de aquellos montes roídos y les hacía parecer los dientes de una enorme dentadura abierta en el valle. […]
-Cuando empezamos a montar las tiendas, comenzó a manifestarse el desasosiego de Fidelín. Se había acercado a una parte del monte en que se abría la enorme boca de una de las antiguas galerías, pero volvió corriendo a donde estábamos. «El agua, el agua –balbuceaba-, aquí las tiendas no, por aquí pasa el agua, nos llevará, nos ahogaremos». Le aseguramos que eso era imposible, que hacía cientos y cientos de años que ningún agua que no fuese la de la lluvia mojaba aquellos parajes, pero se puso tan nervioso, que Héctor nos pidió que cambiásemos el emplazamiento de las tiendas para que se tranquilizase.
Buscamos otro sitio y no lo encontramos tan llano. Sin embargo, tuvimos que aguantarnos. Estábamos arrepentidos de haberle contado nuestro proyecto a Fidelín con tanto fervor, pues sentíamos que habíamos sido nosotros mismos los causantes de aquella actitud suya. Mientras acabábamos de montar las tiendas y de ordenar las cosas, Fidelín volvió a merodear por el bosquecillo. Héctor le había dicho que no fuese lejos, que no se apartase mucho de nosotros, y regresó al cabo de un rato, muy excitado. «¡Los esclavos! – gritaba-, ¡los esclavos!». Parecía despavorido. «¡Hay muchos, muchos! ¡Los atan con cadenas para llevarlos a dormir, les dan de cenar un pedazo de pan!». «Vale, Fidelín, ahora vamos a cenar nosotros», le dijo Héctor, pero Fidelín nos hizo seguirle, mientras corría con sus andares bamboleantes. El sol ya se había puesto y había una opacidad azulada, una bruma ligerísima embalsada entre las masas picudas de los montes arruinados. Fidelín señalaba aquella opacidad como si mostrase algo muy interesante. «Los soldados, los esclavos», murmuraba, pero allí no había otra cosa que árboles, rocas, y la oscuridad que iba depositándose en silencio sobre todas las cosas. Regresamos con él al campamento, pero parecía muy nervioso, y Héctor estaba contrariado. «Mira que si hoy le da uno de sus ataques aquí, lejos de todo el mundo, sin pastillas». Pero al cabo Fidelín dejó de hablar de aquellas cosas, de los esclavos desarrapados, de los soldados con sus lanzas y escudos.Inocente3
Hicimos una hoguera, cenamos con hambre unos bocadillos. Yo creo que sentíamos la aventura como un sabor, como un tacto en la piel. Salió una luna enorme, al principio rojiza, luego amarillenta, por fin blanca como nieve, que llenó el paraje de claroscuros, de sombras movedizas. Empezaban a oírse cantos o graznidos de pájaros, aleteos, crujidos en la maleza, ruidos de insectos, sonidos en lo oscuro que nos inquietaban, aunque disimulásemos. […]
-Acordamos el plan del día siguiente: penetrar en alguna de las grandes cuevas, cavar, cerner la tierra cavada en busca de las riquísimas pepitas. A la luz de la hoguera los ojos de Fidelín brillaban muy abiertos, como si permaneciese pasmado por alguna visión. Después de un rato, seguros de que la jornada próxima estaría llena de estupendos hallazgos áureos, nos acostamos. Estaban en la tienda más pequeña Héctor y Fidelín, y en la otra Antonio, Luis Belinchón y yo. Creo que a todos nos costó un poco quedarnos dormidos, [… pero] al fin caímos en el sueño. Nos despertó de repente la voz de Héctor, que llamaba repetidamente a su hermano, y luego sonó la cremallera de nuestra tienda. El tono de la voz de Héctor daba señal de su inquietud: «¡Fidelín no está en la tienda, ni alrededor! ¡Ha desaparecido!», gritaba. Salimos de los sacos, nos abrigamos un poco, cogimos las linternas. Ante la noche, a la vez luminosa y llena de sombras indescifrables, nos sentíamos confusos, desorientados. «¡Hay que encontrarlo!», decía Héctor. Nos separamos y recorrimos el lugar llamándole a voces, pero no contestaba. La búsqueda duró bastante tiempo, y a veces nos encontrábamos los propios buscadores, sobresaltándonos, pues no conseguíamos identificarnos en lo oscuro. Después de un rato bastante largo volvimos a concentrarnos en el campamento. Héctor propuso ir al pueblo a pedir ayuda. Los demás no sabíamos qué hacer. La noche se había puesto fresca y yo, entre el frío y el sueño, tenía una fuerte sensación de pesadilla. Cuando habíamos decidido que iríamos al pueblo Héctor y yo, y que los demás permanecerían en el campamento, con un fuego encendido para señalar el lugar, se escuchó la voz de Fidelín. Estaba en el borde del bosquecillo, mirándonos con los mismos ojos desorbitados que había mostrado a la luz de la hoguera. Musitaba palabras ininteligibles y sufría una fuerte tiritona. Héctor le obligó a acostarse, nos acostamos todos, y nos quedamos durmiendo hasta que el sol estuvo muy arriba. […]
Nos despertamos con hambre. El sol tan cálido y el descanso nos habían puesto de buen humor y acosábamos entre risas a Fidelín para que nos contase en qué discoteca o club de alterne se había metido. Él nos miraba un poco aturdido, porque no entendía nuestras bromas. Luego, cuando ya no le hacíamos caso, dijo que había encontrado el oro. Así lo dijo: «Encontré el oro». Era una salida tan rara, que los ojos de todos nosotros quedaron fijos en él. «Lo tienen en unas cajas de hierro muy grandes. Hay allí muchos soldados, pero no me cogieron. Estaban allí mismo, al lado mío, pero no me dijeron nada, como si no me viesen». Metió entonces la mano en un bolsillo del pantalón y sacó algo que brillaba en su palInocentema. «Os las traje de recuerdo, las más gordas que encontré. Una para Héctor, otra para Antonio, otra para Miguel, otra para Beli». Eran cuatro piedrecitas doradas, del tamaño de avellanas.
En la clase había eso que se llama verdadera expectación, aunque luego supe que, como yo, muchos pensaban que el profesor Sierra nos estaba gastando una broma. El caso es que se desabrochó la camisa, sujetó una cadena que llevaba al cuello y, tras soltarla, nos enseñó un pequeño colgante dorado.
-Aquí está la mía. Echadle un vistazo, si queréis, írosla pasando. Oro puro, macizo. Ese fue el oro que conseguimos, aunque yo no puedo imaginar de dónde lo sacó el pobre Fidelín. Y ahora que lo he vuelto a recordar, pienso que acaso lo más razonable sea no seguir dándole vueltas al asunto.

 

Actividades

1. Resume el contenido del texto.
2. ¿Cómo se relaciona el título del relato con Fidelín? Explica.
3. ¿En qué lugar se desarrolla la historia contada por Miguel Sierra?
4. ¿Cuál era el objetivo de la excursión? ¿De qué manera pudieron hacerla sin que nadie lo sepa?
5. ¿Cómo te imaginas a Fidelin? Descríbelo o realiza un dibujo que lo represente.
6. ¿Qué actitudes “extrañas” comienza a tener Fidelín una vez que empiezan a montar el campamento?
7. Según los dichos de Fidelin, ¿qué hechos sobrenaturales estaba experimentando?
8. Luego de que Fidelin se perdiera durante la noche:

a) ¿En qué estado lo encuentran?
b) ¿Qué recuerdos tiene de su experiencia al día siguiente?
c) ¿Qué explicación da para el hallazgo de las pepitas?

9. ¿Cómo prueba el profesor Sierra a sus alumnos que lo que les está contando no es una broma?
10. Según lo que vimos, este es un cuento Fantástico, ¿por qué?
11. ¿Lo clasificarías como Puro, Impuro o Extraño? Fundamenta tu respuesta.
12. Explica qué quiere decir el autor en la siguiente expresión subrayada:

“Después de un rato, seguros de que la jornada próxima estaría llena de estupendos hallazgos áureos, nos acostamos”.

13. El sustantivo inquietud se ha formado añadiendo un prefijo y un sufijo al adjetivo quieto. ¿Cómo se llama este procedimiento de formación de palabras?
Utiliza este mismo procedimiento para formar las palabras que completan las siguientes series:

Sustantivo Adjetivo Verbo
  claro  
    bromear
brillo    
    razonar

14. Indica si las palabras subrayadas en el siguiente fragmento del texto son determinantes o pronombres:

“Le aseguramos que eso era imposible, que hacía cientos y cientos de años que ningún agua que no fuese la de la lluvia mojaba aquellos parajes, pero se puso tan nervioso, que Héctor nos pidió que cambiásemos el emplazamiento de las tiendas para que se tranquilizase. Buscamos otro sitio y no lo encontramos tan llano”.

15. Indica la función sintáctica que desempeñan los sintagmas destacados en el siguiente fragmento del texto:

“Regresamos con él al campamento, pero parecía muy nervioso, y Héctor estaba contrariado. «Mira que si hoy le da uno de sus ataques aquí, lejos de todo el mundo, sin pastillas». Pero al cabo Fidelín dejó de hablar de aquellas cosas, de los esclavos desarrapados, de los soldados con sus lanzas y escudos. Hicimos una hoguera, cenamos con hambre unos bocadillos. Yo creo que sentíamos la aventura como un sabor, como un tacto en la piel. Salió una luna enorme”.

16. Realiza el análisis sintáctico de la siguiente oración del texto:

“A la luz de la hoguera los ojos de Fidelín brillaban muy abiertos”.

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